Me lo dijo Galeano, me lo dijo Carlitos Marx

Pablo Abarca González
Pablo Abarca González

Me había adentrado en escribir solamente de política partidista, pues con el transcurrir del aprendizaje en ese artificio me fui perdiendo y no tenía cabeza para otra cosa, pero ahora como quien se aleja de sus más ínfimas pasiones para respirar y encontrarse, me he acercado a la magia de las palabras sin revestimiento alguno de intereses estratégicos en su encarnadas manifestaciones, es más bien el deseo de dejar al descubierto todo lo que en mi consciencia reposa lo que busco por el momento. Hace unos días escuche una historia, con la cual Eduardo Galeano desarrollado su técnica de escritura o por lo menos así lo pretendía, “en la costa colombiana charlando con los pescadores, cuando muy entrada la noche, entre trago y trago uno de ellos uso una palabra que abrió mi camino, escribiendo y hablando, uso una palabra inventada por ellos, por los pescadores para definir el lenguaje que dice la verdad, dijo sentí-pensante, sí que siente y piensa, a la vez, con el corazón y la razón, se trata de no divorciar la mente del cuerpo, ni la emoción de la razón” .

Con ello recordé unos trazos de varios capítulos, que había leído por la mañana de un pequeño libro contundente y revelador; “Los manuscritos económicos- filosóficos de 1844” de Carlos Marx. Carlitos decía una cuestión muy parecida a lo mencionado por Galeano, pero un tanto más engorrosa, debido aquella mística con la cual se envuelve la economía política. Hablaba de un mundo donde no sólo existan humanos sino humanidad, cada movimiento de nuestro pensar sentando sus bases en la reproducción del ser humano y la naturaleza, garantizando la vida de absolutamente todos los seres que comparte este mundo, y es que con ello se levantaría una nueva ciencia en su totalidad, los sentidos no serían sentidos ajenos al ser humano sino más bien sentidos que abstraen de la realidad la humanidad que reviste en cada partícula de nuestro alrededor siendo materia, objetos, en su conjunto nuestro entorno. Somos lo que producimos, somos un conjunto, y toda esta realidad llamada naturaleza es nuestra, bien compartida en la individualidad del ser humano y colectivizada; nos convertimos en sociedad, una que necesita de cada una de sus partes (ser humano y naturaleza) para sobrevivir.

Cuando nos damos cuenta de ello, nuestros sentidos se vuelven teóricos, y como dijo don Carlos parafraseando a Feuerbach “La sensibilidad tiene que ser la base de la ciencia. Sólo partiendo de ella, bajo la doble forma de la conciencia sensible y la necesidad sensible, es decir solamente si la ciencia parte de la naturaleza, será ciencia real”, mejor dicho por don Eduardo Galeano “debemos sentí- pensar”, pero no solamente para trastocar los sentimientos por medio de la escritura, sino para formar una nueva sociedad humanizada, reconocedora de que nada de lo vivido existiría sin la fuerza del ser humano en su entorno, y de la magnificencia que recae en nuestras manos, con tan sólo vivir. Es el tesoro más preciado la razón contenida en sentimientos, sentimientos que reconocen la vida y la muerte como una cosa de todos.

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