Gloria eterna al soldado Juan, héroe defensor de la Patria, en momentos de peligro de perder la independencia, ante el asalto del expansionismo yanqui

Los auténticos Padres de la Patria costarricense: Juan Rafael Mora, José María Cañas y Joaquín Mora y los cientos de ticos que lucharon y muchos dieron la vida por nuestra verdadera independencia. Es la hora de Juanito Mora, la lucha sigue.”

 

Autora: Clara Luz Grillo de Chavarría

(Editorial Universidad Estatal a Distancia)

Este texto lo hemos tomado del libro “El General José María Cañas”, 

A su entrada a la ciudad, Walker encontró a un grupo de costarricenses que fueron rápidamente dispersados por Sanders y sus hombres, quienes venían a la vanguardia. Los disparos que se hicieron enteraron al Ejército Costarricense y a los habitantes de Rivas de la presencia del enemigo.

Machado hizo entrar a sus hombres por un camino que llega a la plaza por el lado norte; apareció en ese momento y se encontró así a la derecha de Sanders, con tan mala suerte que recibió un certero balazo de manos del teniente José María Rojas, cayendo muerto al instante; esto desoriento a los hombres de Machado, que huyeron en desbandada. La infantería ligera al mundo del coronel FRY quedaría de reserva.

La violenta entrada que hizo Walker con sus tropas en Rivas significo el momento más difícil y peligroso para nuestro ejército, que estuvo a punto de caer en manos del enemigo.

En la torre de la antigua iglesia de San Sebastián, se instalaron algunos soldados costarricenses, frente al cuartel de Corrales, desde donde comenzaron a a hacer certeros disparos; esto dio motivo para que el mismo Walker creyera que ahí estaban buenos tiradores  franceses y alemanes.

Como puede verse por antes expuesto, la Batalla del 11 de Abril comenzó con una desventaja inmensa para nuestros soldados. La situación era muy difícil cuando apareció de pronto, en la esquina noroeste de la plaza, el Batallón Santa Rosa al mando del Mayor Escalante: Ni Escalante ni sus oficiales pidieron órdenes al Cuartel General sino que en vista de la situación actuaron por propia iniciativa y atacaron el flanco derecho de los filibusteros, o sea a las fuerzas de Sanders, principalmente haciendo cargas a la bayoneta contra las casas donde el enemigo se había encerrado, y llegando hasta la plaza mismo donde los filibusteros se protegían tras de  las empalizadas que allí se encontraban (Rafael Obregón “La Campaña del Tránsito” pág. 149).

El combate se tornó más encarnizado y los filibusteros disparaban con preferencia al batallón Santa Rosa, cuyos soldados comenzaron a caer en números considerables.

En este difícil momento, apareció por el lado suroeste de la plaza, el general José María Cañas con un grupo de oficiales y a la cabeza de una columna. Aquí, una vez más demostró el valiente general sus grandes conocimientos como militar. Refiriéndose a su actuación en esa oportunidad nos dice el teniente coronel  Pedro Bariller, (testigo presencial de la batalla): A los primeros tiros el batallón de Santa Rosa volvió a toda prisa del reconocimiento que estaba haciendo en un punto opuesto al del aaque y se llevó sobre el flanco derecho del enemigo, mientras el general Cañas, eficazmente secundado por otros jefes atacó el flanco izquierdo con aquella resolución que afianza la victoria, ( Lorenzo Montúfar, Walker en Centroamérica, pág. 322).

Cañas atacó con denuedo las casas del lado sur de la plaza, estrechando en esta forma al enemigo, quien respondía de igual manera el fuego de los costarricenses le hacían. Muy pronto estos comenzaron a caer. Los soldados de Cañas y Escalante peleaban con coraje, no retrocedían ni un paso ante el fuego certero de los filibusteros. Las calles se veían sembradas de cadáveres. La columna de Cañas y el Batallón de Santa Rosa quedaron totalmente destrozados, lograron hacer retroceder al enemigo y muy pronto los soldados de Walker comenzaron a replegarse y a refugiarse en las casas más próximas; fue, entonces, cuando Sanders, con un grupo de soldados se metió en el Mesón de Guerra.

Brewester continuó detrás de las empalizadas donde estaba resguardado con sus hombres, desde que se inició el combate, no fue posible desalojarlo de ahí.

Tanto sacrificio atuvo su recompensa, pues ya la situación había cambiado para nuestros soldados. La mitad de la ciudad estaba en poder de los costarricenses, lo mismo que su parte este. La ofensiva del enemigo, que en un comienzo había sido terrible, disminuyó notablemente y ahora, conformes defendían las posiciones que habían conquistado.

