Dos de agosto: Obispo sí acertó cuando clamó por la familia campesina y por los derechos de los productores ahora explotados por monopolios extranjeros

Pero se equivocó cuando nos llamó trasnochados a los comunistas.

Por: Humberto Vargas Carbonell

En su prédica del dos de agosto—acto solemne de los católicos costarricenses—el señor Obispo de Tilarán señaló algunos fenómenos sociales e hizo llamamientos que, si fueran tomados en serio por la clerecía costarricense, podrían dar lugar a cambios sustanciales en su conducta. Oímos la homilía pero esperaremos la posibilidad de leerla para añadir algunas otras opiniones y otros comentarios.

Cuando se refirió a los problemas de los agricultores su discurso se derivó a los problemas de la familia. Esa deriva fue un acierto. El gran problema de nuestra economía y de la vida social de nuestro país están estrechamente unidos y ambos están envueltos por  el nefasto manto de la crisis de la economía campesina. No es la crisis de la agricultura, que incluye a los monopolios extranjeros que enferman a los humanos y depredan el medio ambiente. No y no. Se trata de los campesinos, los productores de arroz, de frijoles, de maíz, de cebollas, de ajos, de papas y todo lo que constituye el sustento tradicional. Estos alimentos están muy lejos de las mesas— eso cuando hay mesas—de los ticos asalariados y de los productores que están siendo diezmados por la irracionalidad de los gobernantes que privilegian los intereses ajenos y se olvidan de las congojas de los propios.

¿Por qué importar desde lejanos países lo que los agricultores nuestros pueden producir porque saben hacerlo?

Es una  traición al pueblo impuesta por el Tratado de Libre Comercio, con el consentimiento y el beneplácito de las alturas oligárquicas. Oscar Arias Sánchez prometió automóviles de lujo  y trajo dolor y miseria.

Pregunto: ¿Cuál es la lógica—desde el punto de vista de los costarricenses— de traer un monopolio como “Walmart” que eliminó el pequeño comercio, esas bellas economías familiares que eran las pulperías, y mantienen estrujados –hasta  el estrangulamiento—a los productores costarricenses.

¿Qué sentido tiene mantener hambreadas a las comunidades de pescadores, mientras se permite el robo consentido de las riquezas de nuestros mares? La pesca de atún podría ser una mina de diamantes para nuestro pueblo ¿Qué hace falta? Muy sencillo hace falta patriotismo.
Hemos sido gobernados desde hace ya muchos años por personas que, lo que los une nuestro país es haber dejado su ombligo en este bello suelo, en lo demás están al servicio de extraños intereses.

Sobre estos temas hemos escrito mucho y escribiremos más.

Ahora quisiera recordar las palabras de nuestro libertador: Juan Rafael Mora Porras cuando dijo: “El que no cuida lo propio termina siendo inquilino en su propio país”. ¿Es nuestro, de los ticos, este país, o somos ya inquilinos de una tierra alquilada por malos gobernantes? Lamentablemente somos inquilinos, pagamos caro pero habitamos  un chinchorro, padeciendo pobreza y dolor por todos los sufrientes, que son muchos, muchísimos.

Alegan dificultades los gobernantes. A ellos les recuerdo otras palabras de Juan Rafael Mora: “Yo también he lidiado con mil dificultades, contra la escasez y la inercia, contra el egoísmo y la pusilanimidad de esos seres a quienes el más leve revés espanta, para quienes la más ligera nube es una tempestad que augura un naufragio porque no se han convencido que la gran virtud del patricio es la indómita constancia en la próspera o adversa fortuna”.

Dijo también el sacerdote guanacasteco algo así como que terminar con la familia es igual a terminar con el país y lleva razón. La familia es el resguardo de las mejores tradiciones y el bastión ético de la sociedad. Así ha sido nuestra familia campesina; el neoliberalismo y los oligarcas se han autoimpuesto el “deber de destruirla”.

Hoy más que nunca está planteada la cuestión: quién destruye y qué destruye, enfrentados a los que están decididos a construir. Este choque es parte esencial de la lucha de clases, que fue condenada por el obispo de Tilarán nada más que para hacer una concesión al anticomunismo y así evitar ser crucificado por sus justas críticas a la realidad social de nuestros días. Tuvo miedo de sus propias palabras. Terminó tragándoselas.

Los comunistas no nos arrepentimos de lo que hemos dicho y de lo que hacemos. Nuestra opción por los pobres es auténtica y definitiva. ¿De quién hay que defender a los pobres? Pues de los explotadores. Esa es la esencia de la lucha de clases.

El periódico La Nación y Canal 7 nos enseñan, defendiendo a los explotadores y a los vende patrias y atacando a los que luchan por sus derechos, todos los días cual es la esencia de la lucha de clases.
Ellos defienden a unos, a los que nosotros atacamos y atacan a aquellos  que nosotros, los comunistas, defendemos. Así enseñan ellos qué es la lucha de clases. Nosotros la enseñamos de otra manera.

Mientras haya explotación, mientras los que producen la riqueza vivan las angustias de la pobreza y los explotadores chupen las mieles de sus estrambóticas costumbres, estará vigente la lucha de clases.
Cuando alcancemos el reino de la igualdad se acabará la lucha, no habrá clases  y todos serán felices.

No somos trasnochados, señor obispo, tampoco dormilones. Somos ciudadanos comunes y corrientes que hemos dedicado nuestros esfuerzos a la lucha por la justicia social y por la igualdad de todos. Sin ninguna discriminación. Todas las discriminaciones son perversas y malignas;  la justicia plena se dará cuando todos los humanos sean iguales en derechos y oportunidades.

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