Discursos de V. I. Lenin en los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista

I Congreso de la Internacional Comunista

Del 2 al 6 de marzo de 1919

Discurso de apertura

El Comité Central del Partido Comunista de Rusia me ha encomendado inaugurar el I Congreso Comunista Internacional. Ante todo quiero pedir a los presentes que rindan homenaje a la memoria de los mejores representantes de la Tercera Internacional, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

Camaradas, este congreso tiene importancia histórica y mundial. Es una prueba de que las ilusiones de la democracia burguesa han fracasado, porque la guerra civil es ya un hecho, no sólo en Rusia, sino también en los países capitalistas más desarrollados de Europa.

La burguesía experimenta verdadero terror cuando ve el auge que está adquiriendo el movimiento revolucionario del proletariado. Ese sentimiento se explica si consideramos que el cauce que tomaron los acontecimientos después de la guerra imperialista contribuye a desarrollar el movimiento revolucionario del proletariado, que la revolución mundial se ha iniciado ya y se extiende a todos los países.

El pueblo tiene conciencia de la magnitud y la importancia que adquiere en estos momentos la lucha. Lo fundamental es encontrar la vía práctica que brindará al proletariado el medio para tomar el poder. Esa vía es el sistema de los sóviets conjugado con la dictadura del proletariado. ¡Dictadura del proletariado! Hasta hace poco estas palabras eran para las masas una expresión rebuscada y difícil, pero hoy, por la difusión que ha alcanzado en el mundo entero el sistema de los sóviets, esa formulación fue traducida a todos los idiomas contemporáneos. Las masas obreras encontraron ya la vía práctica para dar forma a su dictadura. Gracias al poder soviético que hoy gobierna en Rusia, gracias a los grupos espartaquistas de Alemania y a los organismos similares de otros países, como, por ejemplo, los Shop Stewards Committees de Inglaterra, las amplias masas obreras saben hoy qué significa esta forma de ejercer la dictadura del proletariado. Todos estos hechos demuestran que la dictadura del proletariado ha encontrado ya la vía revolucionaria, que el proletariado está ya en condiciones de aprovechar en forma práctica su poder.

Camaradas, creo que después de los acontecimientos que tuvieron lugar en Rusia, después de la lucha de enero en Alemania, tiene particular importancia señalar que el nuevo movimiento del proletariado se va abriendo camino y se impone en otros países. Hoy, por ejemplo, he leído en un periódico antisocialista un telegrama que informa que el gobierno de Inglaterra reconoció al Consejo de Diputados Obreros constituido en Birmingham y se manifestó dispuesto a aceptar a los Consejos en calidad de organizaciones económicas. El sistema soviético ha triunfado no sólo en la atrasada Rusia, sino también en el país más desarrollado de Europa, en Alemania, así como en el país capitalista más antiguo, Inglaterra.

La burguesía puede seguir aplicando sus medidas represivas, puede asesinar a miles de obreros, pero la victoria será nuestra; el triunfo de la revolución comunista internacional está garantizado.

¡Camaradas! Saludo calurosamente a este congreso en nombre del Comité Central del Partido Comunista de Rusia y propongo que pasemos a la elección del Presídium. Pido a ustedes que se presenten los nombres.

Discurso sobre las tesis acerca de la democracia burguesa y la dictadura del proletariado

Camaradas: Quiero agregar algunas palabras a los dos últimos puntos. Pienso que los camaradas que deben leer el informe sobre la conferencia de Berna se referirán a estos temas más detalladamente.

Durante toda la conferencia de Berna no se dijo ni una palabra sobre la significación del poder soviético. En Rusia, hace dos años que discutimos este problema. Ya en abril de 1917, en el congreso del partido, planteamos esta cuestión desde el punto de vista teórico y político: “¿Qué es el poder soviético, cuál es su sustancia, su significación histórica?” Pronto hará dos años que estudiamos este tema y en el congreso del partido adoptamos una resolución al respecto.

El 11 de febrero, Freiheit de Berlín publicó un llamamiento al proletariado alemán firmado no sólo por los jefes de los socialdemócratas independientes de Alemania sino también por todos los miembros de la fracción independiente. En agosto de 1918, el mayor teórico de los independientes, Kautsky, escribía en su folleto titulado La dictadura del proletariado que era partidario de la democracia y de los órganos soviéticos pero que los sóviets sólo debían tener un carácter económico y no deberían ser reconocidos como organismos estatales. Kautsky repite esta afirmación en los números de Freiheit correspondientes al 11 de noviembre y 12 de enero. El 9 de febrero aparece un artículo de Rudolph Hilferding, que también es considerado como uno de los principales teóricos autorizados de la Segunda Internacional. Propone fusionar jurídicamente, es decir por la vía legislativa, los dos sistemas, el de los sóviets y el de la Asamblea Nacional. Era el 9 de febrero. Esta segunda propuesta es adoptada por todo el partido de los independientes y publicada en forma de llamamiento.

A pesar de que la Asamblea Nacional ya existe en los hechos, luego de la corporización de la “democracia pura”, luego de que los más grandes teóricos de los socialdemócratas independientes hayan explicado que las organizaciones soviéticas no podrán ser organismos de Estado, después de todo eso aún existen vacilaciones. Ello prueba que esos señores no han comprendido nada del nuevo movimiento y de sus condiciones de lucha. Pero esto además evidencia que deben existir circunstancias, motivos, que determinan tales vacilaciones. Cuando luego de todos esos acontecimientos, después de casi dos años de revolución victoriosa en Rusia se nos propone resoluciones del tipo de las adoptadas en la conferencia de Berna, en las que no se dice nada sobre los sóviets y su significación, tenemos todo el derecho de afirmar que todos esos señores, en cuanto que socialistas y teóricos, no existen para nosotros.

Pero en realidad, desde el punto de vista político, ese hecho prueba, camaradas, que se ha producido un gran progreso en las masas puesto que esos independientes, teóricamente y en principio adversarios de esas organizaciones de Estado, nos proponen súbitamente una tontería tan grande como la fusión “pacífica” de la Asamblea Nacional con el sistema de los sóviets, es decir la fusión de la dictadura de la burguesía con la dictadura del proletariado. Es evidente que esas personas han fracasado y que una gran transformación se ha producido en las masas. Las masas atrasadas del proletariado alemán se dirigen a nosotros, mejor dicho, se han dirigido a nosotros. Por lo tanto, la significación del Partido Socialdemócrata Independiente Alemán, desde el punto de vista teórico y socialista, es nula. Sin embargo, conserva cierta importancia en el sentido de que esos elementos nos sirven de indicador del estado de ánimo del sector más atrasado del proletariado. Ese es, a mi criterio, la enorme importancia histórica de esta conferencia. Nosotros fuimos testigos de algo análogo durante nuestra revolución: nuestros mencheviques sufrieron paso a paso, por así decirlo, la misma evolución que los teóricos de los independientes en Alemania. Cuando tuvieron la mayoría en los sóviets, defendían los sóviets. En ese momento sólo se escuchaban los gritos de “¡Vivan los sóviets!”, “Los sóviets y la democracia revolucionaria”. Pero cuando nosotros los bolcheviques logramos la mayoría, entonaron otras consignas: “Los sóviets, declararon, no deben existir simultáneamente con la Asamblea Constituyente”. Y ciertos teóricos mencheviques hasta propusieron algo similar a la fusión del sistema de los sóviets con la Asamblea Constituyente y su inclusión en las organizaciones de Estado. Una vez más quedó demostrado que el curso general de la revolución proletaria es idéntico en todo el mundo. Primeramente constitución espontánea, elemental de los sóviets, después su ampliación y desarrollo, luego la aparición en la práctica de la disyuntiva: sóviets o Asamblea Nacional constituyente o bien parlamentarismo burgués, confusión total entre los jefes y finalmente revolución proletaria. Sin embargo, creo que luego de casi dos años de revolución no debemos plantear el problema de ese modo sino adoptar resoluciones concretas dado que la propagación del sistema de los sóviets es para nosotros, y particularmente para la mayoría de los países de Europa occidental, la más esencial de las tareas. Aquellos que nunca oyeron hablar del bolchevismo no pueden formarse fácilmente una opinión sobre nuestras discusiones. Todo lo que los bolcheviques afirman es refutado por los mencheviques e inversamente. Es cierto que en medio de la lucha no puede ocurrir de otro modo. Por eso es muy importante que la última conferencia del Partido Menchevique, llevada a cabo en diciembre de 1918 haya adoptado una larga resolución detallada, e íntegramente publicada en el Diario de los tipógrafos, órgano menchevique. En esta resolución, los propios mencheviques exponen sucintamente la historia de la lucha de clases y de la guerra civil. Allí dicen que los mencheviques condenan a los grupos del partido aliados a las clases poseedoras en los Urales y en el sur, en Crimea y en Georgia, e indican con precisión todas esas regiones. Los grupos del Partido Menchevique que, aliados a las clases poseedoras, combatieron contra el poder soviético, ahora son condenados en esta resolución. Pero el último punto condena igualmente a los que se pasaron con los comunistas. De ahí se deduce que los mencheviques están obligados a reconocer que no hay unidad en su partido y que se inclinan o bien hacia el lado de la burguesía o bien hacia el del proletariado. Una gran parte de los mencheviques se pasó a las filas de la burguesía y luchó contra nosotros durante la guerra civil. Naturalmente nosotros perseguimos a los mencheviques, hasta los hacemos fusilar cuando en medio de la guerra combaten a nuestro Ejército Rojo y fusilan a nuestros oficiales. A la burguesía que nos declaró la guerra, hemos respondido con la guerra proletaria. No puede haber otra salida. Por eso, desde el punto de vista político, todo esto sólo es hipocresía menchevique. Desde el punto de vista histórico, es incomprensible que en la conferencia de Berna personas que no son oficialmente reconocidas como locos, hayan podido, por orden de los mencheviques y de los socialistas revolucionarios, hablar de la lucha de los bolcheviques contra ellos silenciando su lucha en común con la burguesía contra el proletariado.

Todos nos atacan con encarnizamiento porque los perseguimos. Eso es exacto. Pero se cuidan muy bien de decir una sola palabra sobre su participación en la guerra civil. Pienso que es conveniente remitirse al texto completo de la resolución y solicito a los camaradas extranjeros que le presten mucha atención pues se trata de un documento histórico en el cual está perfectamente planteado el problema y que proporciona la mejor documentación para la apreciación de la discusión entre las diversas tendencias “socialistas” en Rusia. Entre el proletariado y la burguesía existe una clase de personas que se inclinan tanto hacia un lado como hacia el otro. Eso ocurrió siempre y en todas las revoluciones, y es absolutamente imposible que en la sociedad capitalista, donde el proletariado y la burguesía constituyen dos campos enemigos opuestos, no existan sectores sociales intermedios. Históricamente, la existencia de esos elementos flotantes es inevitable. Desgraciadamente, esos elementos que no saben de qué lado combatirán al día siguiente existirán todavía durante cierto tiempo.

Deseo hacer una proposición concreta tendente a la adopción de una resolución en la cual deben ser señalados particularmente tres puntos:

Primero. Una de las tareas más importantes para los camaradas de los países de Europa Occidental consiste en explicar a las masas el significado, la importancia y la necesidad del sistema de los sóviets. Desde este punto de vista hay una comprensión insuficiente. Si es cierto que Kautsky y Hilferding han fracasado como teóricos, los últimos artículos de Freiheit demuestran, sin embargo, que supieron expresar exactamente el estado de ánimo de los sectores atrasados del proletariado alemán. En nuestro país sucedió lo mismo: durante los ocho primeros meses de la revolución rusa fue muy discutido el problema de la organización soviética, y los obreros no veían muy claramente en qué consistía el nuevo sistema ni si se podía constituir el aparato del Estado con los sóviets. En nuestra revolución hemos progresado no en el sentido teórico sino en el camino práctico. Así, por ejemplo, antes nunca planteamos teóricamente la cuestión de la Asamblea Constituyente y nunca dijimos que no la reconocíamos. Sólo más tarde, cuando las instituciones soviéticas se expandieron a través de todo el país y conquistaron el poder político, decidimos disolver la Asamblea Constituyente. En la actualidad, vemos que el problema se plantea con mayor agudeza en Hungría y en Suiza. Por una parte, es excelente que eso ocurra; en ese hecho se apoya nuestra absoluta convicción de que la revolución avanza más rápidamente en los estados de Europa Occidental y que con ella obtendremos grandes victorias. Pero, por otra parte, existe el peligro de que la lucha sea tan encarnizada que la conciencia de las masas obreras no esté en condiciones de seguir ese ritmo. Incluso ahora el significado del sistema de los sóviets no está claro para las grandes masas de obreros alemanes políticamente instruidos porque han sido educados en el espíritu del parlamentarismo y de los prejuicios burgueses.

Segundo. Punto relativo a la difusión del sistema soviético. Cuando vemos con qué rapidez se difunde en Alemania y hasta en Inglaterra la idea de los sóviets, podemos decir que esa es una prueba esencial de que la Revolución proletaria vencerá. Sólo se podría detener su curso por muy poco tiempo. Pero es muy distinto cuando los camaradas Albert y Platten nos declaran que en sus países no hay sóviets en el campo, entre los trabajadores rurales y el pequeño campesinado. He leído en Die Rote Fahne un artículo contra los sóviets campesinos pero (y eso es absolutamente justo) referido a los sóviets de trabajadores rurales y de campesinos pobres. La burguesía y sus lacayos, tales como Scheidemann y compañía ya lanzaron la consigna de sóviets campesinos. Pero nosotros sólo queremos los sóviets de trabajadores rurales y de campesinos pobres. Desgraciadamente, de los informes de los camaradas Albert, Platten y otros, se deduce que a excepción de Hungría, se hace muy poco por la expansión del sistema soviético en el campo. Quizá esto constituya un peligro práctico bastante considerable para la obtención de la victoria por parte del proletariado alemán. En efecto, la victoria no podrá ser considerada como segura mientras no sean organizados no sólo los trabajadores de la ciudad sino también los proletarios rurales, y organizados no sólo antes en los sindicatos y cooperativas sino en los sóviets. Nosotros obtuvimos la victoria más fácilmente porque en octubre de 1917 marchamos junto con todo el campesinado. En ese sentido nuestra revolución era entonces burguesa. El primer paso de nuestro gobierno proletario consistió en que las antiguas reivindicaciones de todo el campesinado, expresadas en la época de Kerenski por los sóviets y las asambleas de campesinos, fueron concretadas por la ley dictada por nuestro gobierno el 26 de octubre de 1917, al día siguiente de la revolución. En esto consistió nuestra fuerza y por eso nos fue tan fácil conquistar las simpatías de la mayoría aplastante. En el campo, nuestra revolución continuó siendo burguesa, pero más tarde, seis meses después, nos vimos obligados a comenzar, en los marcos de la organización del Estado obrero, la lucha de clases en el campo, organizando en cada pueblo comités de campesinos pobres, de semiproletarios, y luchando sistemáticamente contra la burguesía rural. Esto era inevitable, pues Rusia es un país atrasado. Otra cosa ocurrirá en Europa Occidental y por eso debemos destacar la necesidad absoluta de la expansión del sistema de los sóviets también en la población rural.

Tercero. Debemos decir que la conquista de la mayoría comunista en los sóviets constituye la principal tarea en todos los países donde el poder soviético aún no ha triunfado. Nuestra comisión resolutiva estudió ayer esta cuestión. Quizá otros camaradas quieran expresar también su opinión pero desearía proponer que se adopte este tercer punto en forma de resolución especial. Es muy probable que en muchos estados de Europa Occidental, estalle muy próximamente la revolución. En todo caso, nosotros, en cuanto que fracción organizada de los obreros y del partido, tendemos y debemos tender a obtener la mayoría en los sóviets. Entonces nuestra victoria será segura y no existirá fuerza capaz de oponerse a la revolución comunista. De otro modo, la victoria será difícil de lograr y no durará mucho. Así pues, yo quisiera proponer que se aprueben estos tres puntos como resolución especial.

Discurso de clausura

Así hemos terminado nuestro trabajo. Hemos logrado reunimos a pesar de todas las dificultades y persecuciones de que nos hizo objeto la policía, y contra todas las divergencias que nos desunían aprobamos numerosas resoluciones relativas a problemas candentes de esta época revolucionaria. Y todo ello fue posible gracias a que las masas proletarias del mundo entero supieron llevar a primer plano, con su lucha, estos problemas y comenzar a resolverlos en la práctica.

Nuestra tarea se limitó a registrar lo que las masas habían conquistado ya por medio de su lucha revolucionaria. En los países de Europa occidental y oriental, en los países vencidos y en los vencedores —como por ejemplo en Inglaterra—, el movimiento en favor de los sóviets crece y se difunde. Ese movimiento no tiene otro fin que crear una democracia nueva, proletaria, es un importante paso de avance que nos acerca a la dictadura del proletariado, que asegura la victoria definitiva del comunismo.

La burguesía del mundo entero puede seguir empleando la violencia, puede continuar su política de expulsar y meter en la cárcel e incluso de asesinar a los espartaquistas y a los bolcheviques; nada de eso la salvará. Esas medidas abrirán los ojos a las masas, las ayudarán a liberarse de los viejos prejuicios democrático burgueses y las templarán en la lucha. La victoria de la revolución proletaria está asegurada. Ya se divisa la formación de la República Soviética Internacional.

II Congreso de la Internacional Comunista

Del 19 de julio al 7 de agosto de 1920

Informe sobre la situación internacional y las tareas fundamentales de la Internacional Comunista

(19 de julio)

Camaradas:

Las tesis sobre los problemas relativos a las tareas fundamentales de la Internacional Comunista han sido publicadas en todos los idiomas y no representan algo sustancialmente nuevo (en particular para los camaradas rusos), ya que en grado considerable hacen extensivos a una serie de países occidentales, a Europa Occidental, ciertos rasgos básicos de nuestra experiencia revolucionaria y las enseñanzas de nuestro movimiento revolucionario. Por eso, en mi informe me detendré con algo más de detalle, aunque brevemente, en la primera parte del tema que me ha sido asignado: la situación internacional.

Las relaciones económicas del imperialismo constituyen la base de la situación internacional hoy existente. A lo largo de todo el siglo XX se ha definido por completo esta nueva fase del capitalismo, su fase superior y última. Todos vosotros sabéis, claro está, que el rasgo más característico y esencial del imperialismo consiste en que el capital ha alcanzado proporciones inmensas. La libre competencia ha sido sustituida por un monopolio gigantesco. Un número insignificante de capitalistas ha podido, en ocasiones, concentrar en sus manos ramas industriales enteras, las cuales se han convertido en alianzas, cárteles, consorcios y trusts con frecuencia de carácter internacional. De este modo, los monopolistas se han apoderado de ramas enteras de la industria en el aspecto financiero, en el aspecto del derecho de propiedad y, en parte, en el aspecto de la producción, no sólo en algunos países, sino en el mundo entero. Sobre esta base se ha desarrollado el dominio, antes desconocido, de un número insignificante de los mayores bancos, reyes financieros y magnates de las finanzas, que en la práctica, han transformado incluso las repúblicas más libres en monarquías financieras. Antes de la guerra, esto era reconocido públicamente por escritores que no tienen nada de revolucionarios, como, por ejemplo, Lysis en Francia.

Este dominio de un puñado de capitalistas alcanzó su pleno desarrollo cuando todo el globo terráqueo quedó repartido no sólo en el sentido de la conquista de las distintas fuentes de materias primas y de medios de producción por los capitalistas más fuertes, sino también en el sentido de haber terminado el reparto preliminar de las colonias. Hace unos cuarenta años, la población de las colonias sometidas por seis potencias capitalistas apenas pasaba de 250 millones de seres. En vísperas de la guerra de 1914, en las colonias había ya cerca de 600 millones de habitantes y si agregamos países como Persia, Turquía y China que entonces eran ya semicolonias, resultará, en cifras redondas, una población de mil millones que era oprimida mediante la dependencia colonial por los países más ricos, civilizados y libres. Y vosotros sabéis que, además de la dependencia jurídica directa de carácter estatal, la dependencia colonial presupone toda una serie de relaciones de dependencia financiera y económica, presupone toda una serie de guerras, que no eran consideradas como tales porque consistían, con frecuencia, en que las tropas imperialistas europeas y norteamericanas, pertrechadas con las más perfectas armas de exterminio, reprimían a los habitantes inermes e indefensos de las colonias.

De este reparto de toda la tierra, de este dominio del monopolio capitalista, de este poder omnímodo de un insignificante puñado de los mayores bancos —dos, tres, cuatro o, a lo sumo, cinco por Estado— nació, de modo ineluctable, la primera guerra imperialista de 19141918. Esa guerra se hizo para repartir de nuevo el mundo entero. Se hizo para determinar cuál de los dos grupos insignificantes de los mayores estados —el inglés o el alemán— recibiría la posibilidad y el derecho de saquear, oprimir y explotar toda la Tierra. Como sabéis, la guerra decidió la cuestión en favor del grupo inglés. Y como resultado de esa guerra, nos encontramos ante una exacerbación incomparablemente mayor de todas las contradicciones capitalistas. La guerra lanzó de golpe a unos 250 millones de habitantes de la Tierra a una situación equivalente a la de las colonias. Lanzó a esa situación a Rusia, en la que deben contarse cerca de 130 millones, a Austria Hungría, Alemania y Bulgaria, que suman en total no menos de 120 millones. Doscientos cincuenta millones de habitantes de países que, en parte, figuran entre los más avanzados, entre los más cultos e instruidos, como Alemania y que, en el aspecto técnico, se encuentran al nivel del progreso contemporáneo. Por medio del Tratado de Versalles, la guerra impuso a esos países condiciones tales que pueblos avanzados se vieron reducidos a la dependencia colonial, a la miseria, el hambre, la ruina y la falta de derechos, pues en virtud del tratado están maniatados y, para muchas generaciones, sometidos a condiciones que no ha conocido ningún pueblo civilizado. He aquí el cuadro que ofrece el mundo: nada más acabada la guerra, no menos de 1.250 millones de seres son víctimas de la opresión colonial, víctimas de la explotación del capitalismo feroz, que se jactaba de su amor a la paz y que tenía cierto derecho a jactarse de ello hace cincuenta años, cuando la Tierra no estaba repartida todavía, cuando el monopolio no dominaba aún, cuando el capitalismo podía desarrollarse de modo relativamente pacífico, sin conflictos bélicos colosales.

En la actualidad, después de esa época “pacífica”, asistimos a una monstruosa exacerbación de la opresión, vemos el retorno a una opresión colonial y militar mucho peor que la anterior. El Tratado de Versalles ha colocado a Alemania, y a toda una serie de Estados vencidos, en una situación que hace materialmente imposible su existencia económica, en una situación de plena carencia de derechos y de humillación.

¿Qué número de naciones se ha aprovechado de ello? Para responder a esta pregunta debemos recordar que la población de los Estados Unidos de América —los cuales son los únicos que han ganado en la guerra de modo pleno y se ha transformado por completo de un país con gran cantidad de deudas en un país al que todos le deben— no pasa de 100 millones de almas. Japón, que ha ganado muchísimo al permanecer al margen del conflicto europeo norteamericano y apoderarse del inmenso continente asiático, tiene 50 millones de habitantes; Inglaterra, que después de esos países ha ganado más que nadie, cuenta con una población de 50 millones. Y, si agregamos los estados neutrales, cuya población es muy pequeña y que se han enriquecido durante la conflagración, obtendremos, en cifras redondas, 250 millones.

Ahí tenéis, pues, trazado en líneas generales, el cuadro del mundo después de la guerra imperialista. Colonias oprimidas con una población de 1.250 millones de seres: países que son despedazados vivos, como Persia, Turquía y China; países que, derrotados, han sido reducidos a la situación de colonias. No más de 250 millones en países que han mantenido su vieja situación, pero que han caído, todos ellos, bajo la dependencia económica de Norteamérica y que durante toda la guerra dependieron en el aspecto militar, pues la contienda abarcó al mundo entero y no permitió ni a un solo Estado permanecer neutral de verdad. Y, por último, no más de 250 millones de habitantes en países en los que, por supuesto, se han aprovechado del reparto de la Tierra únicamente las altas esferas, únicamente los capitalistas. En total, cerca de 1.750 millones de personas que suponen toda la población del globo. Quisiera recordaros este cuadro del mundo porque todas las contradicciones fundamentales del capitalismo, del imperialismo, que conducen a la revolución, todas las contradicciones fundamentales en el movimiento obrero, que condujeron a la lucha más encarnizada con la Segunda Internacional, y de lo cual ha hablado el camarada presidente, todo eso está vinculado al reparto de la población de la Tierra.

Es claro que las cifras citadas ilustran en, rasgos generales, fundamentales, el cuadro económico del mundo. Y es natural, camaradas, que sobre la base de ese reparto de la población de toda la Tierra haya aumentado en muchas veces la explotación del capital financiero, de los monopolios capitalistas.

No sólo las colonias y los países vencidos se ven reducidos a un estado de dependencia; en el interior mismo de cada país victorioso se han desarrollado las contradicciones más agudas, se han agravado todas las contradicciones capitalistas. Lo mostraré de modo conciso con algunos ejemplos.

