Infraestructura vial y el cáncer de la corrupción

Escuché en un programa de noticias una información que no me sorprendió pero sí me lleno de preocupación. Se dijo que en la región en que vivimos los países con la peor infraestructura vial son Haití y Costa Rica.

Haití tiene su propia historia, por lo demás dolorosa. Si pensamos por un minuto en lo que significó la dictadura de Papá Doc no será difícil entender lo que ha sido la vida del pueblo haitiano y más fácil de entender si sumamos los huracanes y el espantoso y reciente terremoto. Dicen que es el país más pobre de América Latina y el Caribe.

Conozco a no pocos compañeros haitianos, todos inteligentes y luchadores. Son combatientes valientes que viven inspirados por la fidelidad a su pueblo.

Pero en Costa Rica los acontecimientos marchan en otra dirección.

Las obras de infraestructura vial son de pésima calidad y, según dicen los que saben, de costos muy elevados.

Hace apenas unas semanas Nate puso a prueba estas obras y el resultado fue un desastre. Dijo el Presidente del Colegio de Ingenieros que ese fenómeno natural ha producido en retroceso de cinco años. Este retroceso se paga con el sacrificio de los pobres y el atraso del desarrollo económico.

Lo cierto es que no estamos ante un problema técnico, sino más bien ante un problema de ética y de eficiencia administrativa.

Esto significa que las obras viales antes de hacerse y después, están siempre rodeadas por una oscura niebla de corrupción.

Alguna vez dije y ahora repito: la infraestructura vial es un monumento a la corrupción. Estoy seguro de que así piensan muchos otros.

Este Gobierno que juró luchar contra la corrupción podría empezar la realización de amplia auditoría financiera y técnica de las principales obras de infraestructura.

¿Por qué el Estado no construye?

Para tapar huecos hay que hacer una licitación, ahí nacen las primeras células cancerosas. Cuando las obras son grandes nacen con el cáncer desarrollado.

Es el maldito neoliberalismo y su carcelero principal, el Tratado de Libre Comercio.

La ruta 27 es un buen ejemplo de lo que decimos. En ese caso durante mucho tiempo el Gobierno ni siquiera controló los ingresos por el cobro de los peajes. Una porquería de carretera convertida en un extraordinario negocio; las necesidades de la población convertidas en oro reluciente, pero sucio.

Es también inadmisible el caso de OAS (¿subsidiaria o amiga de Odebrecht?) que se embolsó muchos millones de dólares sin haber gastado ni un kilo de cemento. Todos los ciudadanos tienen derecho a preguntar ¿Cómo es que se perfecciona un contrato sin que el gobierno esté seguro de que la obra puede realizarse? Este fue caso del contrato para la construcción de la carretera a San Ramón. ¿Quién responde por los millones malgastados? Aquí, en nuestro país, nadie.

Es hora de que hablen los especialistas.

 

Por: Humberto Vargas Carbonell
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