Para que Carlos Alvarado y la oligarquía no lo olviden: “El que siembra vientos recoge tempestades”

Por: Humberto Vargas Carbonell

No hay lugar a dudas, a don Carlos Alvarado, al Presidente, le fue muy mal en Guanacaste. Y no podía irle mejor, ni ahí ni en ningún otro lugar de nuestra pequeña geografía. El pueblo, vale decir, los trabajadores de la industria, de la enseñanza, de la administración y del comercio, la está pasando muy mal. El disgusto popular es profundo, es racional y, por eso mismo, absolutamente justificado.

El dolor del pueblo no se calma con frases dulces ni con promesas falsas y mucho menos con promesas tontas, por más que los especialistas en construcción de falsedades logren adobarlas con mieles que, al final, resultan siempre ser amargas. La amargura se agrega cuando la falsedad es desnudada por la realidad.

No faltan en las alturas oligárquicas quienes creen que a los humildes es posible engañarlos siempre. A veces y por algún tiempo el engaño surte efectos; pero, por siempre, jamás. Siendo las cosas así, resulta que a Presidente Alvarado le tocó el momento del desengaño. No por mala suerte sino por complicidad. No tuvo la entereza moral ni la capacidad cognitiva para cambiar el rumbo antipopular y apátrida por el que marcharon sus predecesores neoliberales. Cada uno de ellos fue cavando una una tumba común y cuando era más profunda se hundió en ella el actual Presidente. Si con la lucha actual se cerrara la sepultura, en la lápida habría que escribir un epitafio: “aquí yacen los gobernantes que se olvidaron de la patria, abandonaron pueblo y rindieron culto al neoliberalismo”.

Servir al neoliberalismo es servir al enemigo: Servir al imperialismo yanqui es traicionar al propio pueblo, es también decir, a la patria.

En las mismas páginas del periódico en que se informa del rechazo sufrido por el Presidente Alvarado en Guanacaste, ahí él mismo se proclama defensor absoluto y a ultranza del proyecto de ley del Partido Liberación Nacional que pretende prohibir, es decir considerar delictivo, el uso de las huelga para defender o conquistar los derechos fundamentales de la clase trabajadora.

Prohibir a la clase trabajadora la declaración de una huelga para la defensa de los derechos adquiridos o para la conquista de mejoras en su situación, es la tipificación de un poder fascista. Se trata de absolutizar la explotación de unos –hombres y mujeres—por otros. Esta situación es un modelo fascista.

Se les olvida a estos señores de la oligarquía, subordinados al imperialismo, que las leyes injustas no prevalecen, precisamente porque son irracionales. Las leyes injustas hacen más penosa la vida de los discriminados, pero no cambian la realidad social. Más bien abren camino a la razón y a la justicia, a cualquier precio. No hay pueblos domesticados y obviamente, el pueblo costarricense, es
valiente y luchador. Los embrutecidos por el poder y el dinero olvidan que hace muchos años la sabiduría popular dijo cuál es su destino: “El que siembra vientos recoge tempestades”. Esta sencilla verdad está presente: la palpó el Presidente en Guanacaste.

Los partidos gobernantes, el PAC, PUSC, PLN y otros, están firmemente unidos, pero no tienen futuro. No lo tienen porque se les acabaron las ideas, intelectualmente están sometidos al neoliberalismo y, políticamente, prisioneros del imperialismo yanqui. Sin ideas se acaban también los principios éticos.

Sin brújula y sin camino están destinados a desaparecer.

Dejaron de ser una alternativa, sin ella no tienen futuro. Perdieron o renunciaron al derecho a pensar; ahora su destino es cumplir con el Fondo Monetario Internacional, con el Banco Mundial, con el Tratado de Libre Comercio, con toda una red de organismos derivados. Estos organismos utilizan métodos dictatoriales: el que se equivoca o se aparta de la dogmática neoliberal es sancionado. Hoy por hoy el juez con facultades para sancionar es un bruto, sin talento y sin moral, es Donald Trump habitante de una casa mal llamada “blanca” pero que es la más oscura y apestosa de la historia humana.

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