Tomad las deudas de Estado. Sabemos que las deudas de los principales Estados europeos han aumentado, de 1914 a 1920, no menos de siete veces. Citaré una fuente económica más, que adquiere una importancia muy grande: Keynes, diplomático inglés y autor del libro Las consecuencias económicas de la paz, quien, por encargo de su gobierno, participó en las negociaciones de paz de Versalles, las siguió sobre el lugar desde un punto de vista puramente burgués, estudió el asunto paso a paso, en detalle, y, como economista, tomó parte en las conferencias. Ha llegado a conclusiones que son más tajantes, más evidentes y más edificantes que cualquiera otra de un revolucionario comunista, porque estas conclusiones las hace un burgués auténtico, un enemigo implacable del bolchevismo, del cual él, como filisteo inglés, se hace un cuadro monstruoso, bestial y feroz. Keynes ha llegado a la conclusión de que, con el Tratado de Versalles, Europa y el mundo entero van a la bancarrota. Keynes ha dimitido, ha arrojado su libro a la cara del gobierno y ha dicho “hacéis una locura”. Os citaré sus cifras que, en conjunto, se reducen a lo siguiente:

¿Cuáles son las relaciones de deudores y acreedores que se han establecido entre las principales potencias? Convierto las libras esterlinas en rublos oro, al cambio de 10 rublos oro por libra esterlina. He aquí lo que resulta: los Estados Unidos tienen un activo de 19.000 millones; su pasivo es nulo. Hasta la guerra eran deudores de Inglaterra. En el último congreso del Partido Comunista de Alemania, el 14 de abril de 1920, el camarada Levi señalaba con razón en su informe que no quedaban más que dos potencias que actúan hoy de forma independiente en el mundo: Inglaterra y Norteamérica. Pero sólo Norteamérica se mantiene absolutamente independiente desde el punto de vista financiero. Antes de la guerra era deudora; hoy es sólo acreedora. Todas las demás potencias del mundo han contraído deudas. Inglaterra se ve reducida a la siguiente situación: activo 17.000 millones, pasivo 8.000 millones, es ya mitad deudora. Además, en su activo figuran cerca de 6.000 millones que le debe Rusia. Los stocks militares que Rusia compró durante la guerra forman parte de los créditos ingleses. No hace mucho, cuando, en su calidad de representante del gobierno soviético de Rusia, Krasin tuvo la oportunidad de conversar con Lloyd George sobre los convenios relativos a las deudas, explicó claramente a los científicos y políticos, dirigentes del gobierno inglés, que si pensaban cobrar estas deudas, se equivocaban de manera inexplicable. Y el diplomático inglés Keynes les había ya revelado este error.

Por supuesto, la cuestión no depende sólo del hecho de que el gobierno revolucionario ruso no quiere pagar sus deudas. Ningún gobierno se avendría a liquidarlas, por la sencilla razón de que estas deudas no representan más que los intereses usurarios de lo que ha sido ya pagado una veintena de veces, y este mismo burgués Keynes, que no siente ninguna simpatía por el movimiento revolucionario ruso, dice: “Está claro que no se pueden tener en cuenta estas deudas”.

Por lo que se refiere a Francia, Keynes aduce cifras como éstas: su activo es de tres mil millones y medio, su pasivo, ¡de 10.000 millones y medio! Y éste es el país del cual los franceses mismos decían que era el usurero de todo el mundo, porque sus “ahorros” eran colosales y el saqueo colonial y financiero, que le había proporcionado un capital gigantesco, le permitía otorgar préstamos de miles y miles de millones, en particular a Rusia. De estos préstamos Francia obtenía enormes beneficios. Y, a pesar de ello, a pesar de la victoria, Francia ha ido a parar a la situación de deudora.

Una fuente burguesa norteamericana, citada por el camarada Braun, en su libro ¿Quién debe pagar las deudas de guerra? (Leipzig, 1920), define de la manera siguiente la relación que existe entre las deudas y el patrimonio nacional: en los países victoriosos, en Inglaterra y Francia, las deudas representan más del 50% del patrimonio nacional. En lo que atañe a Italia, este porcentaje es del 60% al 70%, en cuanto a Rusia, del 90%, pero, como sabéis, estas deudas no nos inquietan, ya que poco antes de que apareciese el libro de Keynes, habíamos seguido su excelente consejo: habíamos anulado todas nuestras deudas.

Keynes no hace más que revelar, en este caso, su habitual condición de filisteo: al aconsejar anular todas las deudas declara que, por supuesto, Francia no hará más que ganar, que, desde luego, Inglaterra no perderá gran cosa, porque, de todos modos, no se podría sacar nada de Rusia; Norteamérica perderá mucho, pero Keynes cuenta con ¡la “generosidad” norteamericana! A este respecto, no compartimos las concepciones de Keynes ni de los demás pacifistas pequeñoburgueses. Creemos que para conseguir la anulación de las deudas tendrán que esperar otra cosa y trabajar en una dirección un tanto diferente, y no en la de contar con la “generosidad” de los señores capitalistas.

De estas cifras muy concisas se infiere que la guerra imperialista ha creado también para los países victoriosos una situación imposible. La enorme desproporción entre los salarios y la subida de precios lo indica igualmente. El 8 de marzo de este año, el Consejo Superior Económico, institución encargada de defender el orden burgués del mundo entero contra la revolución creciente, adoptó una resolución que termina con un llamamiento al orden, a la laboriosidad y al ahorro, con la condición, claro está, de que los obreros sigan siendo esclavos del capital. Este Consejo Superior Económico, órgano de la Entente, órgano de los capitalistas de todo el mundo, hizo el siguiente balance.

En Estados Unidos, los precios de los productos alimenticios han subido en un promedio del 120%, mientras que los salarios han aumentado sólo en un 100%. En Inglaterra, los productos alimenticios han subido un 170%, los salarios un 130%. En Francia, los precios de los víveres han aumentado un 300%, los salarios un 200%. En Japón, los precios han subido un 130%, los salarios un 60% (confronto las cifras indicadas por el camarada Braun en su folleto citado y las del Consejo Superior Económico dadas por el Times del 10 de marzo de 1920).

Está claro que en semejante situación el crecimiento de la indignación de los obreros, el desarrollo de las ideas y del estado de ánimo revolucionarios y el aumento de las huelgas espontáneas de masas son inevitables, porque la situación de los obreros se hace insoportable. Estos se convencen por su propia experiencia de que los capitalistas se han enriquecido inmensamente con la guerra, cuyos gastos y deudas cargan sobre las espaldas de los obreros. Recientemente, un telegrama nos comunicaba que Norteamérica quiere repatriar a Rusia a 500 comunistas más, para desembarazarse de estos “peligrosos agitadores”.

Pero aunque Norteamérica nos enviase no 500, sino 500.000 “agitadores” rusos, norteamericanos, japoneses, franceses, la cosa no cambiaría, puesto que subsistiría la desproporción de los precios, contra la cual no pueden hacer nada. Y no pueden hacer nada porque la propiedad privada se protege allí rigurosamente, porque para ellos es “sagrada”. No hay que olvidar que la propiedad privada de los explotadores ha sido abolida sólo en Rusia. Los capitalistas no pueden hacer nada contra esa desproporción de los precios, y los obreros no pueden vivir con los antiguos salarios. Contra esta calamidad, ningún viejo método sirve, ninguna huelga aislada, ni la lucha parlamentaria ni la votación pueden hacer nada, porque la “propiedad privada es sagrada”, y los capitalistas han acumulado tales deudas que el mundo entero está avasallado por un puñado de personas. Por otra parte, las condiciones de existencia de los obreros se hacen más y más insoportables. No hay más salida que la abolición de la “propiedad privada” de los explotadores.

En su folleto Inglaterra y la revolución mundial, del cual nuestro Noticiero del Comisariado del Pueblo de Negocios Extranjeros de febrero de 1920 ha publicado valiosos extractos, el camarada Lapinski indica que en Inglaterra los precios del carbón de exportación han sido dos veces más elevados que los previstos por los medios industriales oficiales.

En Lancashire se ha llegado a un alza del valor de las acciones de un 400%. Los beneficios de los bancos constituyen del 40 al 50% como mínimo, además se debe señalar que, cuando se trata de determinar sus beneficios, todos los banqueros saben encubrir la parte leonina no llamándola beneficios, sino disimulándola bajo la forma de primas, bonificaciones, etc. Así es que, también en este caso, los hechos económicos indiscutibles muestran que la riqueza de un puñado ínfimo de personas ha crecido de manera increíble, que un lujo inaudito rebasa todos los límites, mientras que la miseria de la clase obrera no cesa de agravarse. En particular, hay que señalar, además, una circunstancia que el camarada Levi ha subrayado con extraordinaria claridad en su informe precitado: la modificación del valor del dinero. Como consecuencia de las deudas, de la emisión de papel moneda, etc., el dinero se ha desvalorizado en todas partes. La misma fuente burguesa, que ya he citado, es decir, la declaración del Consejo Superior Económico del 8 de marzo de 1920, estima que en Inglaterra la depreciación de la moneda en relación al dólar es aproximadamente de un tercio; en Francia y en Italia, de dos tercios, en cuanto a Alemania, llega hasta el 96%.

Este hecho muestra que el “mecanismo” de la economía capitalista mundial se está descomponiendo por entero. No es posible continuar las relaciones comerciales de las cuales dependen, bajo el régimen capitalista, la obtención de materias primas y la venta de los productos manufacturados; no pueden continuar precisamente por el hecho de que toda una serie de países se hallan sometidos a uno solo, debido a la depreciación monetaria. Ninguno de los países ricos puede vivir ni comerciar, porque no puede vender sus productos ni recibir materias primas.

Así, pues, resulta que Norteamérica misma, el país más rico, al que están sometidos todos los demás países, no puede comprar ni vender. Y ese mismo Keynes, que ha conocido todos los recovecos y peripecias de las negociaciones de Versalles, está obligado a reconocer esta imposibilidad, pese a su firme decisión de defender el capitalismo y a despecho de todo su odio al bolchevismo. Dicho sea de paso, no creo que ningún manifiesto comunista, o, en general, revolucionario, pueda compararse, en cuanto a su vigor; a las páginas en las que Keynes pinta a Wilson y el wilsonismo en acción. Wilson fue el ídolo de los pequeños burgueses y de los pacifistas tipo Keynes y de ciertos héroes de la Segunda Internacional (e incluso de la Internacional Segunda y Media) que han exaltado sus “14 puntos” y escrito hasta libros “sabios” sobre las “raíces” de la política wilsoniana, esperando que Wilson salvaría la “paz social”, reconciliaría a los explotadores con los explotados y realizaría reformas sociales. Keynes ha mostrado con toda evidencia que Wilson ha resultado ser un tonto y que todas estas ilusiones se han esfumado al primer contacto con la política práctica, mercantil y traficante del capital, encarnada por los señores Clemenceau y Lloyd George. Las masas obreras ven ahora cada vez más claramente por su experiencia vivida, y los sabios pedantes podrían verlo a la sola lectura del libro de Keynes, que las “raíces” de la política de Wilson estribaban sólo en la necedad clerical, la fraseología pequeñoburguesa y la total incomprensión de la lucha de clases.

De todo eso dimanan de modo completamente inevitable y natural dos condiciones, dos situaciones fundamentales. De una parte, la miseria y la ruina de las masas se han acrecentado de manera inaudita y, sobre todo, en lo que concierne a 1.250 millones de seres humanos, o sea, al 70% de la población del globo. Se trata de las colonias y países dependientes, cuya población está privada de todo derecho jurídico de países colocados “bajo el mandato” de los bandidos de las finanzas. Y, además, la esclavitud de los países vencidos ha quedado sancionada por el Tratado de Versalles y los acuerdos secretos relativos a Rusia, que a veces tienen —es verdad— tanto valor como los papeluchos en los que se ha escrito que debemos tantos y cuantos miles de millones. Presenciamos en la historia mundial el primer caso de sanción jurídica de la expoliación, de la esclavitud, de la dependencia, de la miseria y del hambre de 1.250 millones de seres humanos.

De otra parte, en cada país que se ha vuelto acreedor, la situación de los obreros se ha hecho insoportable. La guerra ha agravado al máximo todas las contradicciones capitalistas, y en ello está el origen de esa profunda efervescencia revolucionaria que no hace más que crecer, porque durante la guerra los hombres se hallaban bajo el régimen de la disciplina militar, eran lanzados a la muerte o amenazados de una represión militar inmediata. Las condiciones impuestas por la guerra no dejaban ver la realidad económica. Los escritores, los poetas, los popes y toda la prensa no hacían más que glorificar la guerra. Ahora que la guerra ha terminado, las cosas han comenzado a desenmascararse. Está desenmascarado el imperialismo alemán con su paz de Brest Litovsk. Está desenmascarada la paz de Versalles que debía ser la victoria del imperialismo y ha resultado ser su derrota. El ejemplo de Keynes muestra, entre otras cosas, cómo decenas y centenares de miles de pequeños burgueses, de intelectuales o simplemente de personas un tanto desarrolladas y cultas de Europa y América han tenido que emprender la misma senda que él, que ha presentado su dimisión y arrojado a la cara de su gobierno el libro que desenmascaraba a éste. Keynes ha mostrado lo que pasa y pasará en la conciencia de millares y centenares de miles de personas cuando comprendan que todos los discursos sobre la “guerra por la libertad”, etc., no han sido más que puro engaño y que como consecuencia de la guerra se ha enriquecido sólo una ínfima minoría, mientras que los demás se han arruinado y han quedado reducidos a la esclavitud. En efecto, el burgués Keynes declara que los ingleses, para proteger su vida, para salvar la economía inglesa, deben conseguir ¡que entre Alemania y Rusia se reanuden las relaciones comerciales libres! Pero ¿cómo conseguirlo? ¡Anulando todas las deudas, como lo propone él! Esta es una idea que no pertenece sólo al científico economista Keynes. Millones de personas llegan y llegarán a esta idea. Y millones de personas oyen declarar a los economistas burgueses que no hay más salida que la anulación de las deudas, que por consiguiente “¡malditos sean los bolcheviques!” (que las han anulado), y ¡hagamos un llamamiento a la “generosidad” de Norteamérica! Pienso que se debería enviar en nombre del Congreso de la Internacional Comunista un mensaje de agradecimiento a estos economistas que hacen agitación en favor del bolchevismo.

Si, de una parte, la situación económica de las masas se ha hecho insoportable; si, de otra parte, en el seno de la ínfima minoría de los países vencedores omnipotentes se ha iniciado y se acelera la descomposición ilustrada por Keynes, realmente presenciamos la maduración de las dos condiciones de la revolución mundial.

Tenemos ahora ante los ojos un cuadro algo más completo del mundo. Sabemos lo que significa esta dependencia de un puñado de ricachones a la que están sujetos los 1.250 millones de seres colocados en condiciones de existencia inaguantables. De otro lado, cuando se ofreció a los pueblos el Pacto de la Sociedad de Naciones, en virtud del cual ésta declara que ha puesto fin a las guerras y que en adelante no permitirá a nadie quebrantar la paz, cuando este pacto —última esperanza de las masas trabajadoras del mundo entero— entró en vigor, fue para nosotros la victoria más grande. Cuando aún no estaba en vigor, decían: es imposible no imponer a un país como Alemania condiciones especiales; cuando haya un tratado ya verán como todo marchará bien. Pero cuando este pacto se publicó, ¡los enemigos furibundos del bolchevismo han tenido que renegar de él! Tan pronto como el pacto empezó a entrar en vigor, resultó que el grupito de países más ricos, ¡este “cuarteto de gente gorda”! —Clemenceau, Lloyd George, Orlando y Wilson— quedó encargado de arreglar las nuevas relaciones. ¡Y cuando pusieron en marcha la máquina del pacto, ésta llevó a la ruina total!

Lo hemos visto en las guerras contra Rusia. Débil, arruinada, abatida, Rusia, el país más atrasado, lucha contra todas las naciones, contra la alianza de Estados ricos y poderosos que dominan al mundo, y sale vencedora de esta lucha. No podíamos oponer fuerzas equivalentes y, sin embargo, fuimos los vencedores. ¿Por qué? Porque no había ni sombra de unidad entre ellos, porque cada potencia actuaba contra otra. Francia quería que Rusia le pagase las deudas y se convirtiese en una fuerza temible contra Alemania; Inglaterra deseaba el reparto de Rusia, intentaba apoderarse del petróleo de Bakú y firmar un tratado con los países limítrofes de Rusia. Entre los documentos oficiales ingleses figura un libro que enumera con extraordinaria escrupulosidad todos los Estados —se cuentan 14— que, hace medio año, en diciembre de 1919, prometían tomar Moscú y Petrogrado. Inglaterra fundaba en estos Estados su política y les daba a crédito millones y millones. Pero hoy todos estos cálculos han fracasado y todos los empréstitos se han perdido.

Esta es la situación que ha creado la Sociedad de Naciones. Cada día de existencia de este pacto constituye la mejor agitación en favor del bolchevismo. Porque los partidarios más poderosos del “orden” capitalista nos muestran que, en cada cuestión, se echan la zancadilla unos a otros. Por el reparto de Turquía, Persia, Mesopotamia y China se arman querellas feroces entre Japón, Gran Bretaña, Norteamérica y Francia. La prensa burguesa de estos países está llena de los más violentos ataques y de las invectivas más acerbas contra sus “colegas” porque les quitan ante sus propias narices el botín. Somos testigos del total desacuerdo que reina en las alturas, entre este puñado ínfimo de países más ricos. Es imposible que 1.250 millones de seres, que representan el 70% de la población de la Tierra, vivan en las condiciones de avasallamiento que quiere imponerles el capitalismo “avanzado” y civilizado. En cuanto al puñado ínfimo de potencias riquísimas, Inglaterra, Norteamérica y Japón (que tuvo la posibilidad de saquear a los países de Oriente, los países de Asia, pero no puede poseer ninguna fuerza independiente, ni financiera ni militar, sin la ayuda de otro país), estos dos o tres países no están en condiciones de organizar las relaciones económicas y orientan su política a hacer fracasar la de sus asociados y partenaires de la Sociedad de Naciones. De aquí se deriva la crisis mundial. Y estas raíces económicas de la crisis constituyen la razón esencial del hecho de que la Internacional Comunista consiga brillantes éxitos.

Camaradas: Ahora vamos a abordar la cuestión de la crisis revolucionaria como base de nuestra acción revolucionaria. Y en ello necesitamos, ante todo, señalar dos errores extendidos. De un lado, los economistas burgueses presentan esta crisis como una simple “molestia”, según la elegante expresión de los ingleses. De otro lado, los revolucionarios procuran demostrar a veces que la crisis no tiene ninguna salida.

Esto es un error. Situaciones sin salida no existen. La burguesía se comporta como una fiera herida que ha perdido la cabeza, hace una tontería tras otra, empeorando la situación y acelerando su muerte. Todo eso es así. Pero no se puede “demostrar” que no hay posibilidad alguna de que adormezca a cierta minoría de explotados con determinadas concesiones, de que aplaste cierto movimiento o sublevación de una parte determinada de oprimidos y explotados. Intentar “demostrar” con antelación la falta “absoluta” de salida sería vana pedantería o juego de conceptos y palabras. En esta cuestión y otras parecidas, la verdadera “demostración” puede ser únicamente la práctica. El régimen burgués atraviesa en todo el mundo una grandísima crisis revolucionaria. Ahora hay que “demostrar” con la práctica de los partidos revolucionarios que tienen suficiente grado de conciencia, organización, ligazón con las masas explotadas, decisión y habilidad a fin de aprovechar esta crisis para llevar a cabo con éxito la revolución victoriosa.

Para preparar esa “demostración” nos hemos reunido precisa y principalmente en el presente Congreso de la Internacional Comunista.

Citaré como ejemplo del grado en que aún domina el oportunismo entre los partidos que desean adherirse a la Tercera Internacional, del grado en que la labor de ciertos partidos aún está lejos de la preparación de la clase revolucionaria para aprovechar la crisis revolucionaria, a Ramsay MacDonald, jefe del Partido Laborista Independiente inglés. En su libro El Parlamento y la Revolución, dedicado precisamente a las cuestiones cardinales que ahora nos tienen ocupados también a nosotros, MacDonald describe el estado de las cosas, poco más o menos en el espíritu de los pacifistas burgueses. Reconoce que hay crisis revolucionaria, que aumentan los sentimientos revolucionarios, que las masas obreras simpatizan con el Poder soviético y la dictadura del proletariado (adviertan que se trata de Inglaterra), que la dictadura del proletariado es mejor que la actual dictadura de la burguesía inglesa.

Pero MacDonald no deja de ser un pacifista y conciliador burgués hasta la médula, un pequeñoburgués que sueña con un gobierno que esté por encima de las clases. Reconoce la lucha de clases sólo como “hecho descriptivo”, como todos los embusteros, sofistas y pedantes de la burguesía. Silencia la experiencia de Kerenski, los mencheviques y los eseristas en Rusia, la experiencia homóloga de Hungría, Alemania, etc., sobre la formación de un gobierno “democrático” y, aparentemente, fuera de las clases. Adormece a su partido y a los obreros que tienen la desgracia de tomar a este burgués por un socialista, de tomar a este filisteo por un líder con las palabras: “Sabemos que esto (o sea, la crisis revolucionaria, la efervescencia revolucionaria) pasará, se calmará”. La guerra originó inevitablemente la crisis, pero después de la guerra, aunque no sea de golpe, “todo se calmará”.

Así escribe una persona que es el jefe de un partido que desea adherirse a la Tercera Internacional. En ello vemos una denuncia de excepcional franqueza y tanto más valiosa de lo que se observa con no menos frecuencia en las capas superiores del Partido Socialista Francés y del Partido Socialdemócrata Independiente Alemán: no sólo el no saber, sino también el no querer aprovechar la crisis revolucionaria en sentido revolucionario, o, dicho de otro modo, el no saber y el no querer llevar a cabo una verdadera preparación revolucionaria del partido y de la clase para la dictadura del proletariado.

Ese es el mal fundamental de numerosísimos partidos que hoy se apartan de la Segunda Internacional. Y precisamente por eso me detengo más en las tesis que propuse al presente Congreso, en la determinación, de la manera más concreta y exacta posible, de las tareas de preparación para la dictadura del proletariado.

Aduciré un ejemplo más. Recientemente se ha publicado un nuevo libro contra el bolchevismo. Ahora se publican en Europa y América muchísimos libros de ese género y cuantos más libros se publican contra el bolchevismo, tanto mayores son la fuerza y rapidez con que crecen en las masas las simpatías por este. Me refiero al libro de Otto Bauer ¿Bolchevismo o socialdemocracia? En él se muestra de modo evidente a los alemanes qué es el menchevismo, cuyo ignominioso papel en la revolución rusa ha sido suficientemente comprendido por los obreros de todos los países. Otto Bauer ha redactado un panfleto menchevique de cabo a cabo, pese a haber ocultado su simpatía por el menchevismo. Mas en Europa y América hace falta difundir ahora nociones más exactas de lo que es el menchevismo, pues éste es un concepto genérico para todas las tendencias pretendidamente socialistas, socialdemócratas, etc., hostiles al bolchevismo. A nosotros, los rusos, nos aburriría escribir para Europa qué es el menchevismo. Otto Bauer lo ha demostrado de hecho en su libro, y agradecemos por anticipado a los editores burgueses y oportunistas que lo publiquen y traduzcan a diferentes idiomas. El libro de Bauer será un complemento útil, aunque original, para los manuales de comunismo. Tomad cualquier párrafo, cualquier razonamiento de Otto Bauer y demostrad dónde está ahí el menchevismo, dónde las raíces de las concepciones que llevan al proceder de los traidores al socialismo, de los amigos de Kerenski, Scheidemann, etc.: tal será el problema que se podrá proponer con provecho y éxito en los “exámenes” para comprobar si el comunismo ha sido asimilado. Si uno no puede resolver este problema, no será aún comunista y valdrá más que no ingrese en el Partido Comunista.

Otto Bauer ha expresado magníficamente la esencia de las opiniones del oportunismo internacional en una frase, por la que —si pudiéramos mandar libremente en Viena— deberíamos erigirle un monumento en vida. El empleo de la violencia en la lucha de clases de las democracias contemporáneas —ha dicho O. Bauer— sería una “violencia sobre los factores sociales de la fuerza”.

Probablemente os parezca esto extraño e incomprensible. Es un modelo del grado al que han llevado el marxismo, del grado de banalidad y defensa de los explotadores a que se puede llevar la teoría más revolucionaria. Hace falta la variante alemana de espíritu pequeñoburgués para obtener la “teoría” de que los “factores sociales de la fuerza” son el número, la organización, el lugar en el proceso de producción y distribución, la actividad y la instrucción. Si un obrero agrícola en el campo y un obrero industrial en la ciudad ejercen violencia revolucionaria sobre el terrateniente y el capitalista, eso no es, ni mucho menos, dictadura del proletariado, no es, ni mucho menos, violencia sobre los explotadores y opresores del pueblo. Nada de eso. Es “violencia sobre los factores sociales de la fuerza”.

Quizá el ejemplo que he puesto haya salido algo humorístico. Pero es tal la naturaleza del oportunismo contemporáneo que su lucha contra el bolchevismo se convierte en un chiste. Para Europa y América es de lo más útil y apremiante incorporar a la clase obrera, a cuánto hay de pensante en ella, a la lucha del menchevismo internacional (de los MacDonald, Bauer y Cía.) contra el bolchevismo.

Aquí debemos plantear la cuestión de cómo se explica la solidez de semejantes tendencias en Europa y por qué ese oportunismo es más vigoroso en Europa Occidental que en nuestro país. Pues porque los países adelantados han creado y siguen creando su cultura con la posibilidad de vivir a expensas de mil millones de habitantes oprimidos. Porque los capitalistas de estos países reciben mucho por encima de lo que podrían recibir como ganancia por el expolio de los obreros de su país.

Antes de la guerra se consideraba que tres países riquísimos: Inglaterra, Francia y Alemania tenían unos ingresos de entre 8.000 y 10.000 millones de francos anuales, sin contar otros ingresos, sólo debido a la exportación de capital al extranjero.

Es claro que de esta respetable suma se pueden tirar quinientos millones, al menos, como migajas a los dirigentes obreros, a la aristocracia obrera, como sobornos de todo género. Y todo se reduce precisamente al soborno. Esto se hace por mil vías distintas: creando establecimientos de enseñanza, fundando miles de cargos para dirigentes de cooperativas, para líderes sindicalistas y parlamentarios. Pero esto se hace dondequiera que existen relaciones capitalistas civilizadas contemporáneas. Esos miles de millones de superganancias son la base económica en que se apoya el oportunismo en el movimiento obrero. En América, Inglaterra y Francia se observa una obstinación mucho más tenaz de los dirigentes oportunistas, de la capa superior de la clase obrera, de la aristocracia de los obreros; oponen una resistencia mucho mayor al movimiento comunista. Y por eso debemos entender que la curación de esta enfermedad de los partidos obreros europeos y americanos transcurre con más dificultad que en nuestro país. Sabemos que desde la fundación de la Tercera Internacional se han obtenido enormes éxitos en el tratamiento de esta enfermedad, pero aún no hemos llegado a extirparla definitivamente: la obra de depurar en todo el mundo a los partidos obreros, a los partidos revolucionarios del proletariado, de la influencia burguesa y de los oportunistas en su propio medio aún está muy lejos de acabarse.

