Entre una negrita extraviada y una lata de leche en polvo

La tarde del 13 de mayo de 1950, cuando apenas cursaba el kinder, fui de la mano de mi madre, a la iglesia convertida en epicentro del más trágico acontecimiento que haya sacudido la paz de los costarricenses, después de la guerra civil de 1948.

Cuando trasponíamos la puerta principal de la Basílica de Los Angeles, una mujer desconocida nos advirtió en un tono mezclado de alarma, angustia y exigencia: «¡cuidado señora, no se paren ahí, que hay sangre!». Y como pisar sangre humana siempre se consideró un acto de profanación, ambos obedecimos. Yo miré hacia el piso y salté por encima de una mancha rojiza como ocre a medio lavar. Era la sangre de Manuel de Jesús Solano, el guarda de la iglesia, asesinado la madrugada de ese día.

El país se estremeció a todo lo largo y ancho. La producción económica estuvo a punto de la parálisis y Cartago entró en estado de coma. Pero, por más valiosa que sea la vida humana, aunque se trate de un humilde trabajador, la conmoción no la produjo la muerte del vigilante. El crimen se perpetró para robarse la Virgen de Los Angeles.

Con un Cartago completamente paralizado, y a falta de actividad que no fuera la ocupación masiva de las iglesias católicas de la pequeña ciudad, las señoras de rosario piadoso y lengua atrevida, se embozaban en sus rebozos y pañoletas. La penumbra de los templos alcanzaba el grado de lobreguez matizada con cadenas de llanto, oraciones y jaculatorias que clamaban por la pronta aparición de la «Negrita» extraviada.

Los días pasaban, las devotas rezaban, las autoridades investigaban, la prensa escandalizaba y se detenía a sospechosos. Las colectas se agigantaban hasta alcanzar proporciones inmanejables, y hasta una recompensa de cincuenta mil colones ofreció el gobierno a quien facilitara la captura de los sacrílegos.

Para entonces mi padre, Ernesto López, era el encargado de mantenimiento en un restaurante de don Carlos Valerín, reconocido empresario cartaginés, propietario de la recordada Librería Valerín en San José. Y ante la inacción de la ciudad, que ya se prolongaba por casi una semana, mi viejo tuvo la fineza de invitar a tres compañeras de trabajo del restaurante, a compartir un café en la acogedora intimidad de piso de tierra de mi hogar. 

Puestas de acuerdo las partes, todo quedó para el próximo domingo a las tres de la tarde. El rígido protocolo establecido por mi papá exigía que el café debía ser con leche KLIM, producto en polvo de alto costo por ser importado, cuando aún no se producía en el país. Era un café de gala. Cuando vi a mi padre entrar con la lata de leche el viernes por la tarde, empecé a sentir una incontrolable inquietud, un desasosiego por sacar, en un movimiento furtivo, una cucharada de aquella delicia enlatada. Pero había un obstáculo infranqueable: el tarro venía sellado, y sólo era posible abrirlo con una llave adosada a la tapa. Cualquier intento de acceder al tentador contenido quedaba de momento postergado. Y me resigné a esperar hasta el domingo, cuando la presencia de las visitas forzara finalmente la apertura del tarro de leche. Entonces nada me impediría embucharme un poco de aquella exquisitez que solía quedarse deliciosamente adherida al cielo de la boca.

El sábado amaneció con entusiastas voces de campanario. Las sirenas se echaron a volar a primera hora, y mi viejo acudió en bicicleta al centro de la ciudad a enterarse de las últimas.

«Mañana abrimos, Neto, apareció la Virgen. La encontró Cabullo en el púlpito», le dijo Valerín entusiasmado.

Yo desconocía los terribles alcances que para mí contenía  aquella noticia, y hasta fui por la noche al centro de la ciudad a ver a Cabullo convertido en héroe viajando en hombros de una multitud arrebatada por la euforia. El restaurante de Valerín abría de nuevo, y todos mis planes de paladear alguna cucharada de leche en polvo se iban a pique. La visita de las mujeres se transfirió para fecha incierta y el régimen alimentario de mi casa continuaría sustentado en leche de lechero. «Sólo a ese hombre se le ocurre encontrar la Virgen en momento tan inoportuno», llegué a pensar con rabia. Y cada vez que miraba hacia el armario, el tarro de leche KLIM, intacto, parecía insultarme con su presencia arrogante y retadora, mientras yo mascullaba con la voz del pensamiento «maldito sea ese Cabullo».

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