Por qué ingresé al Partido Comunista

Por: Luisa González Gutiérrez

Varias veces me han preguntado algunos camaradas y otras gentes amigas, cómo y por qué ingresé al Partido Comunista. Dar respuesta a esta pregunta es tarea muy grata a mi corazón, porque me lleva a espigar los mejores recuerdos de mi vida, las experiencias más interesantes, las que guiaron mis pasos hacia los caminos de la izquierda, caminos por donde transita el pueblo y por donde avanza la revolución socialista. Si el relato de esos recuerdos y experiencias puede de servir de algo al Partido, a los trabajadores de mi país, paso a contar esa historia.

Para una muchacha como yo, de origen proletario, nacida y criada en ambiente de familia obrera, viviendo siempre en los suburbios de la capital o rodando de aquí para allá, de Cartago a Puntarenas, de Heredia a Miramar, buscando trabajo, es decir arañando al mundo para ganar con mi familia el pan de cada día, el ingreso al Partido Comunista no significó ningún problema especial de conciencia.

Las raíces de mi infancia, de mi vida de niña proletaria, sencillamente florecieron al madurar mi pensamiento de maestra, allá por los años de 1930. Lógicamente encontré en el Partido Comunista, la respuesta, es decir, la explicación científica a las inquietudes y dudas que atormentaban mi espíritu de joven maestra, llena de ideales y de fantasías pedagógicas.
Al fundar con Carmen Lyra la Escuela Maternal, en 1926, creía ingenuamente que la educación y la cultura abrían los caminos de la justicia social. Mis concepciones filosóficas, pedagógicas, sustentadas en credos espirituales y en orientaciones de tipo idealista, chocaron inmediatamente con la realidad de la vida que implacablemente nos enfrentaba ante los más duros y de terribles problemas sociales, es decir, la vida trágica y miserable que vivían la mayoría de los chicos que asistían a la Escuela Maternal.

De la Escuela, que fundamos con gran amor de maestras Carmen Lyra y yo, quisimos hacer un oasis de paz, de alegría y de cultura para centenares de niños descalzos, pobres y desnutridos que vivían en los barrios pobres de la capital. Con singular interés, bajo la dirección de la extraordinaria y humana inteligencia de Carmen Lyra, las maestras de la Maternal formulamos los mejores planes para alcanzar sobre bases científicas la educación preescolar.

El ambiente de aquella escuela nueva se llenó de las más bellas obras de arte, seleccionadas por Carmen Lyra a su regreso de Europa: para los pequeños alumnos escrubía ella poesías llenas de ternura y de gracia. Cada mañana las lecciones se abrían con trozos musicales escogidos de las obras de Chopin, de Beethoven, de Lizst, de Brahms. Etc. Las rondas preciosas de Gabriela Mistral presidían los coros infantiles de la Maternal. Todo parecía conducirnos hacia la educación de ángeles y querubines. Las patitas descalzas de tantos niños que llegaron a la Maternal, sus rostros pálidos y la presencia de aquellas madres lavanderas, costureras, pobres amas de casa, esposas de obreros desocupados, nos hicieron comprender que teníamos que bajarnos de las alturas del arte y pasar a resolver fundamentalmente los problemas reales de la miseria y el desamparo en que vivían muchos alumnos de la Maternal. Al lado del piano, de las rondas y de las obras de arte, tuvimos que instalar también una cocina para ofrecer un servicio de alimentación mínimo a aquellos pobres niños que muchas veces llegaban sin desayunar; también varios baños, pues en muchas de las casas donde vivían los pequeños no había servicios de cañería; las madres tenían que jalar el agua desde largas distancias.

Los buenos hábitos de higiene y salud que debíamos cultivar en nuestros alumnos, quedaban escritos en el papel, en el diario de clase que habíamos preparado siguiendo las instrucciones de los mejores pedagogos modernos: Marta Montessori, Decroly, etc.
Las dudas, la confusión y el pesimismo empezaron a invadir nuestro espíritu después de varios años de trabajo en la Maternal. ¿Cómo resolver aquellos problemas que se nos presentaban día a día?