No me detendré en la forma concreta en cómo debemos realizar eso. De ello se habla en mis tesis, que están publicadas. Aquí me incumbe señalar las profundas raíces económicas de este fenómeno. Esta enfermedad se ha prolongado y su tratamiento se ha dilatado más de lo que los optimistas pudieran esperar. Nuestro enemigo principal es el oportunismo. El oportunismo en la capa superior del movimiento obrero no es socialismo proletario, sino burgués. Se ha demostrado en la práctica que los políticos del movimiento obrero pertenecientes a la tendencia oportunista son mejores defensores de la burguesía que los propios burgueses. La burguesía no podría mantenerse si ellos no dirigieran a los obreros. Eso lo demuestra no sólo la historia del régimen de Kerenski en Rusia, sino la república democrática en Alemania con su gobierno socialdemócrata al frente, lo demuestra la actitud de Albert Thomas ante su gobierno burgués. Lo demuestra la experiencia análoga de Inglaterra y los Estados Unidos. Ahí está nuestro enemigo principal y debemos vencerlo. Tenemos que salir del Congreso con la firme resolución de llevar hasta el final esta lucha en todos los partidos. Esa es la tarea principal.

En comparación con esa tarea, la corrección de los errores de la tendencia “izquierdista” en el comunismo será una tarea fácil. En toda una serie de países se observa el antiparlamentarismo, aportado no tanto por gente salida de la pequeña burguesía como apoyado por algunos destacamentos avanzados del proletariado debido al odio que tienen al viejo parlamentarismo, odio lógico, justo y necesario frente a la conducta de los miembros de los parlamentos en Inglaterra, Francia, Italia y en todos los países. Hay que dar indicaciones y directrices de la Internacional Comunista, dar a conocer mejor, más a fondo, a los camaradas, la experiencia rusa, el alcance del verdadero partido político proletario. Nuestra labor consistirá en cumplir esta tarea. Y la lucha contra estos errores del movimiento proletario, contra estas faltas, será mil veces más fácil que la lucha contra la burguesía que penetra bajo el manto de reformistas en los viejos partidos de la Segunda Internacional y orienta toda su labor no en el espíritu proletario, sino en el espíritu burgués.

Camaradas: para concluir, me detendré a examinar otro aspecto de la cuestión. El camarada presidente ha dicho aquí que esta asamblea merece el calificativo de Congreso Mundial. Creo que tiene razón, sobre todo porque se encuentran aquí no pocos representantes del movimiento revolucionario de las colonias y de los países atrasados. Esto no es más que un modesto comienzo, pero lo importante es que ya se ha dado el primer paso. La unión de los proletarios revolucionarios de los países capitalistas, de los países avanzados, con las masas revolucionarias de los países que carecen o casi carecen de proletariado, con las masas oprimidas de las colonias, de los países de Oriente, se está produciendo en este Congreso. La consolidación de esa unión depende de nosotros, estoy seguro de que lo conseguiremos. El imperialismo mundial debe caer cuando el empuje revolucionario de los obreros explotados y oprimidos de cada país, venciendo la resistencia de los elementos pequeñoburgueses y la influencia de la insignificante élite constituida por la aristocracia obrera, se funda con el empuje revolucionario de centenares de millones de seres que hasta ahora habían permanecido al margen de la historia y eran considerados sólo como objeto de ésta.

La guerra imperialista ayudó a la revolución. La burguesía sacó soldados de las colonias, de los países atrasados, para hacerlos participar en esa guerra imperialista, haciéndolos salir del estado de abandono en que se encontraban. La burguesía inglesa inculcaba a los soldados de la India la idea de que los campesinos hindúes debían defender a Gran Bretaña de Alemania; la burguesía francesa inculcaba a los soldados de las colonias francesas la idea de que los negros debían defender a Francia. Y les enseñaron el manejo de las armas. Este aprendizaje es extraordinariamente útil, y por ello podríamos expresarle a la burguesía nuestro profundo agradecimiento, en nombre de todos los obreros y campesinos rusos y sobre todo en nombre de todo el Ejército Rojo ruso. La guerra imperialista ha hecho que los pueblos dependientes se incorporen a la historia universal. Y una de nuestras principales tareas del momento actual es pensar el modo de colocar la primera piedra de la organización del movimiento soviético en los países no capitalistas. Los sóviets son posibles en esos países; no serán sóviets obreros, sino sóviets campesinos o sóviets de los trabajadores.

Habrá que realizar un gran trabajo, los errores serán inevitables y muchos serán los obstáculos con que se tropezará en ese camino. La tarea fundamental del II Congreso consiste en elaborar o trazar los principios de carácter práctico, a fin de que el trabajo realizado hasta ahora en forma no organizada entre centenares de millones de hombres, transcurra en forma organizada, cohesionada y sistemática.

Ha pasado poco más de un año desde que se celebró el I Congreso de la Internacional Comunista y ya aparecemos como vencedores de la Segunda Internacional. Las ideas soviéticas no sólo se difunden ahora entre los obreros de los países civilizados y no son sólo ellos los que las conocen y comprenden. Los obreros de todos los países se ríen de esos sabihondos —muchos de los cuales se llaman socialistas— que, con aire doctoral o casi doctoral, se lanzan a disquisiciones sobre el “sistema” soviético, como suelen expresarse los sistemáticos alemanes, o sobre la “idea” soviética, término empleado por los socialistas “gremiales” ingleses. Tales disquisiciones sobre el “sistema” soviético o la “idea” soviética suelen enturbiar a menudo los ojos y la conciencia de los obreros. Pero los obreros desechan esa basura pedantesca y empuñan el arma proporcionada por los sóviets. En los países de Oriente se va comprendiendo también el papel y la importancia de los sóviets.

El movimiento soviético se ha iniciado en todo el Oriente, en toda Asia, en los pueblos de todas las colonias.

La tesis de que los explotados deben rebelarse contra los explotadores y crear sus sóviets no es demasiado complicada. Después de nuestra experiencia, después de dos años y medio de República Soviética en Rusia, después del I Congreso de la Tercera Internacional, la comprensión de esa tesis está al alcance de centenares de millones de seres oprimidos por los explotadores en el mundo entero. Y si ahora en Rusia nos vemos obligados con frecuencia a concertar compromisos y a dar tiempo al tiempo, pues somos más débiles que los imperialistas internacionales, sabemos, en cambio, que 1.250 millones de seres de la población del globo constituyen esa masa cuyos intereses defendemos nosotros. Por ahora tropezamos con los obstáculos, los prejuicios y la ignorancia, que con cada hora que pasa van siendo relegados al pasado; pero cuanto más tiempo pasa, más nos vamos convirtiendo en los representantes y los defensores efectivos de ese 70% de la población del globo, de esa masa de trabajadores y explotados. Podemos decir con orgullo que en el I Congreso éramos, en el fondo, tan sólo unos propagandistas, que nos limitábamos a lanzar al proletariado de todo el mundo unas ideas fundamentales, un llamamiento a la lucha y preguntábamos: ¿dónde están los hombres capaces de seguir ese camino? Ahora tenemos en todas partes un proletariado de vanguardia. En todas partes hay un ejército proletario, aunque en ocasiones esté mal organizado y exija una reorganización, y si nuestros camaradas internacionales nos ayudan ahora a organizar un ejército único, no habrá fallas que nos impidan realizar nuestra obra. Esa obra es la revolución proletaria mundial, es la creación de la República Soviética Universal.

Publicado el 24 de julio de 192 en el n° 162 de Pravda.

Discurso sobre el papel del Partido Comunista

(23 de julio)

Camaradas:

Quisiera hacer algunas observaciones que guardan relación con los discursos de los camaradas Tanner y McLaine. Tanner dice que está a favor de la dictadura del proletariado, pero la concibe de un modo completamente distinto a como la concebimos nosotros. Dice que nosotros entendemos en realidad por dictadura del proletariado la dictadura de su minoría organizada y consciente.

Y en efecto, en la época del capitalismo, cuando las masas obreras son sometidas a una incesante explotación y no pueden desarrollar sus capacidades humanas, lo más característico para los partidos políticos obreros es justamente que sólo pueden abarcar a una minoría de su clase. El partido político puede agrupar tan sólo a una minoría de la clase, puesto que los obreros verdaderamente conscientes en toda sociedad capitalista no constituyen sino una minoría de todos los obreros. Por eso, nos vemos obligados a reconocer que sólo esta minoría consciente puede dirigir a las grandes masas obreras y llevarlas tras de sí. Y si el camarada Tanner dice que es enemigo del partido, pero al mismo tiempo está a favor de que la minoría de los obreros mejor organizados y más revolucionarios señale el camino a todo el proletariado, yo digo que en realidad no existe diferencia entre nosotros. ¿Qué representa una minoría organizada? Si esta minoría es realmente consciente, si sabe llevar tras de sí a las masas, si es capaz de dar respuesta a cada una de las cuestiones planteada en el orden del día, entonces esa minoría es, en esencia, el partido. Y si camaradas como Tanner, a los que tomamos particularmente en consideración, por tratarse de representantes del movimiento de masas —cosa que difícilmente se puede decir de los representantes del Partido Socialista Británico, si tales camaradas están a favor de que exista una minoría que luche decididamente por la dictadura del proletariado y que eduque en este sentido a las masas obreras, esa minoría no es, en esencia, otra cosa que el partido. El camarada Tanner dice que esta minoría debe organizar y llevar tras de sí a todas las masas obreras. Si el camarada Tanner y otros camaradas del grupo Shop Stewards y de Trabajadores Industriales del Mundo (IWW) reconocen esto —y cada día, en las conversaciones con ellos, vemos que en efecto lo reconocen—, si aprueban una situación en que la minoría comunista consciente de la clase obrera lleva tras de sí al proletariado, deben convenir en que el sentido de todas nuestras resoluciones es precisamente ése. Entonces, la única diferencia existente entre nosotros consiste en que ellos evitan emplear la palabra “partido”, porque entre los camaradas ingleses existe una especie de prevención contra el partido político. Conciben el partido político algo así como los partidos de Gompers y de Henderson, partidos de politicastros parlamentarios, traidores a la clase obrera. Y si conciben el parlamentarismo como el inglés y el norteamericano de nuestros días, también nosotros somos enemigos de ese parlamentarismo y de esos partidos políticos. Necesitamos partidos nuevos, partidos distintos. Necesitamos partidos que estén en contacto efectivo y permanente con las masas y sepan dirigirlas.

Paso a la tercera cuestión que desearía tratar aquí en relación con el discurso del camarada McLaine. Este propugna que el Partido Comunista Inglés se adhiera al Partido Laborista. Ya me he manifestado a este respecto en mis tesis sobre el ingreso en la Tercera Internacional. En mi folleto esta cuestión queda pendiente. Sin embargo, después de hablar con muchos camaradas, he llegado al convencimiento de que la decisión de quedarse en el Partido Laborista es la única táctica acertada. Pero interviene el camarada Tanner y afirma: No seáis demasiado dogmáticos. Esta expresión es totalmente inoportuna. El camarada Ramsay dice: Dejar que los comunistas ingleses resolvamos esta cuestión. ¿Qué sería la Internacional si cualquier pequeña fracción dijese: algunos de nosotros estamos a favor de esto y otros están en contra; dejadnos que resolvamos nosotros mismos? ¿Para qué harían falta entonces la Internacional, el Congreso y toda esta discusión? El camarada McLaine ha hablado únicamente del papel del partido político. Pero esto atañe también a los sindicatos y al parlamentarismo. Es totalmente exacto que la mayor parte de los mejores revolucionarios se oponen a la adhesión al Partido Laborista, puesto que están en contra del parlamentarismo como medio de lucha. Por eso, tal vez sea lo mejor someter esta cuestión a estudio de una comisión. Esta debe examinarla, estudiarla, y la cuestión debe ser resuelta sin falta en el presente Congreso de la Internacional Comunista. No podemos estar de acuerdo con que esta cuestión afecte sólo a los comunistas ingleses. Debemos decir, en general, qué táctica es la certera.

Ahora me detendré en algunos argumentos del camarada McLaine en torno al problema relativo al Partido Laborista inglés. Es preciso decir abiertamente: el Partido Comunista sólo puede adherirse al Partido Laborista a condición de que conserve plena libertad de crítica y pueda aplicar su propia política. Esto es lo más importante. Cuando el camarada Serrati habla a este propósito de colaboración de clases, yo afirmo: esto no es colaboración de clases. Si los camaradas italianos consienten la presencia en su partido de oportunistas como Turati y Cía., es decir, de elementos burgueses, esto sí que es colaboración de clases. Pero, en el caso que nos ocupa, en relación con el Partido Laborista inglés, se trata sólo de la colaboración de la minoría avanzada de los obreros ingleses con su mayoría aplastante. Son miembros del Partido Laborista todos los afiliados a los sindicatos. Es una estructura muy original, que no encontramos en ningún otro país. Esta organización abarca a cuatro millones de obreros de los seis o siete millones de miembros de los sindicatos. No se les pregunta cuáles son sus convicciones políticas. Que me demuestre el camarada Serrati que se nos impide utilizar allí el derecho de crítica. Cuando lo demostréis, sólo entonces demostraréis que el camarada McLaine se equivoca. El Partido Socialista Británico puede decir con toda libertad que Henderson es un traidor y, sin embargo, sigue dentro del Partido Laborista. También aquí se hace efectiva la colaboración de la vanguardia de la clase obrera con los obreros atrasados, con la retaguardia. Esta colaboración reviste una importancia tan grande para todo el movimiento, que insistimos categóricamente en que los comunistas ingleses sean el eslabón de enlace entre el partido, es decir, entre la minoría de la clase obrera, y toda la masa restante de los obreros. Si la minoría no sabe dirigir a las masas y vincularse estrechamente con ellas, no es un partido y, en general, no tiene ningún valor, aunque se denomine partido o Comité Nacional de consejos de delegados de fábrica; por lo que yo conozco los consejos de delegados de fábrica en Inglaterra tienen su Comité Nacional, su dirección central, y esto ya es un paso para la constitución de un partido. Por consiguiente, si no se desmiente que el Partido Laborista inglés está compuesto de proletarios, esto es una colaboración de la vanguardia de la clase obrera con los obreros atrasados y si esta colaboración no se hace efectiva de modo sistemático, entonces el Partido Comunista no ofrece ningún valor, y entonces no se puede hablar de dictadura del proletariado. Y si nuestros camaradas italianos carecen de argumentos más convincentes, tendremos que decidir aquí más tarde y de modo definitivo la cuestión sobre la base de lo que sabemos, y llegaremos a la conclusión de que la adhesión al Partido Laborista es una táctica atinada.

Los camaradas Tanner y Ramsey nos dicen que la mayoría de los comunistas ingleses no se mostrará de acuerdo con la adhesión, pero ¿debemos estar de acuerdo sin falta con la mayoría? De ningún modo. Si la mayoría no ha comprendido aún qué táctica es la acertada, tal vez se pueda esperar. Incluso la existencia paralela de ambos partidos durante cierto tiempo sería mejor que la negativa a responder qué táctica es la certera. Naturalmente, partiendo de la experiencia de todos los miembros del Congreso y sobre la base de los argumentos esgrimidos aquí, no iréis a insistir en que acordemos aquí la creación inmediata en todos los países de un Partido Comunista único. Esto es imposible. Pero sí podemos expresar abiertamente nuestra opinión y trazar directrices. El problema abordado por la delegación inglesa debemos estudiarlo en una comisión especial y, después de esto, debemos decir: la táctica acertada es el ingreso en el Partido Laborista. Si la mayoría estuviese contra esto, deberíamos organizar aparte a la minoría. Esto tendría una importancia educativa. Si las masas obreras inglesas tienen aún fe en la táctica anterior, comprobaremos nuestras conclusiones en el próximo Congreso. Pero no podemos decir que esta cuestión afecte sólo a Inglaterra: eso sería imitar las peores costumbres de la Segunda Internacional. Debemos expresar abiertamente nuestra opinión. Si los comunistas ingleses no llegan a un acuerdo y si no crean un partido de masas, la escisión será inevitable de uno u otro modo .

Publicado el 5 de agosto de 1920 en el n° 5 del Boletín del II Congreso de la Internacional Comunista.

Informe de la Comisión para los problemas nacional y colonial

(26 de julio)

Camaradas:

Me limitaré a una breve introducción, después de lo cual, el camarada Maring, que ha sido secretario de nuestra Comisión, presentará un detallado informe sobre las modificaciones introducidas por nosotros en las tesis. A continuación hará uso de la palabra el camarada Roy, que ha formulado algunas tesis adicionales. La Comisión ha aprobado por unanimidad tanto las tesis originales, con las correspondientes modificaciones, como las tesis adicionales. Así, pues, hemos conseguido una absoluta unidad de criterio en todos los problemas de importancia. Ahora haré algunas breves observaciones.

Primero. ¿Cuál es la idea más importante, la idea fundamental de nuestras tesis? Es la distinción entre naciones oprimidas y naciones opresoras. Nosotros subrayamos esta distinción, en oposición a la Segunda Internacional y a la democracia burguesa. Para el proletariado y para la Internacional Comunista tiene particular importancia en la época del imperialismo observar los hechos económicos concretos y tomar como base, al resolver las cuestiones coloniales y nacionales, no tesis abstractas, sino los fenómenos de la realidad concreta.

El rasgo distintivo del imperialismo consiste en que actualmente, como podemos ver, el mundo se halla dividido, por un lado, en un gran número de naciones oprimidas y, por otro, en un número insignificante de naciones opresoras que disponen de riquezas colosales y de una poderosa fuerza militar. La enorme mayoría de la población del globo, más de mil millones de seres, seguramente 1.250 millones, si consideramos que aquélla es de 1.750 millones, es decir, alrededor del 70% de la población de la Tierra, corresponde a las naciones oprimidas, que se encuentran sometidas a una dependencia colonial directa, o que son semicolonias, como, por ejemplo, Persia, Turquía y China, o que, después de haber sido derrotadas por el ejército de una gran potencia imperialista, han sido obligadas por los tratados de paz a depender en gran medida de dicha potencia. Esta idea de la diferenciación, de la división de las naciones en opresoras y oprimidas preside todas las tesis, no sólo las primeras, las que aparecieron con mi firma y fueron publicadas originariamente, sino también las tesis del camarada Roy. Estas últimas han sido escritas teniendo en cuenta, sobre todo, la situación de la India y de otros grandes pueblos de Asia oprimidos por Inglaterra, y en esto reside la enorme importancia que tienen para nosotros.

La segunda idea que orienta nuestras tesis es que, en la actual situación del mundo, después de la guerra imperialista, las relaciones entre los pueblos, así como todo el sistema mundial de los Estados vienen determinados por la lucha de un pequeño grupo de naciones imperialistas contra el movimiento soviético y contra los Estados soviéticos, a cuya cabeza figura la Rusia Soviética. Si no tenemos en cuenta este hecho, no podremos plantear correctamente ningún problema nacional o colonial, aunque se trate del rincón más apartado del mundo. Sólo partiendo de este punto de vista es cómo los partidos comunistas de los países civilizados, lo mismo que los de los países atrasados, podrán plantear y resolver acertadamente los problemas políticos.

Tercero. Quisiera destacar de un modo particular la cuestión del movimiento democrático burgués en los países atrasados. Esta ha sido justamente la cuestión que ha suscitado algunas divergencias. Nuestra discusión giró en torno a si, desde el punto de vista de los principios y de la teoría, era o no acertado afirmar que la Internacional Comunista y los partidos comunistas deben apoyar el movimiento democrático burgués en los países atrasados. Después de la discusión llegamos a la conclusión unánime de que debe hablarse de movimiento revolucionario nacional en vez de movimiento “democrático burgués”. No cabe la menor duda de que todo movimiento nacional no puede ser sino un movimiento democrático burgués, ya que la masa fundamental de la población en los países atrasados la constituyen los campesinos, que representan las relaciones capitalistas burguesas. Sería utópico suponer que los partidos proletarios, si es que tales partidos pueden formarse, en general, en esos países atrasados, son capaces de aplicar en ellos una táctica y una política comunistas sin mantener determinadas relaciones con el movimiento campesino y sin apoyarlo en la práctica. Ahora bien, en este punto se hizo la objeción de que si hablábamos de movimiento democrático burgués, se borraría toda diferencia entre el movimiento reformista y el movimiento revolucionario. Sin embargo, en los últimos tiempos, esta diferencia se ha manifestado en las colonias y en los países atrasados con plena claridad, ya que la burguesía imperialista trata por todos los medios de que el movimiento reformista se desarrolle también entre los pueblos oprimidos. Entre la burguesía de los países explotadores y la de las colonias se ha producido cierto acercamiento, por lo que, muy a menudo —y tal vez hasta en la mayoría de los casos—, la burguesía de los países oprimidos, pese a prestar su apoyo a los movimientos nacionales, lucha al mismo tiempo de acuerdo con la burguesía imperialista, es decir, al lado de ella, contra todos los movimientos revolucionarios y las clases revolucionarias. En la Comisión, este hecho ha quedado demostrado de forma irrefutable, por lo que hemos considerado que lo único acertado era tomar en consideración dicha diferencia y sustituir casi en todos los lugares la expresión “democrático burgués” por “revolucionario nacional”. El sentido de este cambio consiste en que nosotros, como comunistas, sólo debemos apoyar y sólo apoyaremos los movimientos burgueses de liberación en las colonias en el caso de que estos movimientos sean verdaderamente revolucionarios, en el caso de que sus representantes no nos impidan educar y organizar en un espíritu revolucionario a los campesinos y a las grandes masas de explotados. Si no se dan esas condiciones, los comunistas deben luchar en dichos países contra la burguesía reformista, a la que también pertenecen los héroes de la Segunda Internacional. En las colonias ya existen partidos reformistas, y sus representantes se denominan a veces socialdemócratas y socialistas. La diferencia mencionada ha quedado establecida en todas las tesis y, gracias a esto, nuestro punto de vista, a mi entender, aparece formulado ahora de un modo mucho más preciso.

Quisiera hacer una observación más, relativa a los sóviets campesinos. La labor práctica de los comunistas rusos en las antiguas colonias del zarismo, en países tan atrasados como Turquestán, etc., ha planteado ante nosotros el problema de cómo han de ser aplicadas la táctica y la política comunistas en las condiciones precapitalistas, pues el rasgo distintivo más importante de estos países es el dominio en ellos de las relaciones precapitalistas, por lo que allí no cabe hablar siquiera de un movimiento puramente proletario. En tales países casi no hay proletariado industrial. No obstante, también en ellos hemos asumido y debemos asumir el papel de dirigentes. Nuestro trabajo nos ha mostrado que en esos países hay que vencer enormes dificultades, pero los resultados prácticos nos han mostrado asimismo que, pese a dichas dificultades, incluso en los países que casi carecen de proletariado, también se puede despertar en las masas el deseo de tener ideas políticas propias y de desarrollar su propia actividad política. Esta tarea presentaba para nosotros más dificultades que para los camaradas de Europa Occidental, pues el proletariado de Rusia está abrumado por el trabajo de organización del Estado. Se comprende perfectamente que los campesinos, colocados en una dependencia semifeudal, puedan asimilar muy bien la idea de la organización soviética y sean capaces de ponerla en práctica. Es evidente asimismo que las masas oprimidas, explotadas no sólo por el capital mercantil, sino también por los señores feudales y por un Estado que se asienta sobre bases feudales, pueden aplicar igualmente este arma, este tipo de organización, en las condiciones en que se encuentran. La idea de la organización soviética es una idea sencilla, capaz de ser aplicada no sólo a las relaciones proletarias, sino también a las campesinas feudales y semifeudales. Nuestra experiencia en este aspecto no es aún muy grande, pero los debates en la Comisión, en los que participaron varios representantes de países coloniales, nos han demostrado de un modo absolutamente irrefutable que en las tesis de la Internacional Comunista debe indicarse que los sóviets campesinos, los sóviets de los explotados, son un instrumento válido no sólo para los países capitalistas, sino también para los países con relaciones precapitalistas, y que la propaganda de la idea de los sóviets campesinos, de los sóviets de trabajadores, en todas partes, en los países atrasados y en las colonias, es un deber ineludible de los partidos comunistas y de quienes están dispuestos a organizarlos. Y dondequiera que las condiciones lo permitan, deberán intentar sin pérdida de tiempo la organización de sóviets del pueblo trabajador.

Ante nosotros aparece aquí la posibilidad de realizar un trabajo práctico de gran interés e importancia. Nuestra experiencia general en este terreno no es aún muy grande, pero poco a poco iremos acumulando materiales. Es indiscutible que el proletariado de los países avanzados puede y debe ayudar a las masas trabajadoras atrasadas, y que el desarrollo de los países atrasados podrá salir de su etapa actual cuando el proletariado triunfante de las repúblicas soviéticas tienda la mano a esas masas y pueda prestarles apoyo.

A este respecto se entablaron en la Comisión unos debates bastante vivos, y no sólo en torno a las tesis que llevan mi firma, sino aún más en torno a las tesis del camarada Roy, que él defenderá aquí y en las que se han introducido por unanimidad algunas enmiendas.

La cuestión ha sido planteada en los siguientes términos: ¿podemos considerar justa la afirmación de que la fase capitalista de desarrollo de la economía nacional es inevitable para los pueblos atrasados que se encuentran en proceso de liberación y entre los cuales ahora, después de la guerra, se observa un movimiento en dirección al progreso? Nuestra respuesta ha sido negativa. Si el proletariado revolucionario victorioso realiza entre esos pueblos una propaganda sistemática y los gobiernos soviéticos les ayudan con todos los medios a su alcance, es erróneo suponer que la fase capitalista de desarrollo sea inevitable para los pueblos atrasados. En todas las colonias y en todos los países atrasados, no sólo debemos formar cuadros propios de luchadores y organizaciones propias de partido, no sólo debemos realizar una propaganda inmediata en pro de la creación de sóviets campesinos, tratando de adaptarlos a las condiciones precapitalistas, sino que la Internacional Comunista habrá de promulgar, dándole una base teórica, la tesis de que los países atrasados, con la ayuda del proletariado de las naciones adelantadas, pueden pasar al régimen soviético y, a través de determinadas etapas de desarrollo, al comunismo, soslayando en su desenvolvimiento la fase capitalista.

