Las pestes de la conchinchina y los trucos de la abuela

Por: Áureo López

Orgullosamente realizada se sentía la abuela en aquel abril de 1957, al enterarse que el gobierno, a través del Ministerio de Salubridad Pública (así se llamaba entonces) recomendaba a la ciudadanía el consumo masivo del limón ácido para combatir la pandemia del momento. Sólo tres meses antes, desde la lejana y exótica Singapur se desprendió la novedosa y temible «gripe asiática», que dejó una estela de muerte a su paso por China y se afincó temporalmente en Costa Rica, con su séquito de Aes, Doses, Haches y Enes A(H2N2)

La invitación del gobierno para la ingesta del popular cítrico significó para la abuela el reconocimiento oficial a sus prácticas atávicas para enfrentar pestes y plagas que de tarde en tarde asolaban sin misericordia a la humanidad. Porque la abuela sabía cómo curar lombrices con apazote, diarreas con almidón de yuca y la apretazón de pecho con cataplasmas de enjundia de gallina. Pero sus facultades curativas podían verse disminuidas si no contaba con el componente principal de sus brebajes y frotaciones: el limón ácido.

La presencia de la gripe asiática en el país colocaba a la abuela ante un reto inédito. Por esas épocas, el ciudadano común en Costa Rica desconocía el término gripe. Cualquier manifestación gripal podía denominarse indistintamente resfrío, influenza, constipado y hasta «trancazo» si el cuadro era muy severo. Pero la intuición se impuso, y antes de que el ministerio empezara a dispersar reuniones, misas y rosarios a fuerza de alarmantes comunicados, ya la abuela, apelando a su secular percepción, nos exprimía un limón ácido todas las mañanas y nos obligaba a consumir al menos dos más durante el día.. Así nos manejábamos los chiquillos de entonces, con dos o tres limones perennes en el bolsillo, y asi se fueron distendiendo en mi casa las restricciones para salidas a los rosarios de la iglesia de Taras, a donde yo asistía con estricta puntualidad, más motivado por los encantos de mi compañerita de escuela, Teresita Zúñiga, que por devoción a la Virgen de Fátima.

Así logramos los ticos superar aquella etapa de extrema rudeza, sin campañas publicitarias que difunden el pánico y que incitan a las compras nerviosas. Simplemente apelando al jugo de limón, portentoso medicamento natural por su alto contenido de vitamina C. Y así podríamos librarnos de muchos males, si atendiéramos a las ofertas que nos hace la naturaleza, como sembrar zacate de citronela para intentar ahuyentar zancudos, o sembrar higuerilla en los terrenos en declive para que no se resbalen las casas.

El problema es que ya no se consiguen abuelas como las de aquellas épocas, ni políticas oficiales inteligentes para enfrentar contingencias de diferente tipo y color. A cambio, tenemos laboratorios farmacéuticos que se frotan las manos al vernos convertidos en dependientes de medicamentos sintéticos.

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