He aquí este pobre niño que no puede marchar en el desfile porque tiene un infección en el talón, un nigua; he aquí a esta pobre criaturita con su brazo envuelto en una tira de manta, que le protege una herida que se hizo ayudando a su mamá en la cocina; he aquí a Jorgillo, tímido, arrinconado siempre por los compañeros, su padre es un pobre borracho que llega a dar horribles espectáculos a la puerta de la escuela. ¡Pobres criaturitas, víctimas inocentes del vicio, de la ignorancia de la miseria! ¿Qué métodos pedagógicos podríamos aplicar para salvarlas de tantas crueldades, de tal desamparo?

La vida de todos los días se burlaba de nuestros planes pedagógicos y nos daba duras lecciones prácticas. Un día de tantos, cuando explicábamos a los niños que debían dormir con las ventanas abiertas para respirar aire puro durante la noche, un niño de seis años que vivía en los bajos del Río Torres, se levanto de su asiento para decirnos que él no podría cumplir con ese buen consejo porque en su casa no tenía ventanas, sólo rendijas que su mamá tapaba con cartones y trapos viejos.

Una noche, a la salida del Teatro Nacional, nos encontramos con Danielillo, vendiendo maní en una canasta bajo un aguacero tropical. Danielillo era el que había hecho el papel de príncipe en una velada que hicimos para las madres el día anterior. ¿Cómo olvidar a la pobre Margarita, pálida y ojerosa, que se dormía siempre en las lecciones? ¡Qué chiquita más perezosa y displicente! Siempre estaba en la luna; un día de tantos supimos por una vecina que era hija de una prostituta, que la hacía esperar largas horas en el quicio de la puerta, mientras ella atendía a sus clientes. ¿Cómo contar cuentos de hadas, de duendes y de mariposas de oro, a esta pobre niña de siete años de vida que vivía en el barrio de Las Latas?

No pasaba una semana sin que se presentaran problemas terribles, difíciles de resolver, a pesar de que la Maternal tenía excelentes amigos filántropos, que ayudaban a la institución. Visitábamos los hogares de los niños más pobres y regresábamos desoladas de ver tanta miseria y dolor, de sentirnos incapaces de poder resolver aquellos problemas sociales. Hacer el diario de clase se nos volvió una tarea mediocre, a ratos cursi y sin sentido.

La realidad nos golpeó duro y nos hizo ver las causas económicas y sociales que originaban tanta pobreza y miseria. Tuvimos que comprender al final que la pedagogía, por sí sola, no puede desarrollar las capacidades del niño mientras la sociedad en que viva no pueda asegurarle la vivienda, la alimentación y la salud, indispensables para hacer de él un ciudadano culto y sano. Esta convicción arraigó en nosotras y nos volvió al camino de la izquierda.

Un lunes por la mañana, al abrir la puerta de la Escuela, apareció por debajo un periodiquito que se llamaba La revolución. Era el periodiquito semanal que editaban unos muchachos estudiantes y el obrero carpintero Gonzalo Montero Berry. Carmen Lyra y yo lo leímos de punta a punta y ambas coincidimos en que esa publicación nos daba la clave de los problemas que padecía la Escuela Maternal. Fue un rayo de luz que entró en el ámbito de nuestra escuela y que nos hizo comprender que los problemas de nuestros niños no se podían resolver con simples “parches humanitarios”. Era cuestión del régimen social y nada más.

Así, una tarde, Carmen Lyra me invitó a leer un pequeño librito que explicaba en forma magistral la historia y el desarrollo de la sociedad humana en relación con los problemas económicos. Era nada menos que el Manifiesto Comunista de Marx y Engels.

Aquel pequeño libro y la amistas con los muchachos fundadores del Partido Comunista, nos señalaron “el único camino” que conduce hacia la justicia y la fraternidad entre todos los hombres de la tierra.

 

 

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