Los medios que hayan de ser necesarios para que esto ocurra no pueden ser señalados de antemano. La experiencia práctica nos los irá sugiriendo. Pero es un hecho firmemente establecido que la idea de los sóviets es afín a todas las masas trabajadoras de los pueblos más lejanos, que estas organizaciones, los sóviets, deben ser adaptadas a las condiciones de un régimen social precapitalista y que los partidos comunistas deben comenzar inmediatamente a trabajar en este sentido en el mundo entero.

Quisiera señalar, además, la importancia de que los partidos comunistas realicen su labor revolucionaria no sólo en su propio .país, sino también en las colonias, y sobre todo entre las tropas que utilizan las naciones explotadoras para mantener sometidos a los pueblos de sus colonias.

El camarada Quelch, del Partido Socialista Británico, se refirió a este problema en nuestra Comisión. Dijo que el obrero de base inglés consideraría una traición ayudar a los pueblos sojuzgados cuando se sublevan contra el dominio inglés. Es verdad que la aristocracia obrera de Inglaterra y Norteamérica, imbuida de un espíritu jingoísta y chovinista, representa un terrible peligro para el socialismo y constituye un vigoroso apoyo a la Segunda Internacional. Aquí nos hallamos ante una tremenda traición de los líderes y obreros afiliados a esta Internacional burguesa. En la Segunda Internacional también se discutió la cuestión colonial. El Manifiesto de Basilea se refirió a ella en términos inequívocos. Los partidos de la Segunda Internacional prometieron actuar de forma revolucionaria, pero no vemos por parte de ellos ninguna verdadera labor revolucionaria ni ningún apoyo a las sublevaciones de los pueblos explotados y dependientes contra las naciones opresoras, como tampoco lo vemos, a mi entender, entre la mayoría de los partidos que han abandonado la Segunda y desean ingresar en la Tercera Internacional. Debemos decirlo en voz alta, para que todos se enteren. Esto no puede ser refutado, y ya veremos si se hace algún intento de refutarlo.

Todas estas consideraciones han servido de base a nuestras resoluciones, que, ciertamente, son demasiado largas, pero confío en que, pese a todo, resultarán útiles y contribuirán al desarrollo y a la organización de una labor verdaderamente revolucionaria en los problemas nacional y colonial, que es, en el fondo, nuestro objetivo principal.

Publicado el 7 de agosto de 1920 en el n° 6 del Boletín del II Congreso de la Internacional Comunista.

Discurso sobre las condiciones de ingreso en la Internacional Comunista

(30 de julio)

Camaradas:

Serrati ha dicho que entre nosotros no se ha inventado todavía el “sincerómetro”. Es ésta una nueva palabra francesa que significa instrumento para medir la sinceridad. Y semejante instrumento no se ha inventado aún. Pero no necesitamos de ese instrumento; en cambio, poseemos ya uno para determinar las tendencias. Y el error del camarada Serrati, del que hablaré después, radica precisamente en que no ha empleado este instrumento, conocido hace mucho.

Diré sólo unas palabras acerca del camarada Crispien. Lamento mucho que no esté presente. (Dittman: “¡Está enfermo!”) Es una lástima. Su discurso es uno de los documentos más importantes y expresa con exactitud la línea política del ala derecha del Partido Socialdemócrata Independiente. No hablaré de circunstancias personales ni de casos aislados, sino de las ideas claramente expresadas en el discurso del camarada Crispien. Creo que sabré demostrar que todo ese discurso ha sido kautskiano de cabo a rabo y que el camarada Crispien comparte las opiniones kautskianas sobre la dictadura del proletariado. Crispien ha contestado a una réplica: “La dictadura no es una novedad; de ella se habla ya en el Programa de Erfurt. En el Programa de Erfurt no se dice nada de la dictadura del proletariado; y la historia ha demostrado que eso no es casual. Cuando en 1902 y 1903 redactamos el primer programa de nuestro partido tuvimos presente en todo momento el ejemplo del Programa de Erfurt. Por cierto, que Plejánov —el mismo Plejánov que dijo entonces justamente: “O Bernstein entierra a la socialdemocracia, o la socialdemocracia lo entierra a él”— subrayó de manera especial precisamente la circunstancia de que si en el Programa de Erfurt no se habla de la dictadura del proletariado, es un error desde el punto de vista teórico y una concesión cobarde a los oportunistas desde el punto de vista práctico. Y en nuestro programa la dictadura del proletariado está incluida desde 1903.

El camarada Crispien dice ahora que la dictadura del proletariado no es una novedad y agrega: “Siempre hemos sido partidarios de la conquista del poder político”. Pero eso significa eludir la esencia de la cuestión. Se reconoce la conquista del poder político, mas no la dictadura. Todas las publicaciones socialistas, no sólo las alemanas, sino también las francesas y las inglesas, demuestran que los jefes de los partidos oportunistas —MacDonald, por ejemplo, en Inglaterra— son partidarios de la conquista del poder político. Todos ellos, no es broma, son socialistas sinceros, ¡pero están en contra de la dictadura del proletariado! Por cuanto tenemos un buen partido revolucionario, merecedor del título de comunista, hay que hacer propaganda de la dictadura del proletariado, a diferencia de la vieja concepción de la Segunda Internacional. Eso lo ha velado y escamoteado el camarada Crispien, y en eso precisamente consiste el error fundamental propio de todos los adeptos de Kautsky.

“Somos jefes elegidos por las masas”, prosigue el camarada Crispien. Es un punto de vista formal y equivocado, pues en el último congreso del partido de los “independientes” alemanes hemos visto con mucha claridad la lucha de tendencias. No es preciso buscar un medidor de la sinceridad y bromear sobre este tema, como hace el camarada Serrati, para establecer el simple hecho de que la lucha de tendencias debe existir y existe: una tendencia está personificada por los obreros revolucionarios, que vienen a nosotros por vez primera y que son enemigos de la aristocracia obrera; la otra tendencia la personifica la aristocracia obrera, encabezada por los viejos jefes en todos los países civilizados. El camarada Crispien ha dejado sin aclarar precisamente si él se adhiere a la tendencia de los viejos jefes y de la aristocracia obrera o a la tendencia de la nueva masa obrera revolucionaria, que está en contra de la aristocracia obrera.

¿En qué tono habla de escisión el camarada Crispien? Ha dicho que la escisión es una amarga necesidad y se ha lamentado de ello largamente, por completo en el espíritu de Kautsky. ¿Con quién han roto? ¿Con Scheidemann? ¡Sí, claro! Crispien ha dicho: “Hemos efectuado la escisión”. En primer lugar, ¡la habéis efectuado demasiado tarde! Si se habla de eso, hay que decir también esto. Y, en segundo lugar, los independientes no deben llorar por ello, sino decir: la clase obrera internacional se encuentra todavía bajo el yugo de la aristocracia obrera y de los oportunistas. Así están las cosas tanto en Francia como en Inglaterra. El camarada Crispien razona acerca de la escisión no a lo comunista, sino completamente en el espíritu de Kautsky, del cual dice que no tiene influencia. Crispien ha hablado después de los altos salarios. En Alemania, según él, las circunstancias son tales que los obreros viven bastante bien, en comparación con los obreros rusos y, en general, con los de Europa Oriental. La revolución, según sus palabras, puede realizarse sólo en el caso de que no empeore “demasiado” la situación de los obreros. Yo pregunto: ¿es admisible hablar en ese tono en el Partido Comunista? Eso es contrarrevolucionario. En nuestro país, en Rusia, el nivel de vida es indiscutiblemente más bajo que en Alemania, y cuando implantamos la dictadura, como resultado de ello, los obreros empezaron a pasar más hambre y su nivel de vida descendió más aún. La victoria de los obreros es imposible sin sacrificios, sin un empeoramiento temporal de su situación. Debemos decir a los obreros lo contrario de lo que ha manifestado Crispien. Cuando se desea preparar a los obreros para la dictadura y se les habla de un empeoramiento “no demasiado” grande, se olvida lo principal. A saber: que la aristocracia obrera surgió precisamente ayudando a “su” burguesía a conquistar por vía imperialista y a ahogar al mundo entero para asegurarse así mejores salarios. Si los obreros alemanes quieren ahora hacer la obra de la revolución, deben hacer sacrificios y no asustarse por ello.

En un sentido histórico universal general, es cierto que en los países atrasados cualquier coolí chino no está en condiciones de hacer la revolución proletaria; pero en los países más ricos, no muchos, en los que se vive más desahogadamente merced a la expoliación imperialista, decir a los obreros que deben temer un empobrecimiento “demasiado grande” será contrarrevolucionario. Hay que decir lo contrario. La aristocracia obrera, que teme los sacrificios, que teme un empobrecimiento “demasiado grande” durante la lucha revolucionaria, no puede pertenecer al partido. De lo contrario, la dictadura será imposible, sobre todo en los países de Europa Occidental.

¿Qué dice Crispien acerca del terror y la violencia? Ha dicho que son dos cosas distintas. Quizá es posible hacer esa diferenciación en un manual de sociología, pero no puede hacerse en la práctica política, especialmente en las circunstancias de Alemania. Contra quienes proceden como los oficiales alemanes que han asesinado a Liebknecht y Rosa Luxemburgo; contra hombres del tipo de Stinnes y Krupp, que compran la prensa; contra gente así, nos vemos obligados a recurrir al terror y a la violencia. Por supuesto, no es necesario proclamar de antemano que recurriremos sin falta al terror; pero si los oficiales alemanes siguen siendo como son hoy, si Krupp y Stinnes siguen siendo como son hoy, el empleo del terror será inevitable. No sólo Kautsky, sino Ledebour y Crispien hablan de la violencia y del terror en un espíritu absolutamente contrarrevolucionario. Está claro que un partido que se nutre con semejantes ideas no puede participar en la dictadura.

Viene después el problema agrario. Crispien se ha acalorado singularmente en esta cuestión y se le ha ocurrido acusarnos de espíritu pequeñoburgués; hacer algo para el pequeño campesino a expensas de los grandes latifundistas es, según él, pequeñoburgués. Los grandes propietarios deben ser expropiados y la tierra entregada a asociaciones cooperativas. Esta concepción es pedante. Incluso en los países de alto desarrollo, incluida Alemania, hay bastantes latifundios, bastantes propiedades agrarias que no son cultivadas con los métodos del gran capital, sino con métodos semifeudales, y de las cuales se puede recortar algo en provecho de los pequeños campesinos sin quebrantar la hacienda. Se puede conservar la gran producción y, no obstante, dar a los pequeños campesinos algo muy sustancial para ellos. Por desgracia, no se piensa en eso; pero, en la práctica, hay que hacerlo, pues de otro modo se incurriría en un error. Así lo demuestra, por ejemplo, el libro de Varga (ex comisario del Pueblo de Economía Nacional de la República Soviética Húngara), quien escribe que el establecimiento de la dictadura del proletariado no cambió casi nada en la aldea húngara, que los jornaleros no observaron nada y los pequeños campesinos no recibieron nada. En Hungría existen grandes latifundios, en Hungría se explotan haciendas semifeudales en grandes superficies. Siempre se encontrarán y deberán encontrarse partes de grandes posesiones agrarias de las que se pueda dar alguna cosa a los pequeños campesinos —quizá no en propiedad, sino en arriendo— para que al pequeño campesino parcelario le toque algo de la propiedad confiscada. De otro modo, el pequeño campesino no advertirá la diferencia entre lo que había antes y la dictadura soviética. Si el poder estatal proletario no aplica esta política, no podrá sostenerse.

Crispien ha dicho: “No podéis negar nuestra convicción revolucionaria”. Pese a eso, yo le respondo: se la niego categóricamente. No en el sentido de que no quisiérais actuar revolucionariamente, sino en el sentido de que no sabéis pensar revolucionariamente. Apuesto que se puede elegir una comisión, la que queráis, de hombres instruidos, darles diez libros de Kautsky y el discurso de Crispien y esa comisión dirá: este discurso es kautskiano hasta la médula, está impregnado de las ideas de Kautsky desde el comienzo hasta el fin. Todos los métodos de argumentación de Crispien son completamente kautskianos; pero Crispien aparece aquí y dice: “Kautsky no tiene ya ninguna influencia en nuestro partido”. Es posible que no tenga ninguna influencia entre los obreros revolucionarios que se han adherido más tarde. Pero debe considerarse absolutamente demostrado el hecho de que Kautsky ha ejercido y sigue ejerciendo enorme influencia en Crispien, en todo el modo de pensar, en todas las ideas del camarada Crispien. Así lo demuestra el discurso de este último. Por eso, sin inventar el “sincerómetro” o medidor de la sinceridad, se puede decir: la tendencia de Crispien no corresponde a la Internacional Comunista. Al decir esto, definimos la orientación de toda la Internacional Comunista.

Los camaradas Wijnkoop y Münzenberg han expresado su desagrado por el hecho de que hayamos invitado al Partido Socialista Independiente y hablemos con sus representantes. Considero que eso es equivocado. Cuando Kautsky nos ataca y escribe libros, polemizamos con él como con un enemigo de clase. Pero cuando viene aquí para sostener negociaciones el Partido Socialdemócrata Independiente, que ha crecido gracias a la influencia de obreros revolucionarios, debemos hablar con sus representantes, pues constituyen una parte de los obreros revolucionarios. No podemos llegar de golpe a un acuerdo con los “independientes” alemanes, los franceses y los ingleses acerca de la Internacional. El camarada Wijnkoop demuestra con cada uno de sus discursos que comparte casi todas las equivocaciones del camarada Pannekoek. Wijnkoop ha declarado que no comparte las opiniones de Pannekoek, pero con sus discursos demuestra lo contrario. En eso consiste el error fundamental de este grupo “izquierdista”; pero es, en general, un error del movimiento proletario, que crece. Los discursos de los camaradas Crispien y Dittmann están impregnados hasta la médula de espíritu burgués, con el que no se puede preparar la dictadura del proletariado. Si los camaradas Wijnkoop y Münzenberg van más lejos aún en el problema del Partido Socialdemócrata Independiente, nosotros no nos solidarizamos con ellos.

No tenemos, claro está, un medidor de la sinceridad, como ha expresado Serrati, para poner a prueba la buena fe de la gente y estamos completamente de acuerdo con que no se trata de juzgar de los hombres, sino de apreciar la situación. Lamento que Serrati, aunque ha hablado, no haya dicho nada nuevo. Su discurso ha sido del mismo tipo de los que escuchamos ya en la Segunda Internacional.

Serrati no tenía razón al decir: “En Francia, la situación no es revolucionaria, en Alemania es revolucionaria, en Italia es revolucionaria”.

Pero, aun en el caso de que la situación fuera contrarrevolucionaria, la Segunda Internacional se equivoca y tiene una gran culpa al no desear organizar la propaganda y la agitación revolucionarias; porque, incluso en una situación no revolucionaria, se puede y se debe hacer propaganda revolucionaria: así lo ha demostrado toda la historia del Partido Bolchevique. La diferencia entre los socialistas y los comunistas consiste precisamente en que los socialistas se niegan a actuar como actuamos nosotros en cualquier situación, a saber: a hacer labor revolucionaria.

Serrati se limita a repetir lo que ha dicho Crispien. No queremos decir que estén obligados a expulsar sin falta a Turati tal o cual día. Esta cuestión ha sido tratada ya por el Comité Ejecutivo y Serrati nos ha dicho “Ninguna expulsión, sino depuración del partido”. Debemos sencillamente decir a los camaradas italianos que es la tendencia de los miembros de L’Ordine Nuevo, y no la mayoría actual de los dirigentes del Partido Socialista y de su grupo parlamentario, la que corresponde a la tendencia de la Internacional Comunista. Afirman que quieren defender al proletariado frente a la reacción. Chernov, los mencheviques y otros muchos en Rusia ‘“defienden” también al proletariado frente a la reacción, lo que, sin embargo, no es todavía un argumento para que los aceptemos en nuestros medios.

Por eso, debemos decir a los camaradas italianos y a todos los partidos que tienen un ala derecha: esta tendencia reformista no tiene nada de común con el comunismo.

Os rogamos, camaradas italianos, que convoquéis un congreso y propongáis en él nuestras tesis y resoluciones. Estoy seguro de que los obreros italianos desearán seguir en la Internacional Comunista.

Publicado íntegramente en 1921, en el libro II Congreso de la Internacional Comunista. Actas taquigráficas. Petrogrado.

Discurso acerca del parlamentarismo

(2 de agosto)

El camarada Bordiga quería, por lo visto, defender aquí el punto de vista de los marxistas italianos; pero, sin embargo, no ha contestado ni a uno solo de los argumentos aducidos aquí por otros marxistas en defensa de la actividad parlamentaria.

El camarada Bordiga ha reconocido que la experiencia histórica no se crea artificialmente. Acaba de decirnos que es preciso trasladar la lucha a otro terreno. ¿No sabe, acaso, que toda crisis revolucionaria va acompañada de una crisis parlamentaria? Ha dicho, es cierto, que la lucha debe ser trasladada a otro terreno, a los sóviets. Pero el propio camarada Bordiga ha reconocido que los sóviets no pueden ser creados artificialmente. El ejemplo de Rusia demuestra que los sóviets pueden ser organizados o durante la revolución o inmediatamente antes de la revolución. Ya en tiempos de Kerenski, los sóviets (exactamente, los sóviets mencheviques) fueron organizados de tal manera que no podían en modo alguno formar parte del poder proletario. El parlamento es un producto del desarrollo histórico que no podremos suprimir de la vida mientras no seamos tan fuertes que estemos en condiciones de disolver el parlamento burgués. Únicamente siendo miembro del parlamento burgués se puede, partiendo de las condiciones históricas concretas, luchar contra la sociedad y el parlamentarismo burgueses. El mismo medio que emplea la burguesía en la lucha debe ser empleado también por el proletariado, como es natural, con fines completamente distintos. No puede usted afirmar que esto no es así, y si quiere impugnarlo, tendrá que tachar de un plumazo la experiencia de todos los acontecimientos revolucionarios del mundo.

Ha dicho usted que los sindicatos son también oportunistas, que también ellos representan un peligro; pero, por otro lado, ha dicho que es preciso hacer una excepción con los sindicatos, pues son una organización obrera. Mas eso es justo sólo hasta cierto punto. También en los sindicatos hay elementos muy atrasados. Una parte de la pequeña burguesía proletarizada, los obreros atrasados y los pequeños campesinos, todos esos elementos piensan, efectivamente, que en el parlamento están representados sus intereses; hay que luchar contra eso actuando en el parlamento y mostrando con hechos la verdad a las masas. A las masas atrasadas no se las puede convencer con la teoría: necesitan la experiencia.

Lo hemos visto también en Rusia. Nos vimos obligados a convocar la Asamblea Constituyente, después ya de haber triunfado el proletariado, para demostrar al obrero atrasado que a través de ella no conseguiría nada. Para comparar una y otra experiencia tuvimos que contraponer concretamente los sóviets a la Constituyente y presentarle los sóviets como la única salida.

El camarada Souchy, que es sindicalista revolucionario, ha defendido las mismas teorías, pero la lógica no está de su parte. Ha dicho que no es marxista y, por ello, se comprende que ocurra eso. Pero si usted, camarada Bordiga, afirma que es marxista, se le puede exigir más lógica. Hay que saber cómo se puede destruir el parlamento. Si puede usted hacerlo por medio de una insurrección armada en todos los países, eso estará muy bien. Usted sabe que nosotros hemos demostrado en Rusia, no sólo en teoría, sino también en la práctica, nuestra voluntad de destruir el parlamento burgués. Sin embargo, ha perdido de vista que eso es imposible sin una preparación bastante larga y que en la mayoría de los países no es posible todavía destruir de un solo golpe el parlamento. Nos vemos obligados a librar la lucha en el parlamento para destruir el parlamento. Usted sustituye con su voluntad revolucionaria las condiciones que determinan la línea política de todas las clases de la sociedad contemporánea y, por eso, olvida que nosotros, para destruir el parlamento burgués en Rusia, tuvimos primero que convocar la Asamblea Constituyente incluso después de nuestra victoria. Usted ha dicho: “Es cierto que la revolución rusa es un ejemplo que no corresponde a las condiciones de Europa Occidental”. Pero no ha aducido ni un solo argumento de peso para demostrarlo. Nosotros pasamos por el período de la democracia burguesa. Pasamos por él rápidamente en unos momentos en que nos veíamos obligados a hacer agitación en favor de las elecciones a la Asamblea Constituyente. Y más tarde, cuando la clase obrera tuvo ya posibilidad de tomar el poder, los campesinos siguieron creyendo aún en la necesidad del parlamento burgués.

Tomando en consideración a estos elementos atrasados, tuvimos que convocar las elecciones y mostrar a las masas con un ejemplo, con hechos, que aquella Asamblea Constituyente, elegida durante la mayor indigencia general, no expresaba los anhelos y las demandas de las clases explotadas. Con ello, el conflicto entre el poder soviético y el poder burgués estuvo completamente claro no sólo para nosotros, para la vanguardia de la clase obrera, sino también para la inmensa mayoría del campesinado, para los empleados modestos, la pequeña burguesía, etc. En todos los países capitalistas existen elementos atrasados de la clase obrera que están convencidos de que el parlamento es el representante auténtico del pueblo y no ven que en él se emplean medios sucios. Se dice que el parlamento es un instrumento del que se vale la burguesía para engañar a las masas. Pero este argumento debe volverse contra vosotros y se vuelve contra vuestras tesis. ¿Cómo ponéis al desnudo ante las masas verdaderamente atrasadas y engañadas por la burguesía el verdadero carácter del parlamento? Si no entráis en él, ¿cómo vais a denunciar una u otra maniobra parlamentaria, la posición de este o aquel partido, si estáis fuera del parlamento? Si sois marxistas, deberéis reconocer que las relaciones entre las clases en la sociedad capitalista y las relaciones entre los partidos están estrechamente vinculadas. ¿Cómo, repito, demostraréis todo eso si no sois miembros del parlamento, si renunciáis a la labor parlamentaria? La historia de la revolución rusa ha mostrado claramente que habría sido imposible convencer con ningún argumento a las grandes masas de la clase obrera, del campesinado y de los empleados modestos si ellas mismas no se hubiesen convencido por propia experiencia.

Se ha dicho aquí que perdemos mucho tiempo participando en la lucha parlamentaria. ¿Es posible imaginarse una institución en la que todas las clases participen en la misma medida que en el parlamento? Eso no se puede crear artificialmente. Si todas las clases tienden a participar en la lucha parlamentaria es porque los intereses y los conflictos de clase se ven reflejados en el parlamento. Si fuera posible organizar de una vez en todas partes, pongamos por caso, una huelga general decisiva para derrocar de golpe el capitalismo, la revolución se habría producido ya en distintos países. Pero hay que contar con los hechos, y el parlamento es una palestra de la lucha de clases. El camarada Bordiga y quienes comparten sus puntos de vista deben decir la verdad a las masas. Alemania es el mejor ejemplo de que la minoría comunista en el parlamento es posible, y por eso deberíais haber dicho francamente a las masas: somos demasiado débiles para crear un partido con una organización fuerte. Esa hubiera sido la verdad que debería haberse dicho. Pero si hubieseis confesado esa debilidad vuestra a las masas, se habrían convertido no en adeptos vuestros, sino en vuestros adversarios, en partidarios del parlamentarismo.

Si decís: “Camaradas obreros, somos tan débiles que no podemos crear un partido suficientemente disciplinado que sepa obligar a los diputados a someterse al partido”, los obreros os abandonarán, pues se dirán: “¿Cómo vamos a edificar la dictadura del proletariado con hombres tan débiles?”.

Sois muy ingenuos si pensáis que el día de la victoria del proletariado los intelectuales, la clase media y la pequeña burguesía se harán comunistas.

Si no tenéis esa ilusión, deberéis preparar desde ahora al proletariado para hacer triunfar su línea. En ningún dominio de la labor estatal encontraréis una excepción de esta regla. Al día siguiente de la revolución veréis por todas partes abogados oportunistas que se llamarán comunistas y pequeñoburgueses que no reconocerán ni la disciplina del Partido Comunista ni la disciplina del Estado proletario. Jamás prepararéis la dictadura del proletariado si no preparáis a los obreros para crear un partido verdaderamente disciplinado que obligue a todos sus miembros a someterse a su disciplina. Creo que por eso no queréis reconocer que precisamente la debilidad de muchísimos partidos comunistas nuevos es lo que les obliga a negar la labor parlamentaria. Estoy convencido de que la inmensa mayoría de los obreros auténticamente revolucionarios nos seguirá y se pronunciará contra vuestras tesis antiparlamentaristas.

Publicado íntegramente en 1921, en el libro II Congreso de la Internacional Comunista. Actas taquigráficas. Petrogrado.

Discurso acerca del ingreso en el Partido Laborista británico

(6 de agosto)

Camaradas:

El camarada Gallacher ha comenzado su discurso lamentándose de que tengamos que escuchar aquí por centésima y milésima vez frases que el camarada McLaine y otros camaradas ingleses han repetido ya miles de veces en discursos, periódicos y revistas. Yo creo que no hay por qué lamentarse de ello. El método de la vieja Internacional consistía en dejar la solución de semejantes problemas al juicio de los partidos de los países interesados. Eso era profundamente erróneo. Es muy posible que no conozcamos por completo las condiciones existentes en uno u otro partido, pero en este caso se trata de fundamentar de acuerdo con los principios la táctica del Partido Comunista. Esto es muy importante, y en nombre de la Tercera Internacional debemos exponer claramente aquí el punto de vista comunista.

