Los delincuentes millonarios libres y los pobres sufriendo las mismas penurias de siempre

Humberto Vargas Carbonell

¡Libres por una bicoca!Aunque parezca mentira, pero es verdad, cinco millones de dólares para Carlos Cerdas y tres para Mélida Solís Vargas, son nada o casi nada.

Así de grandes son los capitales acumulados por cada uno de ellos.Ellos encabezan una extraordinaria y compleja organización criminal. Puede llamársele como se quiera, banda o cártel, pero siempre será la mayor “empresa delictiva” conocida hasta ahora en Costa Rica.

Como si fueran un gigantesco pulpo con brazos inmensos, se chuparon miles de millones de dólares y colones que debieron servir para el cumplimiento de los servicios que mandan la Constitución y las leyes.

Ni los problemas creados por la pandemia del Covi 19 les puso freno; damos por supuesto que una banda criminal sólo puede funcionar si no tiene sentimientos ni frenos morales.

Su único objetivo criminal es engordar sus propias cuentas bancarias.Su moral—si es que les queda algún vestigio de ella—desaparece mientras cumplen su objetivo principal: apropiarse de lo ajeno, es decir, robar.Hasta ahora conocemos poco pero no es necesario saber mucho para percatarse de que estos delincuentes—igual que sus pares en todo el mundo—poseen un complicado enjambre de sociedades, fundaciones y otros modelos de ocultamiento de dineros mal habidos: para eso existen los llamados refugios fiscales.

No es difícil presumir que en estos días han volado muchos capitales, con la misma destreza con que vuelan los zopilotes. En sus tripas se oculta la carroña.

Ahora libres, los ocultamientos serán más precisos y cuidadosos.En esta época, caracterizada por el refinamiento de la delincuencia del capital financiero y del neoliberalismo, nadie repite el viejo error de Alí Babá y sus cuarenta ladrones, que escondieron el fruto de sus robos en una única cueva.

Ahora los frutos de los robos se dispersan para hacer frente a los juicios, pero el mafioso(a) jefe mantiene el control absoluto.Esto parece ignorarlo la señora jueza que los dejó libres –a toda la banda—pero con medidas cautelares que no estorban la ejecución de nuevas maniobras.

Así son las cosas. No cabe duda de que el Poder Judicial también sirve a una clase social. En esa frontera judicial debían acabarse los privilegios de clase, pero no se acaban. Exactamente lo mismo ocurre en toda la sociedad costarricense. Será así hasta que este mundo que está al revés no se enderece.

¡Espero sea más pronto que tarde!

El Presidente Carlos Alvarado y el Ministro de Obras Públicas deben hacer frente a sus responsabilidades políticas y éticas.

Pedir disculpas al pueblo es burlarse de los que deben ser considerados los auténticos soberanos.

El pueblo debe exigir que se diga la verdad y que se asuman las responsabilidades con seriedad.

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