«Puritica miel de palo»

El hombre que se presentó una mañana 1968 en las  oficinas de la Juventud Vanguardista Costarricense, cargaba sobre sus hombros un pesado saco de manta. Era un treintón de figura rústica que no encajaba en el esquema de los visitantes habituales: estudiantes escandalosos de secundaria, obreros circunspectos de curiosidad inquieta y preguntas tímidas sobre nuestras actividades, muchachos y muchachas en busca de asesoría sindical, o jóvenes oficinistas encorbatados con deseos de una partida de ping pong, pues teníamos una mesa a disposición del público. El hombre del día era diferente. Al entrar mostraba una leve agitación mientras miraba hacia todos lados como si tratara de orientarse. Era espigado, vestía modestamente, carecía de la soltura del citadino usual, y al depositar en el piso su pesado bulto con meticulosa actitud, se escuchó un leve tintineo de botellas.

Lenin Chacón y yo acudimos a atenderlo cumpliendo nuestra obligación de funcionarios. Mientras nos saludábamos, el sujeto mantenía una sonrisa imparable y bobalicona, al tiempo que nuestras miradas, cargadas de curiosidad extrema, se mantenían clavadas en el saco de las botellas.
Según el relato de nuestro imprevisto invitado, procedía de San Carlos y traía una carga de miel de abejas que ofrecía de puerta en puerta. No conocía San José, y al ver la entrada de nuestro recinto juvenil abierta, le pareció el sitio más apropiado para ofrecer su producto y reposar un rato, tras una agobiante caminata por las agitadas calles capitalinas. Luego abrió el saco y nos mostró el contenido.

-¿Ve? – nos dijo. -… Puritica miel de palo.

Al cabo de un rato de ameno diálogo, en el que armonizaban sin recelos política y apicultura, a nuestro amigo se le permitió guardar el bulto en la oficina mientras buscaba dónde almorzar. Así llegó el día siguiente y otros más, y nuestro local se convirtió en una especie de centro de operaciones comerciales del sancarleño, a quien empezamos a identificar simplemente como «Miel de Palo».

El hombre se ganó nuestra confianza y hasta nuestro aprecio, al punto de lograr el consentimiento para darle algunas noches de hospedaje. Al fin, «Miel de Palo» era un pobre muchacho que venía de lejos, a quien algunas mañanas debimos brindarle desayuno. Lenin Chacón le regaló una camisa y Gilberto Calvo se desprendió de dos pantalones.

Una mañana «Miel de Palo» salió de nuestro local a vender las últimas dos botellas que aún mantenía en su poder… Jamás regresó.

Mientras tanto, el mundo hervía en un mar de protestas contra la guerra de Vietnam, y en los medios estudiantiles de Costa Rica había gran inquietud por el tema de la paz. La Juventud Vanguardista convocó en esos días a una manifestación de protesta contra la guerra. Fue así como nos vimos inmersos en un incontenible tumulto que copó las principales calles de San José hasta la llegada de la policía, que arremetió contra la muchedumbre de estudiantes y trabajadores. Los muchachos y las muchachas huían de la represión. Cuando corrí hacia una esquina del Parque Central noté la presencia de un hombre civil que, de pie junto a una patrulla señalaba a los líderes que a su juicio había que detener. Contuve mi carrera, y al mirar detenidamente al hombre que parecía dirigir la operación policial, solamente pude emitir un silencioso madrazo de asombro. Era «Miel de Palo»

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