Antes de nada, quisiera señalar una pequeña inexactitud cometida por el camarada McLaine con la que es imposible estar de acuerdo. El califica al Partido Laborista de organización política del movimiento tradeunionista. Después ha repetido lo mismo una vez más: el Partido Laborista “es la expresión política del movimiento sindical”. He encontrado tal opinión más de una vez en el periódico del Partido Socialista Británico. Eso no es exacto y suscita en parte la oposición, en cierto grado completamente justa, de los obreros revolucionarios ingleses. En efecto, los conceptos “organización política del movimiento sindical” o “expresión política” de este movimiento son equivocados. Cierto que el Partido Laborista está compuesto de obreros en su mayor parte. Ahora bien, el que un partido sea o no verdaderamente un partido político obrero no depende sólo de que esté integrado por obreros, sino también de quién lo dirige y de cuál es el contenido de sus acciones y de su táctica política. Únicamente esto último es lo que determina si nos encontramos ante un verdadero partido político del proletariado. Desde este punto de vista, el único correcto, el Partido Laborista es un partido burgués hasta la médula, pues aunque está compuesto de obreros, lo dirigen reaccionarios, los peores reaccionarios, que actúan por entero en el espíritu de la burguesía; es una organización de la burguesía, que existe para engañar sistemáticamente a los obreros con ayuda de los Noske y los Scheidemann ingleses.

Pero nos encontramos ante otro punto de vista, defendido por los camaradas Sylvia Pankhurst y Gallacher y que expresa su opinión sobre este problema. ¿Cuál es el fondo de los discursos de Gallacher y de muchos de sus amigos? Nos dicen: no estamos vinculados suficientemente a las masas, pero tomad el Partido Socialista Británico y veréis que, hasta ahora, su ligazón con las masas es todavía peor, es muy débil. Y el camarada Gallacher nos ha relatado aquí cómo él y sus compañeros han organizado de manera verdaderamente magistral el movimiento revolucionario en Glasgow, en Escocia; cómo maniobraron muy bien tácticamente durante la guerra y con qué habilidad apoyaron a los pacifistas pequeñoburgueses Ramsay MacDonald y Snowden, cuando llegaron a Glasgow, para, por medio de ese apoyo, organizar un gran movimiento de masas contra la guerra.

Nuestro objetivo consiste precisamente en incorporar a un Partido Comunista dotado de una verdadera táctica comunista, es decir, marxista, ese excelente movimiento revolucionario nuevo representado por el camarada Gallacher y sus amigos. En esto consiste hoy nuestra tarea. De un lado, el Partido Socialista Británico es demasiado débil y no sabe efectuar como es debido agitación entre las masas; de otro lado, tenemos jóvenes elementos revolucionarios, tan bien representados aquí por el camarada Gallacher, que, aun teniendo ligazón con las masas, no son un partido político —siendo, en este sentido, más débiles aún que el Partido Socialista Británico— y no saben en absoluto organizar su labor política. En tal situación, debemos expresar con toda franqueza nuestro criterio acerca de la táctica correcta. Cuando el camarada Gallacher, al hablar del Partido Socialista Británico, decía que es “irremediablemente reformista” (hopelessly reformist), exageraba, sin duda. Mas el sentido y el contenido generales de todas las resoluciones que hemos aprobado aquí muestran con precisión absoluta que exigimos un cambio de táctica del Partido Socialista Británico en ese espíritu, y la única táctica acertada de los amigos de Gallacher deberá consistir en ingresar sin demora en el Partido Comunista con el fin de modificar la táctica de éste en el espíritu de las resoluciones aprobadas aquí. Si tenéis tantos adeptos que podéis organizar en Glasgow asambleas populares de masas, no os será difícil atraer al partido a más de diez mil personas.

El último congreso del Partido Socialista Británico, celebrado en Londres hace tres o cuatro días, ha acordado denominarse en lo sucesivo Partido Comunista, y ha incluido en su programa un punto acerca de la participación en las elecciones al parlamento y del ingreso en el Partido Laborista. En el congreso han estado representados diez mil miembros organizados. Por ello, a los camaradas escoceses no les sería nada difícil incorporar a este “Partido Comunista de Gran Bretaña” a más de diez mil obreros revolucionarios, que dominan mejor el arte del trabajo entre las masas, y, de este modo, modificar la vieja táctica del Partido Socialista Británico en el espíritu de una agitación más afortunada, en el espíritu de una acción más revolucionaria. La camarada Sylvia Pankhurst ha indicado varias veces en la Comisión que en Inglaterra hacen falta “izquierdistas”. Yo he contestado, como es natural, que eso es completamente cierto, pero que no hay que exagerar la nota del “izquierdismo”. Ella ha dicho, además, que “somos los mejores pioneros, pero, por ahora, lo que más hacemos es meter ruido” (noisy). Yo no entiendo estas palabras en el mal sentido, sino en el bueno, en el sentido de que lo que mejor hacen es agitación revolucionaria. Nosotros apreciamos eso y debemos apreciarlo. Lo hemos expresado en todas nuestras resoluciones, pues subrayamos siempre que podemos considerar obrero a un partido en el caso, y sólo en el caso, de que esté verdaderamente vinculado a las masas y luche contra los viejos líderes, podridos hasta la médula, tanto contra los que forman en el flanco derecho de los chovinistas como contra los que ocupan una situación intermedia, a semejanza de los independientes derechistas en Alemania. En todas nuestras resoluciones hemos afirmado y repetido esto más de diez veces, y esto significa precisamente que exigimos la transformación del viejo partido en el sentido de que tenga una ligazón más estrecha con las masas.

Sylvia Pankhurst ha preguntado también: “¿Es admisible el ingreso del Partido Comunista en otro partido político que forma parte, a su vez, de la Segunda Internacional?”. Y ha contestado que esto es imposible. Hay que tener en cuenta que el Partido Laborista británico se encuentra en unas condiciones muy peculiares: es un partido muy original o, dicho más exactamente, no es en general un partido en el sentido usual de esta palabra. Está compuesto de los miembros de todas las organizaciones sindicales, tiene en la actualidad cerca de cuatro millones de afiliados y concede bastante libertad a todos los partidos políticos que lo integran. Por tanto, pertenecen a él una masa inmensa de obreros ingleses, que van a remolque de los peores elementos burgueses, de socialtraidores peores aún que Scheidemann, Noske y demás señores semejantes. Mas, a la par, el Partido Laborista permite que el Partido Socialista Británico forme en sus filas y tenga sus órganos de prensa, en los cuales los militantes de ese mismo Partido Laborista pueden declarar libre y francamente que los jefes del partido son socialtraidores. El camarada McLaine ha citado con exactitud declaraciones de este tipo del Partido Socialista Británico. También yo puedo testimoniar haber leído en el periódico del Partido Socialista Británico, The Call, que los jefes del Partido Laborista son socialpatriotas y socialtraidores. Esto significa que un partido integrante del Partido Laborista tiene la posibilidad no sólo de criticar duramente a los viejos líderes, sino de citar pública y concretamente sus nombres, diciendo que son socialtraidores. Es una situación muy original, en la que un partido, que agrupa a ingentes masas obreras como si fuera un partido político, se ve, no obstante, obligado a conceder plena libertad a sus miembros. El camarada McLaine ha señalado aquí que, en el congreso del Partido Laborista, los Scheidemann de aquel país se vieron obligados a plantear abiertamente el problema de la adhesión a la Tercera Internacional y que todas las organizaciones y secciones locales de dicho partido tuvieron que discutir esta cuestión. En tales condiciones sería erróneo no ingresar en este partido.

La camarada Pankhurst me ha dicho en una conversación particular: “Si somos verdaderos revolucionarios e ingresamos en el Partido Laborista, esos señores nos expulsarán”. Pero eso no tendría nada de malo. En nuestra resolución se dice que somos partidarios del ingreso por cuanto el Partido Laborista concede bastante libertad de crítica. En este punto somos consecuentes hasta el fin. El camarada McLaine ha destacado, además, que en Inglaterra se han creado ahora condiciones tan específicas que un partido político, si lo desea, podrá seguir siendo un partido obrero revolucionario, a pesar de que estará vinculado a una organización original obrera de cuatro millones, medio sindical y medio política, dirigida por líderes burgueses. En tales condiciones sería el mayor error por parte de los mejores elementos revolucionarios no hacer todo lo posible para seguir en ese partido. Que los señores Thomas y demás socialtraidores, como los llamáis vosotros, os expulsen. Eso producirá un efecto formidable en las masas de obreros ingleses.

Los camaradas subrayan que la aristocracia obrera es en Inglaterra más fuerte que en cualquier otro país. Así es, en efecto. No en vano tiene allí a sus espaldas no decenios, sino siglos. Allí, la burguesía, que cuenta en su haber con muchísima más experiencia —experiencia democrática—, ha sabido sobornar a los obreros y crear entre ellos un gran sector que en Inglaterra es mayor que en otros países, pero no tan grande si se compara con las amplias masas obreras. Este sector está impregnado hasta los huesos de prejuicios burgueses y sigue una política reformista burguesa bien definida. Por ejemplo, en Irlanda hay doscientos mil soldados ingleses que aplastan a los irlandeses con horrible terror. Los socialistas ingleses no hacen propaganda revolucionaria entre ellos. Sin embargo, en nuestras resoluciones hemos señalado con claridad que reconocemos como miembro de la Internacional Comunista únicamente a los partidos ingleses que hacen propaganda revolucionaria de verdad entre los obreros y los soldados ingleses. Subrayo que ni aquí ni en las comisiones se ha hecho la menor objeción contra esto.

Los camaradas Gallacher y Sylvia Pankhurst no pueden negarlo. No están en condiciones de desmentir que el Partido Socialista Británico, permaneciendo en las filas del Partido Laborista, goza de libertad suficiente para escribir que tales y tales líderes del Partido Laborista son unos traidores; que estos viejos líderes representan los intereses de la burguesía; que son agentes de la burguesía en el movimiento obrero: esto es absolutamente cierto. Cuando los comunistas gozan de tal libertad, tienen el deber —si quieren tomar en consideración la experiencia de los revolucionarios de todos los países, y no sólo de la revolución rusa, pues aquí no nos encontramos en un congreso ruso, sino en un congreso internacional—, tienen el deber de ingresar en el Partido Laborista. El camarada Gallacher ha ironizado, diciendo que en este caso hemos caído bajo la influencia del Partido Socialista Británico. No, nos hemos convencido de ello gracias a la experiencia de todas las revoluciones en todos los países. Pensamos que debemos decir esto a las masas. El Partido Comunista Inglés debe conservar la necesaria libertad para denunciar y criticar a los traidores de los obreros, que en Inglaterra son muchísimo más fuertes que en otros países. No es difícil comprenderlo. Es equivocada la afirmación del camarada Gallacher de que, al pronunciarnos a favor del ingreso en el Partido Laborista, apartaremos de nosotros a los mejores elementos del proletariado inglés. Debemos probarlo en la práctica. Estamos seguros de que todos los acuerdos y resoluciones que ha de adoptar nuestro congreso serán publicados en los periódicos socialistas revolucionarios ingleses y que todas las organizaciones y secciones locales tendrán la posibilidad de discutirlos. Todo el contenido de nuestras resoluciones proclama con la mayor claridad que somos los representantes de la táctica revolucionaria de la clase obrera en todos los países y que nuestro objetivo es luchar contra el viejo reformismo y el oportunismo. Los acontecimientos muestran que nuestra táctica vence, efectivamente, al viejo reformismo. Y, entonces, los mejores elementos revolucionarios de la clase obrera, descontentos por la lenta marcha del proceso revolucionario, que en Inglaterra será, quizá, más lenta aún que en otros países, vendrán a nosotros. El lento desarrollo es debido a que la burguesía inglesa tiene la posibilidad de crear mejores condiciones para la aristocracia obrera, retardando con ello el movimiento revolucionario en Inglaterra. Por eso, los camaradas ingleses deben tender no sólo a radicalizar a las masas, cosa que hacen magníficamente (como ha demostrado el camarada Gallacher), sino, al mismo tiempo, a crear un verdadero partido político de la clase obrera. Ni el camarada Gallacher ni Sylvia Pankhurst, que han hablado aquí, pertenecen aún al Partido Comunista revolucionario. Una organización proletaria tan excelente como Shop Stewards no pertenece todavía a un partido político. Si os organizáis políticamente, veréis que nuestra táctica se basa en el desarrollo político, correctamente comprendido, de los últimos decenios y que sólo puede crearse un verdadero partido revolucionario cuando absorbe a los mejores elementos de la clase revolucionaria y utiliza todas las posibilidades para luchar contra los líderes reaccionarios allí donde aparecen.

Si el Partido Comunista Inglés empieza por actuar revolucionariamente en el seno del Partido Laborista y si los señores Henderson se ven obligados a expulsarlo del mismo, eso constituirá una gran victoria del movimiento obrero comunista y revolucionario en Inglaterra.

Publicado íntegramente en 1921, en el libro II Congreso de la Internacional Comunista. Actas taquigráficas. Petrogrado.

III Congreso de la Internacional Comunista

Del 22 de junio al 12 de julio de 1921

Discurso sobre la cuestión italiana

(28 de junio)

Camaradas:

Quisiera responder, principalmente, al camarada Lazzari. Ha dicho: “Citad hechos concretos y no palabras”. Admirable. Pero si seguimos el desarrollo de la tendencia reformista oportunista en Italia, ¿qué será eso: palabras o hechos? En vuestros discursos y en toda vuestra política perdéis de vista una circunstancia muy significativa para el movimiento socialista de Italia: que no sólo esta tendencia, sino también el grupo oportunista reformista existen desde hace ya mucho. Recuerdo aún muy bien los tiempos en que Bernstein inició su propaganda oportunista, que terminó en el socialpatriotismo, en la traición y en la bancarrota de la Segunda Internacional. Conocemos a Turati ya desde entonces, no sólo de nombre, sino por su propaganda en el partido italiano y en el movimiento obrero italiano, del que ha sido desorganizador durante los veinte años transcurridos desde entonces. La falta de tiempo me impide estudiar a fondo los materiales referentes al partido italiano, pero considero que uno de los documentos más importantes es la reseña de la Conferencia de Turati y de sus amigos en ReggioEmilia aparecida en un periódico burgués italiano: no recuerdo ya si en Stampa o en Corriere della Sera. La he comparado con lo publicado en Avanti!. ¿No es eso una prueba suficiente? Después del II Congreso de la Internacional Comunista, en una discusión con Serrati y sus amigos, les dijimos franca y exactamente cuál era, según nuestro convencimiento, la situación. Les declaramos que el partido italiano no podrá hacerse comunista mientras tolere en sus filas a hombres como Turati.

¿Qué es eso: hechos políticos o, de nuevo, sólo palabras? Y cuando nosotros, después del II Congreso de la Internacional Comunista, dijimos abiertamente al proletariado italiano: “No os unáis con los reformistas, con Turati”; y cuando Serrati empezó a publicar en la prensa italiana una serie de artículos contra la Internacional Comunista y celebró una conferencia particular de reformistas, ¿es que todo eso son palabras? Eso fue más que la escisión, eso fue ya la formación de un nuevo partido. Habría que estar ciego para no verlo. Ese documento tiene una importancia decisiva para esta cuestión. Todos los que han participado en la Conferencia de ReggioEmilia deben ser expulsados del partido: son mencheviques, no rusos, sino mencheviques italianos. Lazzari ha dicho: “Conocemos la sicología del pueblo italiano”. Yo personalmente no me atrevería a afirmar lo mismo respecto al pueblo ruso, pero eso no tiene importancia. “Los socialistas italianos comprenden bien el espíritu del pueblo italiano”, ha dicho Lazzari. Es posible, no lo discuto. Pero no conocen el menchevismo italiano, si tenemos en cuenta los datos concretos y la obstinada falta de deseo de desarraigarlo. Nos vemos obligados a decir: por triste que ello sea, hay que ratificar la resolución de nuestro Comité Ejecutivo. No puede pertenecer a la Internacional Comunista un partido que tolera en sus filas a oportunistas y reformistas del tipo de Turati.

“¿Por qué cambiar el nombre del partido? —pregunta el camarada Lazzari—. Es plenamente satisfactorio”. Pero nosotros no podemos compartir semejante opinión. Conocemos la historia de la Segunda Internacional, su caída y su bancarrota. ¿Es que desconocemos la historia del partido alemán? ¿Y acaso no sabemos que la mayor desgracia del movimiento obrero en Alemania consiste en que no llevó a cabo la ruptura ya antes de la guerra? Eso ha costado la vida a 20.000 obreros, entregados por los adeptos de Scheidemann y los centristas al Gobierno alemán a consecuencia de su polémica y de las quejas contra los comunistas alemanes.

¿Y es que no vemos ahora ese mismo cuadro en Italia? El partido italiano jamás ha sido auténticamente revolucionario. Su mayor desgracia está en que no rompió con los mencheviques y los reformistas ya antes de la guerra y en que los últimos siguieron en el partido. El camarada Lazzari dice: “Reconocemos por entero la necesidad de romper con los reformistas; la única divergencia consiste únicamente en que no consideramos preciso hacerlo en el Congreso de Livorno”.

Pero los hechos demuestran otra cosa. No es la primera vez que examinamos la cuestión del reformismo italiano. El año pasado, discutiendo sobre esto con el camarada Serrati, le preguntamos: “Perdónenos, pero ¿por qué no se puede producir ahora la escisión en el partido italiano, por qué debe ser aplazada?”. ¿Qué nos contestó a esto Serrati? Nada. Y al citar un artículo de Frossard, en el que se dice que “es preciso ser hábil e inteligente”, el camarada Lazzari ve en eso, al parecer, un argumento en su favor y en contra de nosotros. Creo que se equivoca. Al revés, es un magnífico argumento en nuestro favor y en contra del camarada Lazzari. Cuando tenga que explicar a los obreros italianos su proceder y su retirada, ¿qué dirán estos últimos? Si reconocen que nuestra táctica es inteligente y hábil en comparación con los zigzags de la imaginaria izquierda comunista —esa izquierda que no siempre es ni siquiera simplemente comunista y que se asemeja con mucha más frecuencia al anarquismo—, ¿qué les responderá?

¿Qué significan todos los cuentos de Serrati y su partido de que los rusos sólo quieren que se les imite? Nosotros pedimos precisamente lo contrario. No basta con saberse de memoria las resoluciones comunistas y emplear a cada paso giros revolucionarios. Eso es poco, y estamos de antemano en contra de los comunistas que se saben de memoria una u otra resolución. La primera condición del verdadero comunismo es romper con el oportunismo. Con los comunistas que suscriban esto hablaremos con plena libertad y franqueza y les diremos con todo derecho y valentía: “No hagáis ninguna tontería; sed inteligentes y hábiles”. Pero hablaremos así sólo con los comunistas que hayan roto con los oportunistas, cosa que no se puede decir todavía de vosotros. Y por eso repito: espero que el Congreso ratificará la resolución del Comité Ejecutivo. El camarada Lazzari ha dicho: “Nos encontramos en un período preparatorio”. Es la pura verdad. Os encontráis en un período preparatorio. La primera etapa de este período es el rompimiento con los mencheviques, semejante al que realizamos nosotros en 1903 con nuestros mencheviques. Y a consecuencia de que el partido alemán no rompiera con los mencheviques, viene sufriendo toda la clase obrera alemana durante el largo y penoso período de posguerra en la historia de la revolución alemana.

El camarada Lazzari dice que el partido italiano está viviendo un período preparatorio. Lo acepto plenamente. Y la primera etapa es el rompimiento serio, definitivo, inequívoco y decidido con el reformismo. Entonces, las masas estarán por entero a favor del comunismo. La segunda etapa no consistirá de ningún modo en repetir consignas revolucionarias. Consistirá en aceptar nuestras resoluciones inteligentes y hábiles, que serán siempre así y que repetirán siempre: los principios revolucionarios fundamentales deben ser adaptados a las peculiaridades de los distintos países.

La revolución en Italia transcurrirá de una manera diferente que en Rusia. Empezará de otro modo. ¿Cuál exactamente? Ni vosotros ni nosotros lo sabemos. Los comunistas italianos no siempre son comunistas en grado suficiente. ¿Hubo un comunista, por lo menos, que durante la ocupación de las fábricas en Italia diera pruebas de lo que es capaz? No, el comunismo no existía entonces todavía en Italia; se puede hablar de cierto anarquismo, pero en modo alguno de comunismo marxista. Este último debe ser aún creado, inculcado en las masas obreras mediante la experiencia de la lucha revolucionaria. Y el primer paso en ese camino es el rompimiento definitivo con los mencheviques, que durante más de veinte años han colaborado y trabajado con el gobierno burgués. Es muy posible que Modigliani, al que tuve ocasión de observar un poco en las Conferencias de Zimmerwald y de Kienthal, sea un político lo bastante hábil para no entrar en un gobierno burgués y quedarse en el centro del Partido Socialista, donde puede rendir mucho más provecho a la burguesía. Pero toda la posición teórica, toda la propaganda, toda la agitación del grupo de Turati y sus amigos son ya una colaboración con la burguesía. ¿No ha quedado demostrado con las numerosas citas reproducidas en el discurso de Gennary? Sí, ese es el frente único que ha preparado ya Turati. Por eso, debo decir al camarada Lazzari: con discursos como los de usted y como el que ha pronunciado aquí el camarada Serrati no se prepara la revolución, sino que se desorganiza.

En Livorno teníais una mayoría considerable. Erais 98.000 votos contra 14.000 reformistas y 58.000 comunistas. Para el comienzo de un movimiento puramente comunista en un país como Italia, con sus conocidas tradiciones y sin suficiente preparación de la escisión, la cifra mencionada significa un gran éxito de los comunistas.

Es una gran victoria, una prueba patente que ilustra el hecho de que el movimiento obrero se desarrollará en Italia con mayor rapidez que nuestro movimiento en Rusia. Porque si conocéis las cifras referentes a nuestro movimiento, sabréis que en febrero de 1917, después de la caída del zarismo y durante la república burguesa, constituíamos aún la minoría con respecto a los mencheviques. Así fue después de quince años de lucha encarnizada y de escisiones. En nuestro país no alcanzó desarrollo el ala derecha, y eso no fue tan sencillo como pensáis al hablar de Rusia con tono despectivo. Es indudable que el desarrollo será en Italia completamente diferente. Después de quince años de lucha contra los mencheviques y después de la caída del zarismo, nosotros empezamos a trabajar con un número mucho menor de adeptos. Vosotros tenéis 58.000 obreros de espíritu comunista frente a 98.000 centristas unidos, que mantienen una posición indefinida. Es una demostración, es un hecho que debe convencer indefectiblemente a cuantos no quieran cerrar los ojos ante el movimiento de masas de los obreros italianos. Todo no llega de golpe. Pero esto es ya una prueba de que están con nosotros las masas obreras; no los viejos líderes, no los burócratas, no los profesores, no los periodistas, sino la clase verdaderamente explotada, la vanguardia de los explotados. Y eso es un exponente del burdo error que cometisteis en Livorno. Es un hecho. Disponíais de 98.000 votos, pero preferisteis marchar con 14.000 reformistas contra 58.000 comunistas. Aún en el caso de que esos comunistas no fueran verdaderos comunistas, de que fueran solamente partidarios de Bordiga —lo que no es cierto, pues Bordiga declaró con absoluta lealtad después del II Congreso que abjuraba de todo anarquismo y antiparlamentarismo—, aun en ese caso, deberíais haber marchado con ellos. ¿Y qué hicisteis? Preferisteis uniros con 14.000 reformistas y romper con 58.000 comunistas. Esa es la mejor demostración de que la política de Serrati ha sido una desgracia para Italia. Jamás hemos querido que Serrati imitara en Italia la revolución rusa. Eso sería estúpido. Tenemos la suficiente inteligencia y flexibilidad para eludir semejante estupidez. Pero Serrati ha demostrado que no tenía razón en su política en Italia. Quizá debiera haber maniobrado. Esa es la expresión que repitió aquí con mayor frecuencia hace un año. Dijo: “Sabemos maniobrar, no queremos una imitación servil. Eso sería una idiotez. Deberemos maniobrar para suscitar la separación del oportunismo.

Vosotros, los rusos, no sabéis hacer eso. Nosotros, los italianos, somos más capaces en este aspecto. Ya lo veremos”. ¿Y qué hemos visto? Serrati ha maniobrado admirablemente. Ha roto con 58.000 comunistas. Y ahora, los camaradas vienen aquí y dicen: “Si nos rechazáis, las masas se harán un lío”. No, camaradas, os equivocáis. Las masas obreras de Italia están hechas un lío ahora y les será provechoso que les digamos: “Elegid, camaradas; elegid, obreros italianos, entre la Internacional Comunista, que jamás exigirá que imitéis servilmente a los rusos, y los mencheviques, que conocemos desde hace veinte años y que nunca toleraremos como vecinos en una Internacional Comunista auténticamente revolucionaria”. Eso es lo que diremos a los obreros italianos. El resultado es indudable. Las masas obreras nos seguirán.

Publicado íntegramente el 4 de julio de 1921, en el n° 8 del Boletín del III Congreso de la Internacional Comunista.

Discurso en defensa de la táctica de la Internacional Comunista

(1 de julio)

Camaradas:

Lamento mucho tener que limitarme a la autodefensa. Digo que lo lamento mucho porque, después de conocer el discurso del camarada Terracini y las enmiendas presentadas por tres delegaciones, siento gran deseo de pasar a la ofensiva, pues contra las opiniones defendidas por Terracini y estas tres delegaciones hacen falta, en realidad, acciones ofensivas. Si el Congreso no despliega una enérgica ofensiva contra estos errores, contra estas necedades “izquierdistas”, todo el movimiento estará condenado a perecer. Tal es mi profunda convicción. Pero nosotros somos marxistas organizados y disciplinados. No podemos conformarnos con discursos contra algunos camaradas. A los rusos estas frases izquierdistas nos causan ya náuseas. Somos hombres de organización. Al elaborar nuestros planes, debemos actuar organizadamente y esforzarnos por encontrar una línea certera. Naturalmente, para nadie es un secreto que nuestras tesis son un compromiso. Pero ¿por qué no ha de ser así? Entre los comunistas, que convocan ya el III Congreso y han establecido principios básicos bien definidos, los compromisos, en determinadas condiciones, son necesarios. Nuestras tesis, propuestas por la delegación rusa, han sido estudiadas y preparadas con la mayor meticulosidad tras largas reflexiones y deliberaciones con las diferentes delegaciones. Su finalidad es trazar la línea fundamental de la Internacional Comunista, y estas tesis son necesarias sobre todo ahora, después de que no sólo hemos condenado en el aspecto formal a los verdaderos centristas, sino que los hemos expulsado del partido. Tales son los hechos. Debo defender estas tesis. Y cuando ahora aparece Terracini diciendo que debemos proseguir la lucha contra los centristas, y luego expone cómo proponen librar esta lucha, yo digo que si estas enmiendas deben implicar una determinada tendencia, es necesario luchar sin piedad contra esa tendencia, porque, de lo contrario, no habrá comunismo ni Internacional Comunista. A mí me extraña que el Partido Comunista Obrero Alemán no haya suscrito estas enmiendas. Pues basta ver lo que defiende Terracini y lo que se dice en estas enmiendas. Comienzan así: “En la página primera, columna primera, renglón 19, hay que tachar: “La mayoría….” ¡La mayoría! ¡Esto es extraordinariamente peligroso! Y más adelante, en lugar de las palabras “tesis fundamentales”, hay que decir “objetivos”. Las tesis fundamentales y los objetivos son dos cosas distintas: en cuanto a los objetivos, estarán de acuerdo con nosotros hasta los anarquistas, porque también ellos son partidarios de abolir la explotación y las diferencias de clase.