Desde los puntos en donde se encontraban alojados ambos adversarios, el fuego era nutrido.

El Presidente Mora convencido de que el combate duraría varias horas, decidió enviar un mensajero a Alfaro Ruiz que estaba en la Virgen pidiéndole que le ayudase con los hombre como refuerzo; pero luego cuando se dio cuenta de que el número de muertos y de heridos aumentaba en nuestras filas, decidió que viniesen a Rivas todos los hombres de los puertos de La Virgen y San Juan del Sur; en esta forma contarían los costarricenses con refuerzo de 600 hombres: El Estado Mayor costarricense que al principio del combate no pudo tener contacto con muchos grupos de soldados que peleaban en forma aislada, logró al fin, poco a poco, ponerse en contacto con ellos y llegar tomar el mando general de las operaciones. (Rafael Obregón L., La Campaña del Tránsito, pág 156).

Uno de los militares que constantemente venía al cuartel donde se encontraba el Estado Mayor era el General Cañas que estaba pendiente de algunos puntos de la línea de combate. Muchas fuerzas habían defendido este cuartel, pues era sabido que el deseo de Walker era apoderarse de él.

En vista de la difícil situación de nuestro ejército y de la gran cantidad de bajas, la mayoría de ellas, debido al propósito errado de querer recuperar el cañón que tomaron los filibusteros cuando se inició la batalla, Mora ordenó a Ocaña no entregar un soldado más, ”para que, en caso dado, con la fuerza que en aquel Cuartel se encontraba a su mando, se pudiera emprender la retirada (José María Bonilla, Batalla del 11 de abril, año 2 n°34), que sería dirigida por el coronel Salazar quien desde los comienzos del combate se encontraba en el cuartel general.

El jefe filibustero no cejaba en su deseo de tomar el cuartel principal; con tal objeto llamó al coronel Fry y a sus reservas para ordenarles que atacasen desde la calle, la casa donde se encontraba éste. Desgraciadamente para Walker los soldados Fry y Kewen estaban tan desalentados como sus compañeros y aquellos jefes no lograron repetir el ataque con el mismo entusiasmo que se hizo al principio, y por tanto, no alcanzaron su objetivo.

El Mesón de Guerra era el punto más estratégico ocupado por el enemigo; desde luego, era necesario desalojarlo de allí. Con tal fin, el Estado Mayor elaboró un plan de ataque “que consistía, como paso previo, en tomar las casas más amplias que se encontraban a ambos lados de la plaza”. (Rafael Obregón Loría, obra citada, p. 151). Estas casas están llenas de soldados filibusteros que se defendían y atacaban con vigor, que se encontraban bien fortificados. La empresa fue difícil, pero había llevarla a cabo a como hubiera lugar.

Al General José María Cañas se hizo el encargo de atacar las casas del lado sur de la Plaza.

Cañas reunió a ciertos grupos de gente esparcida dentro de las y fortines (Rafael Obregón Loría, obra citada pag.164) y atacó con violencia al enemigo que se encontraba en las casas al sur de la Plaza y logró llegar hasta la esquina de la iglesia. Los filibusteros respondieron al taque de Cañas con igual vigor, pero muchos huyeron por los solares cuando los costarricenses se juntaron en las casas y los cargaron a la bayoneta. Después de este ataque quedaron dos o tres casas en manos de los nuestros. Viendo el Estado Mayor que no era posible rodear el Mesón de Guerra, se tomó la decisión de incendiarlo. En algunas oportunidades se ha afirmado que el gestor de esta idea fue el General Cañas. Sabían de antemano que la persona que se arriesgara a tal empresa perdería la vida; sin embargo, el valor de nuestros soldados estuvo una vez más a prueba en esta oportunidad. El primero en presentarse como voluntario para llevar a cabo el incendio fue el teniente Luis Pacheco Bertora, nativo de San José, (Carlos Meléndez Ch. “Un héroe olvidado, don Luis Pacheco Bertora, sobretiro de la Revista Ande), quien después de atravesar la calle, aplicó la tea al techo del edificio, mas cayó mortalmente herido; igual suerte corrió un nicaragüense  que quiso secundar a Pacheco en su heroísmo. Es, en este momento crítico, cuando aparece el tamborcillo alajuelense lleno de valor patrio dispuesto a ofrendar su vida en aras de la libertad: toma la tea encendida, alza la diestra lleno de fe y parte a consumar la acción que lo haría pasar a la historia como el Héroe Nacional de la guerra del 56.

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