En el transcurso de mi vida me he encontrado y he hablado con pocos anarquistas, pero los he visto bastante. A veces he conseguido ponerme de acuerdo con ellos en cuanto a los objetivos, pero jamás en cuanto a los principios. Los principios no son el objetivo, ni el programa, ni la táctica, ni la teoría. La táctica y la teoría no son los principios. ¿Qué nos diferencia de los anarquistas en el sentido de los principios? Los principios del comunismo consisten en el establecimiento de la dictadura del proletariado y en la aplicación de la coacción por el Estado durante el período de transición. Tales son los principios del comunismo, pero esto no es el objetivo. Y los camaradas que han hecho semejante propuesta han cometido un error.

En segundo lugar, allí se dice: “Hay que tachar la palabra “mayoría” “. Leamos todo el texto:

“El III Congreso de la Internacional Comunista emprende la revisión de las cuestiones de táctica en momentos en que en diversos países la situación objetiva se ha agudizado en el sentido revolucionario, y cuando se han organizado toda una serie de partidos comunistas de masas, que, por lo demás, en ninguna parte han tomado en sus manos la dirección efectiva de la mayoría de la clase obrera en su lucha revolucionaria real”.

Pues bien, quieren tachar la palabra “mayoría”. Si no podemos ponernos de acuerdo sobre cosas tan sencillas, no comprendo cómo podemos actuar juntos y conducir al proletariado hacia la victoria. Entonces no es de extrañar que tampoco podamos llegar a un acuerdo en cuanto a los principios. Mostradme un partido que haya conseguido ya la mayoría de la clase obrera. Terracini no ha pensado siquiera en citar un ejemplo. Semejante ejemplo no existe.

Así pues: en lugar de “principios”, poner la palabra “objetivos”, y tachar la palabra “mayoría”. ¡Muchas gracias! No iremos por ahí. Ni siquiera el partido alemán —uno de los mejores— cuenta con la mayoría de la clase obrera. Esto es un hecho. Nosotros, que tenemos por delante la lucha más dura, no tememos proclamar esta verdad; pero aquí hay tres delegaciones que quieren comenzar por lo que no es verdad, porque si el Congreso tachara la palabra “mayoría”, demostraría con ello que quiere lo que no es verdad. Esto es completamente claro.

Sigue después esta enmienda: “En la página 4, columna primera, renglón 10, las palabras “Carta abierta”, etc., “hay que tacharlas”. He oído hoy un discurso en el que se ha expresado el mismo pensamiento. Pero allí eso era completamente natural. Se trataba del discurso del camarada Hempel, miembro del Partido Comunista Obrero Alemán. Decía: “La Carta abierta” ha sido un acto de oportunismo”. Con infinito pesar y para mi mayor vergüenza, había escuchado ya semejante opinión en conversaciones particulares. Pero cuando en el Congreso, después de debates tan prolongados, se calificaba de oportunista la “Carta abierta”, ¡esto es un bochorno y un oprobio! Pues bien, aparece el camarada Terracini, en nombre de tres delegaciones, y pretende tachar las palabras “Carta abierta”. ¿Para qué, entonces, la lucha contra el Partido Comunista Obrero Alemán? La “Carta abierta” es un paso político ejemplar. Así está dicho en nuestras tesis. Y debemos defender sin falta este criterio. Esa carta es ejemplar como primer acto del método práctico de atraer a la mayoría de la clase obrera. Quien no comprenda que en Europa —donde casi todos los proletarios están organizados— debemos conquistar a la mayoría de la clase obrera, está perdido para el movimiento comunista, jamás aprenderá nada si en tres años de gran revolución aún no ha aprendido esto.

Terracini dice que en Rusia hemos vencido a pesar de que el partido era muy pequeño. Está descontento de que con respecto a Checoslovaquia se diga lo que se dice en las tesis. Hay aquí 27 enmiendas, y si se me ocurriese criticarlas, tendría que hablar no menos de tres horas, como lo han hecho algunos oradores… Aquí se ha dicho que el Partido Comunista tiene en Checoslovaquia de 300.000 a 400.000 afiliados, que es necesario atraer a la mayoría, crear una fuerza invencible y continuar conquistando nuevas masas obreras. Terracini ya está dispuesto a lanzarse al ataque y dice: Si el partido tiene ya 400.000 obreros, ¿para qué queremos más? ¡Tachar! Teme la palabra masas y quiere hacerla desaparecer. El camarada Terracini ha comprendido muy poco de la revolución rusa.

En Rusia éramos un partido pequeño, pero con nosotros estaba, además, la mayoría de los sóviets de diputados obreros y campesinos de todo el país.¿Es que vosotros tenéis eso? Con nosotros estaba casi la mitad del ejército, que contaba entonces, por lo menos, con diez millones de hombres. ¿Acaso a vosotros os sigue la mayoría del ejército? ¡Indicadme un solo país! Si estas opiniones del camarada Terracini son compartidas por tres delegaciones más, ¡entonces no todo marcha bien dentro de la Internacional! Entonces debemos decir: “¡Alto! ¡Lucha decidida! De lo contrario, perecerá la Internacional Comunista”.

Basándome en mi experiencia, debo decir, aunque ocupo una posición defensiva, que el objetivo y el principio de mi discurso es la defensa de la resolución y de las tesis propuestas por nuestra delegación. Naturalmente, sería pedantería afirmar que en ellas no se puede cambiar ni una letra. He tenido que leer no pocas resoluciones y sé muy bien que en cada renglón se podrían hacer excelentes enmiendas. Pero esto sería pedantería. Y si ahora, no obstante, afirmo que en el sentido político no se puede cambiar ni una letra, es porque las enmiendas presentan, como veo, un carácter político perfectamente definido, porque conducen a un camino nocivo y peligroso para la Internacional Comunista. Por eso, yo y todos nosotros, y la delegación rusa, debemos insistir en no cambiar en las tesis ni una letra. No sólo hemos condenado a nuestros elementos derechistas, sino que los hemos expulsado. Pero si la lucha contra los derechistas se convierte en un deporte, como lo hace Terracini, debemos decir: “¡Basta! ¡De lo contrario, el peligro será demasiado grave!”.

Terracini ha defendido la teoría de la lucha ofensiva. Las decantadas enmiendas proponen a este respecto una fórmula que ocupa dos o tres páginas. No hay necesidad de leerlas. Sabemos lo que allí está escrito. Terracini ha dicho con claridad cuál es el quid de la cuestión. Ha defendido la teoría de la ofensiva, hablando de “tendencias dinámicas” y del “tránsito de la pasividad a la actividad”. En Rusia tenemos ya bastante experiencia política de lucha contra los centristas. Hace ya quince años luchamos contra nuestros oportunistas y centristas, así como contra los mencheviques, y alcanzamos la victoria no sólo sobre los mencheviques, sino también sobre los semianarquistas.

Si no hubiésemos hecho esto, no habríamos podido mantener el poder en nuestras manos, no ya tres años y medio, sino ni siquiera tres semanas y media, y no habríamos podido convocar aquí congresos comunistas. Las “tendencias dinámicas” y el “tránsito de la pasividad a la actividad” no son sino frases que pusieron en juego contra nosotros los eseristas de izquierda. Ahora éstos se hallan en la cárcel, defendiendo allí los “objetivos del comunismo” y pensando en el “tránsito de la pasividad a la actividad”. No es posible argumentar como se argumenta en las enmiendas propuestas, porque en ellas no hay marxismo, ni experiencia política, ni argumentación. ¿Acaso en nuestras tesis hemos desarrollado la teoría general de la ofensiva revolucionaria? ¿Acaso Rádek o alguno de nosotros ha cometido semejante tontería? Hemos hablado de la teoría de la ofensiva con relación a un país y a un período bien determinados.

De nuestra lucha contra los mencheviques podemos citar casos demostrativos de que ya antes de la primera revolución había quienes dudaban de que el partido revolucionario debiera pasar a la ofensiva. Si en un socialdemócrata —entonces todos nos llamábamos así— surgían tales dudas, emprendíamos la lucha contra él y decíamos ‘que era un oportunista, que nada comprendía del marxismo ni de la dialéctica del partido revolucionario. ¿Acaso el partido puede discutir si es admisible o no, en general, la ofensiva revolucionaria? En nuestro país, para encontrar ejemplos así, debemos retornar a quince años atrás. Si aparece un centrista de ésos o un centrista embozado que ponga en tela de juicio la teoría de la ofensiva, es preciso expulsarlo inmediatamente. Este problema no puede ser motivo de discusión. Pero es una vergüenza y un oprobio que ahora, a los tres años de Internacional Comunista, discutamos aún acerca de las “tendencias dinámicas” y del “tránsito de la pasividad a la actividad”.

Nosotros no discutimos de esto con el camarada Rádek, que ha elaborado juntamente con nosotros estas tesis. Tal vez no haya sido acertado del todo iniciar en Alemania las divagaciones sobre la teoría de la ofensiva revolucionaria, cuando no estaba preparada una verdadera ofensiva. No obstante, el movimiento de marzo es un gran paso adelante, a pesar de los errores de sus dirigentes. Pero esto no quiere decir nada. Cientos de miles de obreros han luchado con heroísmo. Por mucho que haya sido el valor con que el Partido Comunista Obrero Alemán ha luchado contra la burguesía, debemos decir lo mismo que dijo el camarada Rádek en un artículo en la prensa rusa referente a Flülz. Si alguien, aunque sea anarquista, lucha heroicamente contra la burguesía, esto, claro está, es una gran cosa; pero si cientos de miles de hombres luchan contra la infame provocación de los socialtraidores y contra la burguesía, esto es un verdadero paso adelante.

Es muy importante tener una actitud crítica hacia los propios errores. Por ahí comenzamos nosotros. Si alguien, después de una lucha en la que han participado cientos de miles de personas, se pronuncia contra esta lucha y procede como Levi, es preciso expulsarlo. Y esto es lo que se ha hecho. Pero de aquí debemos sacar esta enseñanza: ¿Acaso hemos preparado la ofensiva? Sí, de la ofensiva se hablaba sólo en artículos de periódicos. Esta teoría, aplicada a la acción de marzo de 1921 en Alemania, ha sido, errónea —debemos reconocerlo—; pero, en general, la teoría de la ofensiva revolucionaria no es falsa, ni mucho menos.

Vencimos en Rusia, y además con gran facilidad, porque preparamos nuestra revolución durante la guerra imperialista. Esta fue la primera condición. En nuestro país estaban armados diez millones de obreros y campesinos y nuestra consigna era: paz inmediata a toda costa. Vencimos porque las grandes masas campesinas estaban animadas de un espíritu revolucionario contra los grandes terratenientes. Los socialistas revolucionarios, partidarios de la Segunda Internacional y de la Internacional Segunda y Media, eran en noviembre de 1917 un gran partido campesino. Exigían procedimientos revolucionarios, pero, como verdaderos héroes de la Segunda Internacional y de la Internacional Segunda y Media no tuvieron la suficiente valentía para actuar revolucionariamente. En agosto y septiembre de 1917 decíamos: “Teóricamente seguimos luchando contra los eseristas, pero prácticamente estamos dispuestos a adoptar su programa, porque sólo nosotros podemos aplicarlo”. Y como lo dijimos, lo hicimos. A los campesinos, que estaban contra nosotros en noviembre de 1917, después de nuestra victoria, y que enviaron una mayoría de socialistas revolucionarios a la Asamblea Constituyente, nos los ganamos, si no en unos días —como equivocadamente supuse y predije—, en todo caso en unas semanas. La diferencia no es grande. Indicadme un país en Europa donde podáis atraer a vuestro lado a la mayoría de los campesinos en unas cuantas semanas. ¿Acaso en Italia? Si se dice que vencimos en Rusia a pesar de que teníamos un partido pequeño, lo único que se demuestra con eso es que no se ha comprendido la revolución rusa y que no se comprende en absoluto cómo hay que preparar la revolución.

Nuestro primer paso fue la creación de un verdadero Partido Comunista para saber con quién hablábamos y en quién podíamos tener plena confianza. La consigna de los dos primeros congresos fue “¡Abajo los centristas!”. Si no rompemos en toda la línea y en todo el mundo con los centristas y semicentristas, que en Rusia llamamos mencheviques, no podemos aprender ni siquiera el abecé del comunismo. Nuestra primera tarea es crear un verdadero partido revolucionario y romper con los mencheviques. Pero esto no es más que el grado preparatorio. Estamos celebrando ya el III Congreso, y el camarada Terracini sigue insistiendo en que la tarea del grado preparatorio consiste en expulsar, perseguir y desenmascarar a los centristas y semicentristas. ¡Muy agradecido! Ya nos hemos ocupado bastante de eso. En el II Congreso dijimos ya que los centristas son nuestros enemigos. Pero hay que seguir adelante. La segunda fase consistirá en aprender a preparar la revolución después de organizarnos en partido. En muchos países ni siquiera hemos aprendido a hacernos con la dirección. Vencimos en Rusia porque tuvimos a nuestro lado no sólo la mayoría indudable de la clase obrera (en 1917, durante las elecciones, nos apoyó la aplastante mayoría de los obreros, en contra de los mencheviques), sino también porque se pasaron a nuestro lado la mitad del ejército, inmediatamente después de la conquista del poder por nosotros, y las nueve décimas partes de la masa campesina en unas cuantas semanas; vencimos porque adoptamos y pusimos en práctica, no nuestro programa agrario, sino el eserista. Nuestra victoria consistió precisamente en que aplicamos el programa eserista; por eso fue tan fácil esta victoria. ¿Acaso en vuestros países, en Occidente, cabe hacerse semejantes ilusiones? ¡Sería ridículo! ¡Comparad las condiciones económicas concretas, camarada Terracini y todos los que habéis suscrito la propuesta sobre las enmiendas! A pesar de que la mayoría se colocó con tanta rapidez a nuestro lado, fueron muy grandes las dificultades con que tropezamos después de la victoria. Sin embargo, nos abrimos paso porque no olvidábamos ni nuestros objetivos ni nuestros principios, y no consentimos la permanencia en nuestro partido de gentes que silenciaban los principios y hablaban de los objetivos, de las “tendencias dinámicas” y del “tránsito de la pasividad a la actividad”. Tal vez se nos acuse de que preferimos tener a estos señores en la cárcel. Pero de otro modo es imposible la dictadura. Debemos preparar la dictadura, mas esta preparación consiste en la lucha contra semejantes frases y semejantes enmiendas. En nuestras tesis se habla a cada paso de las masas. Pero, camaradas, es preciso comprender qué son las masas. Camaradas de la izquierda, el Partido Comunista Obrero Alemán abusa demasiado de esta palabra. Pero el camarada Terracini y todos los que han suscrito estas enmiendas tampoco saben lo que es preciso entender por la palabra masas.

Llevo hablando demasiado tiempo; por eso, sólo quisiera decir unas palabras sobre el concepto de masas. El concepto de masas es variable, según cambie el carácter de la lucha. Al comienzo de la lucha bastaban varios miles de verdaderos obreros revolucionarios para que se pudiese hablar de masas. Si el partido, además de llevar a la lucha a sus militantes, consigue poner en pie a los sin partido, esto es ya el comienzo de la conquista de las masas. Durante nuestras revoluciones hubo casos en que unos cuantos miles de obreros representaban la masa. En la historia de nuestro movimiento, en la historia de nuestra lucha contra los mencheviques, encontraréis muchos ejemplos en que bastaban en una ciudad unos miles de obreros para hacer evidente el carácter masivo del movimiento. Si unos miles de obreros sin partido que habitualmente llevan una vida apolítica y arrastran una existencia lamentable, que nunca han oído hablar de política, comienzan a actuar revolucionariamente, ya tenéis ante vosotros la masa. Si el movimiento se extiende y se intensifica, paulatinamente va transformándose en una verdadera revolución. Esto lo vimos en 1905 y en 1917, durante las tres revoluciones, y vosotros también tendréis aún ocasión de convenceros de ello. Cuando la revolución está ya suficientemente preparada, el concepto de “masas” es otro: unos cuantos miles de obreros no constituyen ya la masa. Esta palabra comienza a significar otra cosa distinta. El concepto de masas cambia en el sentido de que por él se entiende una mayoría, y además no sólo una simple mayoría de obreros, sino la mayoría de todos los explotados. Para un revolucionario es inadmisible otro modo de concebir esto; cualquier otro sentido de esta palabra sería incomprensible. Es posible que también un pequeño partido, el inglés o el norteamericano, por ejemplo, después de estudiar bien la marcha del desarrollo político y de conocer la vida y los hábitos de las masas sin partido, suscite en un momento favorable un movimiento revolucionario (el camarada Rádek, como un buen ejemplo, ha indicado la huelga de mineros). Si un partido así presenta en semejante momento sus propias consignas y logra que le sigan millones de obreros, ante vosotros tendréis un movimiento de masas. Yo no excluyo en absoluto que la revolución pueda ser iniciada también por un partido muy pequeño y llevada hasta la victoria. Pero es preciso conocer los métodos para ganarse a las masas. Para ello es necesario preparar a fondo la revolución. Pero vemos que hay camaradas que afirman: Hace falta renunciar inmediatamente a la exigencia de conquistar “grandes” masas. Es necesario luchar contra estos camaradas. En ningún país lograréis la victoria sin una preparación a fondo. Es suficiente un partido muy pequeño para conducir a las masas. En determinados momentos no hay necesidad de grandes organizaciones.

Mas para la victoria es preciso contar con las simpatías de las masas. No siempre es necesaria la mayoría absoluta; mas para la victoria, para mantener el poder, es necesaria no sólo la mayoría de la clase obrera —empleo aquí el término “clase obrera” en el sentido europeo occidental, es decir, en el sentido de proletariado industrial—, sino también la mayoría de la población rural explotada y trabajadora. ¿Habéis pensado en esto? ¿Vemos en el discurso de Terracini, aunque sólo sea, una insinuación de esta idea? En él sólo se habla de la “tendencia dinámica”, del “tránsito de la pasividad a la actividad”. ¿Se dice en él una palabra, por lo menos, sobre la cuestión del abastecimiento? Porque los obreros exigen alimentos, aunque pueden resistir muchas privaciones y pasar hambre, como lo hemos visto, hasta cierto grado, en Rusia. Por eso debemos atraer a nuestro lado no sólo a la mayoría de la clase obrera, sino también a la mayoría de la población rural trabajadora y explotada. ¿Habéis preparado esto? En casi ningún país.

Así, pues, repito: debo defender sin falta nuestras tesis y considero obligatoria, por mi parte, esta defensa. No sólo hemos condenado a los centristas, sino que los hemos expulsado del partido. Ahora debemos dirigirnos contra otra parte, que también consideramos peligrosa. Debemos decir a los camaradas la verdad en la forma más atenta (y en nuestras tesis se ha dicho con amabilidad y cortesía), de manera que nadie se sienta ofendido: hoy tenemos planteadas cuestiones más importantes que la de perseguir a los centristas. Basta de ocuparnos de este problema. Ya estamos un poco hartos de él. En lugar de esto, los camaradas deberían aprender a librar una verdadera lucha revolucionaria. Los obreros alemanes ya la han emprendido. Cientos de miles de proletarios de este país se han batido con heroísmo. Es necesario expulsar inmediatamente a todo el que se pronuncia contra esta lucha. Pero después de esto no hay que dedicarse a la simple palabrería, sino que es necesario comenzar inmediatamente a aprender, a aprender de los errores cometidos, la mejor manera de organizar la lucha, No debemos ocultar nuestros errores ante el enemigo. Quien tema esto, no es revolucionario. Por el contrario, si declaramos abiertamente a los obreros: “Sí, hemos cometido errores”, esto significará que en adelante no habrán de repetirse tales errores y que sabremos elegir mejor el momento. Y si durante la lucha se pasa a nuestro lado la mayoría de los trabajadores —no sólo la mayoría de los obreros, sino la mayoría de todos los explotados y oprimidos—, entonces venceremos de veras.

Publicado íntegramente el 8 de julio de 1921, en el n° 11 del Boletín del III Congreso de la Internacional Comunista”.

Informe sobre la táctica del Partido Comunista de Rusia

(5 de julio)

Camaradas:

A decir verdad, no me ha sido posible prepararme como es debido para este informe. Todo lo que he podido preparar de un modo sistemático es la traducción de mi folleto sobre el impuesto en especie y las tesis relativas a la táctica del Partido Comunista de Rusia. A este material deseo únicamente agregar algunas aclaraciones y observaciones.

Para exponer los fundamentos de la táctica de nuestro partido es preciso, a mi juicio, comenzar esclareciendo la situación internacional. Hemos analizado ya con prolijidad la situación económica del capitalismo a escala internacional, y el Congreso ha adoptado sobre el particular las resoluciones pertinentes. En mis tesis trato esta cuestión en forma muy somera y exclusivamente desde el punto de vista político. No toco los fundamentos económicos, pero creo que, en el examen de la situación internacional de nuestra república desde el punto de vista político, debe tomarse en consideración el hecho de que ahora se ha establecido sin duda un cierto equilibrio de las fuerzas que venían librando entre sí una lucha abierta, con las armas en la mano, por el dominio de una u otra clase dirigente: un equilibrio entre la sociedad burguesa, la burguesía internacional en su conjunto, por una parte, y la Rusia Soviética, por otra. Pero, desde luego, se puede hablar de equilibrio únicamente en un sentido restringido. Sólo en relación con esta lucha militar yo afirmo que ha sobrevenido un cierto equilibrio en la situación internacional. Lógicamente es necesario subrayar que no se trata sino de un equilibrio relativo, de un equilibrio muy inestable. En los Estados capitalistas se ha acumulado mucho material inflamable, igual que en los países que hasta hoy eran considerados sólo como objetos y no como sujetos de la historia, es decir, en las colonias y semicolonias; es perfectamente posible, pues, que en estos países estallen tarde o temprano, y de un modo imprevisto, insurrecciones, grandes combates y revoluciones. En los últimos años hemos asistido a una contienda abierta de la burguesía internacional contra la primera república proletaria. Toda la situación política mundial ha venido girando en torno a esta contienda, y justamente aquí se ha producido ahora el cambio. Como no se ha logrado el intento de la burguesía internacional de asfixiar nuestra república, ha surgido el equilibrio, muy inestable, claro está.

Naturalmente, comprendemos bien que la burguesía internacional es en estos momentos mucho más fuerte que nuestra república y, que sólo un conjunto particular de circunstancias le impide proseguir la guerra contra nosotros. En las últimas semanas hemos podido ya observar en el Extremo Oriente nuevas tentativas de reanudar la invasión, y es indudable que han de repetirse tentativas de este género. A este respecto en nuestro partido no abrigamos dudas. Para nosotros es importante dejar sentado que existe un equilibrio inestable y que debemos aprovechar esta tregua, tomando en consideración los rasgos característicos de la situación presente, ajustando nuestra táctica a las peculiaridades de esta situación y no olvidando ni un instante que puede volver a surgir de súbito la necesidad de una lucha armada. La organización del Ejército Rojo y su fortalecimiento siguen siendo una de nuestras tareas. Igualmente por lo que atañe al problema del abastecimiento debemos continuar pensando, en primer término, en nuestro Ejército Rojo. En la presente situación internacional, cuando aún debemos esperar nuevas agresiones y nuevos intentos de invasión de la burguesía mundial, no podemos seguir otro camino. En cuanto a nuestra política práctica, el hecho de que en la situación internacional haya sobrevenido un cierto equilibrio reviste alguna significación, mas sólo en el sentido de que debemos reconocer que, en rigor, el movimiento revolucionario ha hecho progresos, pero el desarrollo de la revolución internacional no ha seguido este año una trayectoria tan rectilínea como esperábamos.

Cuando en su tiempo iniciamos la revolución internacional no lo hicimos persuadidos de que podíamos adelantarnos a su desarrollo, sino porque toda una serie de circunstancias nos impulsaron a comenzarla. Nosotros pensábamos: o la revolución internacional acude en nuestra ayuda, y entonces tenemos plenamente garantizadas nuestras victorias, o llevaremos a cabo nuestra modesta labor revolucionaria con la convicción de que, en caso de derrota, y pese a todo, serviremos a la causa de la revolución y nuestra experiencia será útil para otras revoluciones. Estaba claro para nosotros que la victoria de la revolución proletaria era imposible sin el apoyo de la revolución mundial. Ya antes de la revolución, y después de ella, pensábamos: o estalla la revolución inmediatamente —o por lo menos muy pronto— en los demás países, más desarrollados en el sentido capitalista, o bien, en caso contrario, tenemos que sucumbir. A pesar de este convencimiento, hicimos todo lo posible para mantener en todas las circunstancias y a todo trance el sistema soviético, porque sabíamos que no sólo laborábamos para nosotros mismos, sino también para la revolución internacional. Lo sabíamos, habíamos expresado reiteradas veces esta convicción antes de la Revolución de Octubre, igual que inmediatamente después de ella y cuando firmamos la paz de Brest Litovsk. Y hablando en términos generales, esto era justo.

Pero, en realidad, el movimiento no ha seguido un camino tan recto como esperábamos. La revolución no ha estallado aún en otros grandes países, más desarrollados en el sentido capitalista. Bien es verdad que la revolución se desarrolla —podemos constatarlo con satisfacción— en todo el mundo, y sólo merced a esta circunstancia la burguesía internacional, aunque en el sentido económico y militar sea cien veces más fuerte que nosotros, no está en condiciones de acogotamos.

En el apartado 2 de las tesis examino cómo se ha creado esta situación y qué conclusiones debemos sacar de ella. Añadiré que la deducción definitiva que yo hago es la siguiente: el desarrollo de la revolución internacional previsto por nosotros sigue su curso. Pero este movimiento en ascenso no es tan rectilíneo como esperábamos. A primera vista es claro que no se ha conseguido desatar la revolución en otros países capitalistas una vez concertada la paz, por mala que ésta haya sido, aunque, como sabemos, los síntomas revolucionarios hayan sido considerables y numerosos, inclusive mucho más considerables y numerosos de lo que pensábamos. Ahora comienzan a aparecer folletos que nos hacen ver que, en los últimos años y meses, estos síntomas revolucionarios han sido en Europa bastante más importantes de lo que sospechábamos. Pues bien, ¿qué debemos hacer en la actualidad? Ahora es indispensable preparar a fondo la revolución y estudiar profundamente su desarrollo concreto en los países capitalistas más adelantados. Esta es la primera enseñanza que debemos extraer de la situación internacional. Para nuestra República de Rusia debemos aprovechar esta breve tregua a fin de adaptar nuestra táctica a este zigzag de la historia. Desde el punto de vista político, este equilibrio es muy importante, porque vemos a las claras que precisamente en muchos países del Oeste de Europa donde están organizadas las grandes masas de la clase obrera, y con toda probabilidad la inmensa mayoría de la población, el principal punto de apoyo de la burguesía lo constituyen ni más ni menos que las organizaciones de la clase obrera hostiles a nosotros y adheridas a la Segunda Internacional y a la Internacional Segunda y Media. Hago referencia a esto en el apartado 2 de las tesis y creo que aquí debo tocar sólo dos puntos que ya han sido esclarecidos en nuestras discusiones sobre táctica. Primero: la conquista de la mayoría del proletariado. Cuanto más organizado esté el proletariado en un país capitalista desarrollado, tanta más profundidad nos exigirá la historia en lo que se refiere a la preparación de la revolución y tanto más a fondo debemos conquistar la mayoría de la clase obrera. Segundo: el apoyo principal del capitalismo en los países capitalistas de alto desarrollo industrial lo constituye precisamente la parte de la clase obrera organizada en la Segunda Internacional y en la Internacional Segunda y Media. Si la burguesía internacional no se apoyase en estos sectores obreros, en estos elementos contrarrevolucionarios del seno de la clase obrera, no podría sostenerse de ningún modo.

También quisiera poner de relieve aquí el significado del movimiento en las colonias. En este sentido vemos en todos los viejos partidos, en todos los partidos obreros burgueses y pequeñoburgueses de la Segunda Internacional y de la Internacional Segunda y Media, vestigios de las antiguas concepciones sentimentales: según ellos dicen, todas sus simpatías están al lado de los pueblos coloniales y semicoloniales oprimidos. Aún se considera el movimiento en las colonias como un movimiento nacional insignificante y pacífico. Pero no es así. Desde comienzos del siglo XX se han producido en este sentido grandes cambios, a saber: millones y centenares de millones de personas —de hecho, la inmensa mayoría de la población del orbe— intervienen hoy como factores revolucionarios activos e independientes. Y es claro a todas luces que, en las futuras batallas decisivas de la revolución mundial, el movimiento de la mayoría de la población del globo terráqueo, encaminado al principio hacia la liberación nacional, se volverá contra el capitalismo y el imperialismo y desempeñará tal vez un papel revolucionario mucho más importante de lo que esperamos. Importa destacar que, por primera vez en nuestra Internacional, hemos emprendido la preparación de esta lucha. Naturalmente, en este inmenso sector hay muchos más escollos, pero, en todo caso, el movimiento avanza, y las masas trabajadoras, los campesinos de las colonias, a pesar de que aún son atrasados, jugarán un papel revolucionario muy grande en las fases sucesivas de la revolución mundial.

En cuanto a la situación política interior de nuestra república, debo comenzar por un examen exacto de las relaciones de clase. En los últimos meses han sobrevenido cambios, por cuanto observamos la formación de nuevas organizaciones de la clase explotadora enfiladas contra nosotros. La misión del socialismo consiste en suprimir las clases. En las primeras filas de la clase de los explotadores figuran los grandes terratenientes y los capitalistas industriales. Por lo que a ellos se refiere, la labor de destrucción es bastante fácil y puede ser llevada a término en unos cuantos meses, y a veces inclusive en unas cuantas semanas o días. En Rusia hemos expropiado a nuestros explotadores, los grandes terratenientes y capitalistas. Durante la guerra, éstos no poseían su propia organización y sólo actuaban como lacayos de las fuerzas armadas de la burguesía internacional. Ahora, después de que hemos repelido la ofensiva de la contrarrevolución internacional, se ha constituido en el extranjero la organización de la burguesía rusa y de todos los partidos contrarrevolucionarios rusos. Se puede calcular en millón y medio o dos millones el número de emigrados rusos diseminados por todos los países extranjeros. Casi en cada país publican diarios, y todos los partidos, los de los terratenientes y los pequeñoburgueses, sin excluir a los socialistas revolucionarios ni a los mencheviques, disponen de numerosos vínculos con los elementos burgueses extranjeros, es decir, reciben dinero suficiente para contar con prensa propia.

Podemos observar en el extranjero el trabajo mancomunado de todos nuestros antiguos partidos políticos sin excepción, y vemos cómo la prensa rusa “libre” del extranjero, comenzando por la de los socialistas revolucionarios y los mencheviques y terminando por los monárquicos ultrarreaccionarios, defiende la gran propiedad agraria. Esto alivia hasta cierto punto nuestra tarea, porque podemos atalayar mejor las fuerzas del enemigo, comprobar su grado de organización y las corrientes políticas existentes en su campo. Por otra parte, esto, como es natural, entorpece nuestro trabajo, porque los emigrados contrarrevolucionarios rusos recurren a todos los medios para preparar la lucha contra nosotros. Esta lucha demuestra una vez más que, en general, el instinto de clase y la conciencia de clase de las clases dominantes son aún superiores a la conciencia de las clases oprimidas, a pesar de que en este sentido la revolución rusa ha hecho más que todas las revoluciones anteriores. En Rusia no existe ni una aldea en la que las gentes, los oprimidos, no hayan experimentado una sacudida. A pesar de esto, si calibramos fríamente el grado de organización y la claridad política de los puntos de vista de la emigración contrarrevolucionaria rusa residente en el extranjero, nos persuadiremos de que la conciencia de clase de la burguesía es todavía superior a la de los explotados y oprimidos. Estas gentes hacen todos los intentos imaginables y utilizan con habilidad cada ocasión para lanzarse en una u otra forma contra la Rusia Soviética y desmembrarla. Sería muy aleccionador —y yo creo que los camaradas extranjeros así lo harán— estudiar de un modo sistemático las pretensiones más destacadas, los métodos tácticos más importantes y las principales tendencias de la contrarrevolución rusa. Esta trabaja principalmente en el extranjero, y a los camaradas extranjeros no les será muy difícil seguir de cerca su movimiento. En algunos aspectos debemos aprender de este enemigo. Los emigrados contrarrevolucionarios están muy bien informados, tienen una excelente organización, son buenos estrategas, y yo estimo que la confrontación sistemática, el estudio sistemático de cómo se organizan y cómo utilizan tal o cual oportunidad, puede ejercer fuerte influjo sobre la clase obrera desde el punto de vista de la propaganda. Esto no es teoría general, esto es política práctica, y aquí se ve lo que el enemigo ha aprendido. En los últimos años, la burguesía rusa ha sufrido una tremenda derrota. Hay una vieja frase proverbial que dice que los ejércitos aprenden con las derrotas. El vapuleado ejército reaccionario ha aprendido mucho y bien. Estudia con el mayor afán, y realmente ha conseguido grandes éxitos. Cuando tomamos de un golpe el poder, la burguesía rusa no estaba organizada y no se hallaba desarrollada en el sentido político. Ahora, a mi entender, está a la altura del actual desarrollo europeo occidental. Debemos tenerlo en cuenta, debemos mejorar nuestras propias organizaciones y nuestros propios métodos, y nos afanaremos con toda energía por hacerlo así. A nosotros nos ha sido relativamente fácil, y yo creo que también les será fácil a las demás revoluciones, acabar con estas dos clases explotadoras.

Pero además de esta clase de los explotadores, en casi todos los países capitalistas —excepción hecha, tal vez, de Inglaterra— existe la clase de los pequeños productores y de los pequeños campesinos. El principal problema de la revolución estriba hoy en la lucha contra estas dos últimas clases. Para librarnos de ellas es necesario aplicar métodos distintos a los empleados en la lucha contra los grandes terratenientes y capitalistas. A estas dos últimas clases pudimos simplemente expropiarlas, pudimos deshacernos de ellas, como así lo hicimos. Pero no podemos proceder del mismo modo con las últimas clases capitalistas, con los pequeños productores y con los pequeños burgueses que existen en todos los países. En la mayoría de los países capitalistas estas clases representan una minoría muy nutrida, aproximadamente del 30 al 45% de la población. Si a ellas añadimos el elemento pequeñoburgués de la clase obrera, resultará incluso más del 50%. No se les puede expropiar ni es posible deshacerse de ellas; la lucha debe librarse de otra forma. La significación del período que ahora se inicia en Rusia, desde el punto de vista internacional —si consideramos la revolución internacional como un proceso único—, consiste esencialmente en que debemos resolver de manera práctica el problema de la actitud del proletariado ante la última clase capitalista en Rusia. Teóricamente todos los marxistas han resuelto bien y con facilidad esta cuestión; pero la teoría y la práctica son dos cosas distintas, y no es lo mismo ni mucho menos resolver esta cuestión en el terreno práctico que en el terreno teórico. Sabemos con toda precisión que hemos cometido grandes faltas. Desde el punto de vista internacional constituye un enorme progreso el que nos esforcemos por determinar las relaciones del proletariado dueño del poder estatal con la última clase capitalista, con la base más profunda del capitalismo, con la pequeña propiedad, con el pequeño productor. Esta cuestión se presenta hoy de forma práctica ante nosotros. Pienso que podremos afrontar esta tarea. En todo caso, la experiencia que estamos viviendo será útil para las futuras revoluciones proletarias, y éstas sabrán prepararse mejor desde el punto de vista técnico para dar solución al problema.

He intentado analizar en mis tesis la cuestión de la actitud del proletariado ante los campesinos. Por primera vez en la historia existe un Estado en el que sólo hay estas dos clases, el proletariado y los campesinos. Estos últimos constituyen la inmensa mayoría de la población. Como es natural, están muy atrasados. ¿De qué modo se manifiesta prácticamente en el desarrollo de la revolución la actitud del proletariado, dueño del poder, ante los campesinos? Primera forma: alianza, una alianza estrecha. Esta es una tarea muy difícil, pero, en todo caso, posible en el sentido económico y en el sentido político.

¿Cómo hemos abordado en la práctica este problema? Hemos sellado una alianza con los campesinos. Esta alianza la entendemos así: el proletariado emancipa a los campesinos de la explotación burguesa, los arranca de la dirección e influencia de ésta y los atrae a su lado para vencer juntos a los explotadores.

Los mencheviques razonan así: el campesinado forma la mayoría, y como nosotros somos demócratas puros, consideramos que es la mayoría la que debe decidir. Pero como el campesinado no puede ser independiente, en la práctica esto significa la restauración del capitalismo. La consigna es la misma: alianza con los campesinos. Al hablar así, entendemos por esto el reforzamiento y la consolidación del proletariado. Hemos intentado realizar esta alianza entre el proletariado y los campesinos, y la primera etapa ha sido la alianza militar. Los tres años de guerra civil crearon enormes dificultades, pero, en cierto sentido, la guerra facilitó nuestra tarea. Posiblemente esto resulte extraño, pero así es. La guerra no fue algo nuevo para los campesinos; ellos comprendían perfectamente la guerra contra los explotadores, contra los grandes terratenientes. Las grandes masas campesinas estaban a nuestro lado. A pesar de las inmensas distancias y de que la mayoría de nuestros campesinos no saben leer ni escribir, nuestra propaganda era asimilada por ellos con gran facilidad. Esto es una demostración de que las amplias masas —lo mismo que en los países más adelantados— aprenden mucho mejor a través de su propia experiencia práctica que en los libros. Y en nuestro país, la experiencia práctica para el campesinado fue facilitada, además, por ser Rusia tan extraordinariamente extensa y porque sus distintas partes podían a un mismo tiempo atravesar diferentes fases de desarrollo.

En Siberia y en Ucrania, la contrarrevolución pudo triunfar pasajeramente, porque allí la burguesía tenía a su lado al campesinado, porque los campesinos estaban contra nosotros. Los campesinos decían a menudo: “Somos bolcheviques, pero no comunistas. Estamos a favor de los bolcheviques, porque han arrojado a los terratenientes, pero no a favor de los comunistas, porque están en contra de la hacienda individual”. Y durante cierto tiempo, la contrarrevolución pudo triunfar en Siberia y en Ucrania, porque la burguesía tuvo éxito en la lucha por ganar influencia entre los campesinos; pero bastó un período muy corto para abrir los ojos a los campesinos. En poco tiempo acumularon experiencia práctica y bien pronto se dijeron: “Sí, los bolcheviques son gente bastante desagradable; no sentimos cariño por ellos, pero son mejores que los guardias blancos y la Asamblea Constituyente”. Para ellos, la Constituyente sonaba a insulto. No sólo entre los comunistas avanzados, sino también entre los campesinos. Estos saben por su experiencia que la Asamblea Constituyente y la guardia blanca son una y la misma cosa, que tras la primera llega irremisiblemente la segunda. Los mencheviques también utilizan el hecho de la alianza militar con el campesinado, pero no piensan en que no es suficiente esta alianza. No puede haber alianza militar sin una alianza económica, pues no vivimos sólo de aire; nuestra alianza con los campesinos no podría de ningún modo sostenerse largo tiempo sin un fundamento económico, que fue la base de nuestra victoria en la guerra contra nuestra burguesía: no hay que perder de vista que nuestra burguesía estaba unida con toda la burguesía internacional.

La base de esta alianza económica entre nosotros y el campesinado era, naturalmente, muy sencilla, inclusive tosca. El campesinado obtuvo de nosotros toda la tierra y apoyo contra la gran propiedad agraria. Nosotros debíamos recibir a cambio de esto víveres. Esta alianza era algo completamente nuevo y no estaba fundada en las relaciones habituales entre los productores de mercancías y los consumidores. Nuestros campesinos comprendían esto mucho mejor que los héroes de la Segunda Internacional y la Internacional Segunda y Media. Ellos se decían: “Estos bolcheviques son unos jefes severos, pero, a pesar de todo, son gente nuestra”. Como quiera que sea, sentamos, pues, las bases de una nueva alianza económica. Los campesinos suministraban al Ejército Rojo sus productos y recibían de él apoyo para defender sus tierras. Esto lo olvidan siempre los héroes de la Segunda Internacional que, a semejanza de Otto Bauer, no comprenden en absoluto la situación actual. Reconocemos que la forma inicial de la alianza era muy primitiva y que cometimos muchos errores. Pero debíamos actuar con la mayor celeridad posible, debíamos organizar a toda costa el aprovisionamiento del ejército. Durante la guerra civil estuvimos aislados de todas las zonas cerealistas de Rusia. Nuestra situación era pavorosa, y parece casi un milagro que el pueblo ruso y la clase obrera pudieran soportar tantos padecimientos, miseria y privaciones, sin poseer otra cosa que una incontenible voluntad de vencer.

Una vez finalizada la guerra civil, nuestra tarea pasó a ser, en todo caso, distinta. Si el país no hubiera estado tan arruinado como lo estaba después de siete años de guerra incesante, tal vez habría sido posible una transición más fácil hacia una nueva forma de alianza entre el proletariado y los campesinos. Pero las ya duras condiciones reinantes en el país se agravaron más por la mala cosecha, por la escasez de piensos, etc. Como consecuencia de ello las privaciones de los campesinos eran insoportables. Debíamos hacer ver inmediatamente a las grandes masas campesinas que, sin desviarnos en modo alguno de la senda revolucionaria, estábamos dispuestos a modificar nuestra política de manera que los campesinos pudieran decirse: los bolcheviques quieren mejorar ahora mismo y a todo trance nuestra insoportable situación.

Así, pues, se produjo el cambio de nuestra política económica: en lugar de las requisas surgió el impuesto en especie. Esto no fue ideado de golpe. En la prensa bolchevique pudisteis ver durante meses diversas propuestas, pero no se llegó a trazar un proyecto que realmente prometiese el éxito. Más no es esto lo importante. Lo importante es que modificamos nuestra política económica ajustándonos exclusivamente a las circunstancias prácticas y a una necesidad dictada por la situación. La mala cosecha, la escasez de piensos y la falta de combustible tienen, claro está, una influencia decisiva en toda la economía, incluida también la campesina. Si el campesinado se declara en huelga, no obtenemos leña. Y si no disponemos de leña, las fábricas tienen que parar. Por lo tanto, en la primavera de 1921, la crisis económica resultante de la cosecha terriblemente mala y de la escasez de piensos alcanzó proporciones gigantescas. Todo esto fue consecuencia de los tres años de guerra civil. Era menester mostrar a los campesinos que podíamos y queríamos modificar con rapidez nuestra política para aliviar al instante su penuria. Nosotros decimos constantemente —en el II Congreso manifestamos lo mismo— que la revolución requiere sacrificios. Hay camaradas que en su propaganda argumentan del siguiente modo: estamos dispuestos a hacer la revolución, pero no debe ser demasiado dura. Si no me equivoco, esta afirmación fue hecha por el camarada Smeral en su discurso en el congreso del partido checoslovaco. Lo he leído en una referencia del Vorwärts de Reichenberg. Allí existe, por lo visto, un ala ligeramente izquierdista. Por lo tanto, la fuente no puede ser considerada enteramente ecuánime. En todo caso, debo manifestar que si Smeral dijo esto, no tiene razón. Algunos oradores que hicieron uso de la palabra en el citado congreso después de Smeral, dijeron: “Sí, seguiremos a Smeral, porque así nos libraremos de la guerra civil”. Si todo esto es verdad, yo debo decir que semejante agitación no es comunista ni revolucionaria. Es natural que cada revolución origine enormes sacrificios a la clase que la lleva a cabo. La revolución se distingue de la lucha corriente por que toman parte en el movimiento diez, cien veces más personas, y en este sentido cada revolución implica sacrificios no sólo para unos cuantos, sino para toda la clase. La dictadura del proletariado en Rusia ha acarreado a la clase dominante, al proletariado, sacrificios, miseria y privaciones como jamás se habían conocido en la historia, y es muy probable que en cualquier otro país las cosas sigan el mismo derrotero.

Surge una pregunta: ¿cómo repartiremos estas privaciones? Somos el poder estatal. Hasta cierto punto estamos en condiciones de repartir las privaciones, de distribuirlas entre clases, y, por lo tanto, de mitigar relativamente la situación de algunas capas de la población. ¿Con arreglo a qué principio debemos actuar? ¿Con arreglo al principio de la justicia o de la mayoría? No. Debemos proceder con un criterio práctico. Debemos efectuar la distribución de modo que se mantenga el poder del proletariado. Este es nuestro único principio. Al comienzo de la revolución, la clase obrera se vio obligada a padecer penurias sin fin. Hago constar ahora que nuestra política de abastecimiento obtiene cada año mayores éxitos. Y es indudable que, en general, la situación ha mejorado. Pero, incuestionablemente, los campesinos han salido ganando en Rusia con la revolución más que la clase obrera. De esto no puede caber la menor duda. Desde el punto de vista teórico, esto, claro está, indica que nuestra revolución era, en cierto sentido, burguesa. Cuando Kautsky esgrimió contra nosotros este argumento, nos echamos a reír. Es natural que sin expropiar la gran propiedad agraria, sin arrojar a los grandes terratenientes y sin repartir la tierra, la revolución es solamente burguesa y no socialista. Sin embargo, hemos sido el único partido que ha sabido llevar la revolución burguesa hasta el fin y facilitar la lucha por la revolución socialista. El poder soviético y el sistema soviético son instituciones del Estado socialista. Hemos hecho ya realidad estas instituciones, pero no hemos resuelto aún la tarea de establecer las relaciones económicas entre los campesinos y el proletariado. Queda mucho por hacer y el resultado de esta lucha dependerá de si podemos resolver esta tarea o no. Así, pues, la distribución de las privaciones representa en la práctica uno de los empeños más difíciles. En general ha sobrevenido una mejoría en la situación de los campesinos, y sobre la clase obrera han recaído duros sufrimientos, precisamente porque está ejerciendo su dictadura.

Ya he dicho que la escasez de piensos y la mala cosecha dieron origen en la primavera de 1921 a una tremenda indigencia del campesinado, que en nuestro país constituye la mayoría. Sin unas buenas relaciones con las masas campesinas no podemos subsistir. De ahí que nuestra tarea consistiese en acudir en su ayuda inmediatamente. La situación de la clase obrera es agobiante en extremo. Sus sufrimientos son terribles. Sin embargo, los elementos más desarrollados políticamente comprenden que, en interés de la dictadura de la clase obrera, debemos realizar los mayores esfuerzos para ayudar a los campesinos a todo trance. La vanguardia de la clase obrera lo ha comprendido, pero en su seno, dentro de esta vanguardia, hay quienes no pueden entenderlo, quienes están demasiado extenuados para entenderlo. Han visto en ello un error y han hablado de oportunismo. Han dicho que los bolcheviques ayudan a los campesinos. Los campesinos, que nos explotan, reciben todo cuanto quieren, mientras los obreros pasan hambre. Eso venían a decir. Pero ¿acaso esto es oportunismo? Ayudamos a los campesinos porque sin una alianza con ellos es imposible el poder político del proletariado y es inconcebible que este poder se sostenga. Lo decisivo para nosotros ha sido precisamente esta razón de la conveniencia y no la razón de la distribución justa. Ayudamos a los campesinos porque esto es totalmente necesario para que retengamos el poder político. El principio supremo de la dictadura es mantener la alianza entre el proletariado y los campesinos, para que el proletariado pueda conservar el papel dirigente y el poder estatal.

El único medio que hemos encontrado para ello es el paso al impuesto en especie, consecuencia inevitable de la lucha. El año que viene implantaremos por primera vez este impuesto. En la práctica, este principio no ha sido ensayado todavía. De la alianza militar debemos pasar a la alianza económica, y, teóricamente hablando, la única base posible de esta última consiste en establecer el impuesto en especie. En esto reside la única posibilidad teórica de llegar a asentar una base económica realmente sólida de la sociedad socialista. La fábrica socializada proporciona a los campesinos sus productos y los campesinos dan a cambio de ello trigo. Esta es la única forma posible de existencia de la sociedad socialista, la única forma de edificación socialista en un país donde los pequeños campesinos constituyen la mayoría o, cuando menos, una minoría muy considerable. Los campesinos darán una parte a título de impuesto y otra a cambio de los productos de la fábrica socialista o a través del intercambio de mercancías.

En este punto abordamos la cuestión más difícil. El impuesto en especie implica, como es lógico, la libertad de comercio. El campesino, después de hacer entrega del impuesto en especie, tiene derecho a trocar libremente su trigo sobrante. Esta libertad de cambio implica libertad para el capitalismo. Lo decimos abiertamente y lo subrayamos. No lo ocultamos de ningún modo. Nuestras cosas irían mal si se nos ocurriera ocultarlo. La libertad de comercio implica libertad para el capitalismo, pero a la vez, una nueva forma del mismo. Esto significa que, hasta cierto punto, creamos de nuevo el capitalismo. Y lo hacemos sin ningún disimulo. Se trata del capitalismo de Estado. Ahora bien, el capitalismo de Estado en una sociedad en la que el poder pertenece al capital y el capitalismo de Estado en un Estado proletario son dos conceptos distintos. En un Estado capitalista, el capitalismo de Estado significa que es reconocido y controlado por el Estado en beneficio de la burguesía y contra el proletariado. En el Estado proletario se hace eso mismo en beneficio de la clase obrera, con el fin de mantenernos frente a la burguesía, todavía fuerte, y luchar contra ella. De suyo se comprende que debemos otorgar concesiones a la burguesía extranjera, al capital extranjero. Sin la menor desnacionalización entregamos en arriendo minas, bosques y yacimientos petrolíferos a capitalistas extranjeros para recibir de ellos artículos industriales, máquinas, etc., y, por lo tanto, restaurar nuestra propia industria.

Como es natural, en la cuestión del capitalismo de Estado no todos hemos coincidido en el mismo criterio desde el primer momento. Pero a este respecto hemos podido comprobar con gran alegría que nuestros campesinos se desarrollan, que han comprendido plenamente el significado histórico de la lucha que estamos librando en estos momentos. Campesinos muy sencillos de los lugares más remotos han llegado hasta nosotros y nos han dicho: “¿Cómo? ¿Hemos arrojado a nuestros capitalistas, que hablan en ruso, para que ahora vengan capitalistas extranjeros?”. ¿Acaso esto no indica el desarrollo que han alcanzado nuestros campesinos? A un obrero orientado en el sentido económico no es preciso explicarle por qué esto es necesario. Estamos tan arruinados por los siete años de guerra, que el restablecimiento de nuestra industria requiere muchos años. Tenemos que pagar por nuestro atraso, por nuestra debilidad, por lo que ahora estamos aprendiendo, por lo que debemos aprender. Quien desea estudiar debe pagar por la enseñanza. Debemos explicar esto a todos y cada uno, y si lo hacemos ver de una manera práctica, las grandes masas de campesinos y de obreros estarán de acuerdo con nosotros, pues siguiendo ese camino mejorará de inmediato su situación, ya que esto permitirá restaurar nuestra industria. ¿Qué es lo que nos mueve a hacer esto? No estamos solos en nuestro planeta. Existimos en medio de un sistema de Estados capitalistas… Por un lado están las colonias, pero ellas todavía no pueden ayudarnos, y por otro los países capitalistas, pero son enemigos nuestros. Resulta un cierto equilibrio, claro que muy malo. Pero, con todo, debemos tener en cuenta este hecho. No debemos cerrar los ojos a este hecho si queremos subsistir. O victoria inmediata sobre toda la burguesía, o pago de un tributo.

Reconocemos con toda franqueza y no ocultamos que, en el sistema del capitalismo de Estado, las concesiones implican un tributo al capitalismo. Pero ganaremos tiempo, y ganar tiempo significa ganarlo todo, sobre todo en una época de equilibrio, cuando nuestros camaradas del extranjero preparan a fondo su revolución. Y cuanto más a fondo la preparen más segura será la victoria. Pero mientras tanto tendremos que pagar tributo.

Unas palabras sobre nuestra política de abastecimiento. Indudablemente ha sido primitiva y mala. Pero también podemos decir que ha tenido éxitos. En relación con esto debo poner de relieve una vez más que la única base económica posible del socialismo es la gran industria maquinizada. Quien olvide esto no es comunista. Debemos abordar de un modo concreto esta cuestión. No podemos plantear las cuestiones como lo hacen los teóricos del viejo socialismo. Debemos plantearlas prácticamente. ¿Qué significa la gran industria moderna? Significa la electrificación de toda Rusia. Suecia, Alemania y Norteamérica están ya a punto de llevar a término su electrificación, aunque son países todavía burgueses. Un camarada de Suecia me decía que allí está electrificada una gran parte de la industria, como asimismo el 30% de la agricultura. En Alemania y en Norteamérica, países aún más desarrollados en el sentido capitalista, esto alcanza proporciones todavía más vastas. La gran industria maquinizada no significa otra cosa que la electrificación de todo el país. Hemos instituido ya una comisión especial formada por los mejores economistas y técnicos. Cierto es que casi todos ellos están en contra del Poder soviético. Todos estos especialistas llegarán al comunismo, pero no como nosotros, no a través de veinte años de trabajo clandestino, durante el cual estudiamos, repetimos y remachamos sin cesar el abecé del comunismo.

Casi todos los órganos del poder soviético han estado de acuerdo en que debíamos recurrir a los especialistas. Los ingenieros especialistas se pondrán a nuestro servicio cuando les demostremos prácticamente que siguiendo ese camino se desarrollan las fuerzas productivas de nuestro país. No basta demostrarles esto teóricamente. Debemos demostrárselo en la práctica. Y atraeremos a estos hombres a nuestro lado si planteamos la cuestión de otro modo, no sobre la base de una propaganda teórica del comunismo. Decimos: la gran industria es el único medio de poner al campesino a salvo de la miseria y del hambre. Con esto están todos de acuerdo. Pero ¿cómo hacerlo? Para restablecer la industria sobre la vieja base hace falta demasiado trabajo y tiempo. Debemos dar a la industria formas más modernas, es decir, pasar a la electrificación. Esta requiere mucho menos tiempo. Ya hemos trazado los planes de electrificación. Más de 200 especialistas —casi todos ellos adversarios del Poder soviético— han trabajado con interés en esta obra, aunque no son comunistas. Pero, desde el punto de vista de la técnica, han debido reconocer que es el único camino acertado. Naturalmente, entre el plan y su realización media un gran trecho. Los especialistas más cautelosos afirman que para la primera fase de las obras habrán de necesitarse diez años cuando menos. El profesor Ballod ha calculado que para la electrificación de Alemania bastan tres o cuatro años. Mas para nosotros un decenio es demasiado poco. En mis tesis cito cifras para que veáis lo poco que hasta ahora hemos podido hacer en este orden de cosas. Las cifras que yo he aportado son tan modestas, que al punto se advierte su carácter más propagandístico que científico. Sin embargo, debemos comenzar por la propaganda. El campesino ruso, que ha tomado parte en la guerra mundial y ha vivido algunos años en Alemania, ha visto allí cuán necesario es organizar la hacienda según los métodos modernos para acabar con el hambre. Debemos realizar una vasta propaganda en este sentido. Estos planes, por sí solos, tienen escaso significado práctico, pero su importancia es muy grande desde el punto de vista de la agitación.

El campesino ve que debe crearse algo nuevo. El campesino comprende que en esta empresa debe trabajar, no cada uno para sí, sino todo el Estado en su conjunto. Estando prisionero en Alemania, el campesino ha visto y aprendido cuál es la base real de la vida, de una vida culta. 12.000 kilovatios son un comienzo modesto. Posiblemente se ría de esto un extranjero que conozca la electrificación norteamericana, alemana o sueca. Pero el que ría el último reirá mejor. Sí, es un comienzo modesto. Mas los campesinos empiezan a comprender que es preciso realizar en enormes proporciones nuevos trabajos, y éstos se inician ya. Hay que superar inmensas dificultades. Intentaremos entablar relaciones con los países capitalistas. No hay que lamentar que suministremos a los capitalistas varios cientos de millones de kilogramos de petróleo a condición de que nos ayuden a electrificar nuestro país.

Y ahora, para terminar, unas palabras sobre la “democracia pura”. Reproduzco lo que escribía Engels el 11 de diciembre de 1884 en una carta a Bebel:

“La democracia pura, en momentos de revolución, adquirirá por breve plazo un valor temporal en calidad del partido burgués más extremo, lo mismo que ocurrió ya en Fráncfort, como última tabla de salvación de toda la economía burguesa e incluso feudal… De igual modo, en 1848, toda la masa burocrática feudal apoyó de marzo a septiembre a los liberales para mantener sujetas a las masas revolucionarias… En todo caso, durante la crisis y al día siguiente de ésta, nuestro único adversario será toda la masa reaccionaria agrupada alrededor de la democracia pura, y creo que esto no puede en caso alguno dejar de tenerse en cuenta”.

No podemos plantear nuestras cuestiones como lo hacen los teóricos. Toda la reacción en su conjunto, no sólo la burguesa, sino también la feudal, se agrupa en torno de la “democracia pura”. Los camaradas alemanes conocen mejor que nadie lo que significa la “democracia pura”, ya que Kautsky y demás líderes de la Segunda Internacional y de la Internacional Segunda y Media defienden esta “democracia pura” contra los malvados bolcheviques. Si juzgamos a los socialistas revolucionarios y a los mencheviques rusos por sus hechos, y no por sus palabras, resultarán no ser otra cosa que representantes de la “democracia pura” pequeñoburguesa. En nuestra revolución han mostrado con pulcritud clásica, y lo mismo ha ocurrido durante la última crisis, en los días de la sublevación de Kronstadt, lo que significa la democracia pura. La efervescencia era muy grande entre los campesinos; también reinaba malestar entre los obreros. Estaban extenuados y agotados. Las fuerzas humanas tienen sus límites. Habían pasado hambre tres años, pero no se puede pasar hambre cuatro o cinco años. Naturalmente, el hambre ejerce enorme influencia sobre la actividad política. ¿Cómo procedieron los socialistas revolucionarios y los mencheviques? Vacilaron todo el tiempo, reforzando así a la burguesía. La organización de todos los partidos rusos en el extranjero mostró cómo estaban las cosas a la sazón. Los jefes más inteligentes de la gran burguesía rusa se dijeron: “No podemos vencer en Rusia inmediatamente. Por eso nuestra consigna debe ser: “Los sóviets sin bolcheviques”. El líder de los demócratas constitucionalistas, Miliukov, defendió el Poder soviético contra los socialistas revolucionarios. Por muy peregrino que esto parezca, tal es la dialéctica práctica, que estudiamos en nuestra revolución siguiendo una vía original: en la práctica de nuestra lucha y de la lucha de nuestros adversarios. Los demócratas constitucionalistas defienden los “sóviets sin bolcheviques” porque comprenden bien la situación y confían en hacer que muerda este anzuelo una parte de la población. Así hablan los demócratas constitucionalistas inteligentes. Naturalmente, no todos los demócratas constitucionalistas son inteligentes, pero parte de ellos lo son y han aprendido algo de la experiencia de la revolución francesa. Hoy la consigna es: luchar contra los bolcheviques a toda costa, a todo trance. Toda la burguesía ayuda ahora a los mencheviques y a los socialistas revolucionarios. Los eseristas y mencheviques son en estos momentos la vanguardia de toda la reacción. En la pasada primavera hemos tenido ocasión de conocer los frutos de esta alianza contrarrevolucionaria.

Por eso debemos continuar la lucha implacable contra estos elementos. La dictadura es un estado de guerra exacerbada. Nos encontramos cabalmente en ese estado.

En la actualidad, no existe invasión militar. Sin embargo, estamos aislados. Pero, por otra parte, no estamos del todo aislados, por cuanto la burguesía internacional no se halla hoy en condiciones de hacernos abiertamente la guerra, pues la clase obrera —aunque en su mayoría no sea todavía comunista— es, no obstante, tan consciente que no tolera la intervención. La burguesía tiene que tomar en consideración ese estado de espíritu de las masas, aunque éstas no se hayan desarrollado todavía hasta abrazar las posiciones del comunismo. De ahí que la burguesía no pueda pasar ahora a la ofensiva contra nosotros, si bien esto tampoco está excluido. Mientras no haya un resultado general definitivo, proseguirá el estado de guerra feroz. Y nosotros decimos: “En la guerra actuaremos como en la guerra: no prometemos ninguna libertad, ninguna democracia”. Declaramos a los campesinos con toda franqueza que deben elegir: o el poder de los bolcheviques —y en ese caso haremos todas las concesiones posibles hasta donde nos lo permita la necesidad de mantener el poder y después los conduciremos hacia el socialismo— o bien el poder burgués. Todo lo restante es engaño, pura demagogia. A este engaño, a esta demagogia se le debe declarar la guerra más encarnizada. Nuestro punto de vista es el siguiente: por ahora, grandes concesiones y la mayor cautela; precisamente porque atravesamos un estado de cierto equilibrio, precisamente porque somos más débiles que nuestros enemigos coaligados, porque nuestra base económica es harto débil y necesitamos unos cimientos económicos más fuertes.

Esto es lo que yo quería decir a los camaradas sobre nuestra táctica, sobre la táctica del Partido Comunista de Rusia.

Publicado íntegramente el 14 de julio de 1921 en el n° 17 del Boletín del III Congreso de la Internacional Comunista.

Discursos pronunciados en la reunión de las delegaciones alemana, polaca, checoslovaca, húngara e italiana

(11 de julio)

I.

Ayer leí en Pravda algunas informaciones que me han convencido de que el momento de la ofensiva está, posiblemente, más próximo de lo que pensábamos en el Congreso, lo que dio motivo a que se lanzaran contra nosotros los jóvenes camaradas. Pero de estas informaciones hablaré más tarde. Ahora debo decir que cuanto más se acerque la ofensiva general, tanto más “oportunamente” deberemos actuar. Ahora regresarán ustedes a sus países y dirán a los obreros que nos hemos hecho más sensatos que antes del III Congreso. No deberán avergonzarse de decirles que hemos cometido errores y que ahora queremos actuar más cautamente; con ello, atraeremos a nuestro lado masas del Partido Socialdemócrata y del Partido Socialdemócrata Independiente, masas que el desarrollo de los acontecimientos empuja objetivamente hacia nosotros, pero que nos temen. Quiero mostrar, con nuestro propio ejemplo, que debemos proceder con mayor prudencia.

Al empezar la guerra, los bolcheviques defendíamos una sola consigna: guerra civil y, además, implacable. Estigmatizábamos como traidores a cuantos no propugnaban la guerra civil. Pero cuando regresamos a Rusia en marzo de 1917, cambiamos por completo de posición. Cuando regresamos a Rusia y hablamos con los campesinos y los obreros, vimos que todos eran partidarios de la defensa de la patria, aunque, como es natural, en un sentido completamente distinto que los mencheviques, y no podíamos tildar de miserables y traidores a aquellos obreros y campesinos sencillos. Definimos aquel estado de ánimo como “defensismo de buena fe”. Quiero escribir un extenso artículo sobre esto y dar a la publicidad todos los materiales. El 7 de abril publiqué unas tesis, en las que decía: prudencia y paciencia. Nuestra posición inicial al empezar la guerra era justa, entonces tenía importancia crear un núcleo bien definido y firme. Nuestra posición posterior fue también justa. Partía de la necesidad de conquistar a las masas. Ya entonces nos oponíamos a la idea de derribar inmediatamente al Gobierno Provisional. Yo escribía: “Debemos derribar al gobierno porque es un gobierno oligárquico, y no del pueblo, pues no puede darnos ni pan ni paz. Pero no se le puede derribar inmediatamente, pues se apoya en los sóviets obreros y goza todavía de la confianza de los obreros. No somos blanquistas, no queremos gobernar con la minoría de la clase obrera contra la mayoría”. Los demócratasconstitucionalistas, que son políticos sutiles, advirtieron en el acto la contradicción entre nuestra posición anterior y la nueva posición y nos llamaron hipócritas. Pero, como, al mismo tiempo, nos llamaban espías, traidores, infames y agentes alemanes, la primera denominación no causó ninguna impresión. El 20 de abril se produjo la primera crisis. La nota de Miliukov sobre los Dardanelos desenmascaró al gobierno como imperialista. A continuación, las masas de soldados armados se dirigieron al edificio del gobierno y derribaron a Miliukov. Al frente de los soldados se encontraba un tal Linde, sin partido. No fue un movimiento organizado por el partido. Entonces caracterizamos este movimiento de la siguiente forma: es algo más que una manifestación armada y algo menos que una insurrección armada. En nuestra Conferencia del 22 de abril, la corriente izquierdista exigió el derrocamiento inmediato del Gobierno. El Comité Central, por el contrario, se manifestó contra la consigna de guerra civil y dimos a todos los agitadores de provincias la indicación de refutar la desvergonzada mentira de que los bolcheviques querían la guerra civil. El 22 de abril escribí que la consigna de “¡Abajo el Gobierno Provisional!” era equivocada, pues se convertiría en una frase o en una aventura al no estar respaldados por la mayoría del pueblo.

No nos avergonzamos de llamar “aventureros” a nuestros izquierdistas a la vista de nuestros enemigos. Los mencheviques cantaban victoria con este motivo y hablaban de nuestra bancarrota. Pero nosotros decíamos que todo intento de colocarse un poco, aunque sólo fuese un poquito, más a la izquierda del Comité Central, era una estupidez y que quien se colocaba a la izquierda del Comité Central había perdido ya el simple sentido común. No nos dejaremos intimidar por el hecho de que el enemigo se alegre de nuestros yerros.

Nuestra única estrategia en la actualidad consiste en ser más fuertes y, por ello, más inteligentes, más sensatos, más “oportunos”, y debemos decirlo así a las masas. Pero después de que hayamos conquistado a las masas gracias a nuestra sensatez, aplicaremos la táctica de la ofensiva y, precisamente, en el sentido más estricto de la palabra.

Ahora, unas palabras acerca de las tres informaciones:

1) La huelga de los obreros municipales de Berlín. Los obreros municipales son, en su mayor parte, hombres conservadores, que pertenecen a la socialdemocracia en su mayoría y al Partido Socialdemócrata Independiente; están bien retribuidos pero se ven obligados a declararse en huelga.

2) La huelga de los obreros textiles de Lille.

3) El tercer hecho es el más importante. En Roma se ha celebrado un mitin para organizar la lucha contra los fascistas al que han asistido 50.000 obreros de todos los partidos: comunistas, socialistas y republicanos. Han acudido a él 5.000 ex combatientes de uniforme y ni un solo fascista se ha atrevido a aparecer en la calle. Esto demuestra que en Europa existe mayor cantidad de material inflamable del que pensábamos. Lazzari ha elogiado nuestra resolución sobre táctica. Es un gran éxito de nuestro Congreso. Si Lazzari lo reconoce, los miles de obreros que le siguen, nos seguirán sin duda a nosotros y sus jefes no podrán apartarlos de nosotros. Il faut reculer, pour mieux sauter (hay que retroceder para saltar mejor). Y este salto es inevitable, ya que la situación objetiva se hace insoportable.

Empezamos, pues, a aplicar nuestra nueva táctica. No hay que ponerse nerviosos, no podemos retrasarnos, más bien podemos empezar demasiado pronto. Y si nos preguntáis si podrá Rusia mantenerse tanto tiempo, os responderemos que hacemos ahora la guerra a la pequeña burguesía, al campesinado, una guerra económica, mucho más peligrosa para nosotros que la pasada guerra. Pero, como ha dicho Clausewitz, el peligro es el elemento de la guerra, y nosotros no hemos estado ni un solo instante al margen del peligro. Estoy seguro de que si actuamos con mayor prudencia, si hacemos concesiones a tiempo, venceremos también en esta guerra aun en el caso de que dure más de tres años.

Resumo:

1) Todos nosotros diremos unánimemente en Europa entera que aplicamos una nueva táctica y, de este modo, conquistaremos a las masas.

2) Coordinación de la ofensiva en los países principales: Alemania, Checoslovaquia e Italia. En esta labor son necesarios los preparativos, la cooperación permanente. Europa está preñada de revolución, pero es imposible trazar con antelación el calendario de la revolución. Nosotros nos sostendremos en Rusia no sólo cinco años, sino más. La única estrategia acertada es la que hemos aprobado. Estoy seguro de que conquistaremos para la revolución posiciones a las que la Entente no podrá oponer nada, y eso será el comienzo de la victoria en escala mundial.

II.

Smeral parecía satisfecho de mi discurso; sin embargo, lo interpreta unilateralmente. He dicho en la Comisión que, para encontrar la línea justa, Smeral debe dar tres pasos a la izquierda; y Kreibich, uno a la derecha. Smeral, por desgracia, no ha dicho que vaya a dar esos pasos. Tampoco ha dicho nada acerca de cómo se imagina el estado de cosas. En cuanto a las dificultades, se ha limitado a repetir lo viejo y no ha dicho nada nuevo. Smeral ha dicho que yo he disipado su alarma. En la primavera temía que la dirección comunista exigiera de él una acción inoportuna; sin embargo, los acontecimientos han disipado ese temor. Pero a nosotros nos alarma ahora otra cosa, a saber: si en Checoslovaquia se llegará también, efectivamente, a preparar la ofensiva o no se pasará de conversaciones acerca de las dificultades. Un error izquierdista es simplemente un error, no es grande y puede ser subsanado con facilidad. Pero si el error atañe a la decisión para lanzarse a la acción, no se trata ya en modo alguno de un error pequeño, sino de una traición. Esos errores son incomparables. La teoría de que haremos la revolución, pero sólo después de que otros se lancen a la acción, es profundamente errónea.

III.

El repliegue efectuado en este Congreso debe ser comparado, a mi juicio, con nuestras acciones de 1917 en Rusia, mostrando, de este modo, que dicho repliegue debe servir para preparar la ofensiva. Los adversarios afirmarán que hoy no decimos lo mismo que antes. Sacarán poco provecho de ello; en cambio, las masas obreras nos comprenderán si les decimos en qué sentido puede considerarse un éxito la acción de marzo y por qué criticamos sus errores y decimos que en lo sucesivo deberemos prepararnos mejor. Estoy de acuerdo con Terracini cuando afirma que las interpretaciones de Smeral y Burian son equivocadas. Si la coordinación se entiende en el sentido de que debemos esperar a que se lance a la acción otro país más rico y con mayor población, eso no será una interpretación comunista, sino un franco engaño. La coordinación debe consistir en que los camaradas de otros países conozcan qué momentos son importantes. La interpretación primordial de la coordinación es la siguiente: imitar mejor y con mayor rapidez los buenos ejemplos. Es bueno el ejemplo de los obreros de Roma.

Publicado íntegramente en el T. 44 de las Obras Completas de V. I. Lenin.

IV Congreso de la Internacional Comunista

Noviembre de 1922

Cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial

(13 de noviembre)

Camaradas:

En la lista de oradores figuro como el informante principal, pero comprenderéis que después de mi larga enfermedad no estoy en condiciones de pronunciar un amplio informe. No podré hacer más que una introducción a los problemas más importantes. Mi intervención será muy limitada. El tema Cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial es demasiado amplio y grandioso para que pueda agotarlo un solo orador y en un solo discurso. Por eso elijo únicamente una pequeña parte de este tema: la “Nueva Política Económica” (NEP). Tomo deliberadamente sólo esta pequeña parte a fin de familiarizaros con esta cuestión, sumamente importante hoy, por lo menos para mí, ya que me ocupo de ella en la actualidad.

Así, pues, hablaré de cómo hemos iniciado la NEP y de los resultados que hemos logrado con ella. Si me limito a esta cuestión, tal vez podré hacer un balance en líneas generales y dar una idea general de ella.

Si he de deciros, para empezar, cómo nos decidimos por la NEP, tendré que recordar un artículo que escribí en 1918. A principios de 1918, en una breve polémica, me referí precisamente a la actitud que debíamos adoptar ante el capitalismo de Estado.

Entonces escribí:

“El capitalismo de Estado representaría un paso adelante en comparación con la situación existente hoy (es decir, en aquel entonces) en nuestra República Soviética. Si dentro de unos seis meses se estableciera en nuestro país el capitalismo de Estado, eso sería un inmenso éxito y la más firme garantía de que, al cabo de un año, el socialismo se afianzaría entre nosotros definitivamente y se haría invencible”.

Esto fue dicho, naturalmente, en una época en que éramos más torpes que hoy, pero no tanto como para no saber analizar semejantes cuestiones.

Así, pues, en 1918 yo mantenía la opinión de que el capitalismo de Estado constituía un paso adelante en comparación con la situación económica existente entonces en la República Soviética. Esto suena muy extraño, y, seguramente, hasta absurdo, pues nuestra República era ya entonces una República socialista; entonces adoptábamos cada día con el mayor apresuramiento —quizá con un apresuramiento excesivo— diversas medidas económicas nuevas, que no podían ser calificadas más que de medidas socialistas. Y, sin embargo, pensaba que el capitalismo de Estado representaba un paso adelante, en comparación con aquella situación económica de la República Soviética, y explicaba más adelante esta idea enumerando simplemente los elementos del régimen económico de Rusia. Estos elementos eran, a mi juicio, los siguientes: “1) forma patriarcal, es decir, más primitiva, de la agricultura; 2) pequeña producción mercantil —incluidos la mayoría de los campesinos que venden su trigo—; 3) capitalismo privado; 4) capitalismo de Estado, y 5) socialismo”. Todos estos elementos económicos existían a la sazón en Rusia. Entonces me planteé la tarea de explicar las relaciones que existían entre esos elementos y si no sería oportuno considerar a alguno de los elementos no socialistas, precisamente, al capitalismo de Estado, superior al socialismo. Repito: a todos les parece muy extraño que un elemento no socialista sea apreciado en más y considerado superior al socialismo en una república que se proclama socialista. Pero comprenderéis la cuestión si recordáis que nosotros no considerábamos, ni mucho menos, el régimen económico de Rusia como algo homogéneo y altamente desarrollado, sino que teníamos plena conciencia de que, al lado de la forma socialista, existía en Rusia la agricultura patriarcal, es decir, la forma más primitiva de agricultura. ¿Qué papel podía desempeñar el capitalismo de Estado en semejante situación?

Luego me preguntaba: ¿cuál de estos elementos es el predominante? Es claro que en un ambiente pequeñoburgués predomina el elemento pequeñoburgués. Comprendía que este elemento era el predominante; era imposible pensar de otro modo. La pregunta que me hice entonces (se trataba de una polémica especial, que no guarda relación con el problema presente) fue ésta: ¿qué actitud adoptamos ante el capitalismo de Estado? Y me respondía: el capitalismo de Estado, aunque no es una forma socialista, sería para nosotros y para Rusia una forma más ventajosa que la actual. ¿Qué significa esto? Significa que nosotros no sobrestimábamos ni las formas embrionarias ni los principios de la economía socialista, a pesar de que habíamos realizado ya la revolución social; por el contrario, entonces en cierto modo reconocíamos ya: sí, habría sido mejor implantar antes el capitalismo de Estado y después el socialismo.

Debo subrayar particularmente este aspecto de la cuestión, porque considero que sólo partiendo de él es posible, en primer lugar, explicar qué representa la actual política económica y, en segundo lugar, sacar de ello deducciones prácticas muy importantes también para la Internacional Comunista. No quiero decir que tuviésemos preparado de antemano el plan de repliegue. No había tal cosa. Esas breves líneas de carácter polémico no significaban entonces, en modo alguno, un plan de repliegue. Ni siquiera se mencionaba un punto tan importante como es, por ejemplo, la libertad de comercio, que tiene una significación fundamental para el capitalismo de Estado. Sin embargo, con ello se daba ya la idea general, imprecisa, del repliegue. Considero que debemos prestar atención a este problema no sólo desde el punto de vista de un país que ha sido y continúa siendo muy atrasado por su sistema económico, sino también desde el punto de vista de la Internacional Comunista y de los países adelantados de Europa Occidental. Ahora, por ejemplo, estamos dedicados a elaborar el programa. Mi opinión personal es que procederíamos mejor si discutiéramos ahora todos los programas sólo de un modo general en primera lectura, por decirlo así, y los imprimiéramos, sin adoptar este año ninguna decisión definitiva. ¿Por qué? Ante todo, porque, naturalmente, no creo que los hayamos estudiado todos bien. Y, además, porque casi no hemos analizado el problema de un posible repliegue y la manera de asegurarlo. Y este problema requiere obligatoriamente que le prestemos atención en un momento en que se producen cambios tan radicales en el mundo entero, como son el derrocamiento del capitalismo y la edificación del socialismo, con todas sus enormes dificultades. No debemos saber únicamente cómo actuar en el momento en que pasamos a la ofensiva directa y, además, salimos vencedores. En un período revolucionario, eso no presenta ya tantas dificultades ni es tan importante; por lo menos, no es lo más decisivo. Durante la revolución hay siempre momentos en que el enemigo pierde la cabeza, y si le atacamos en uno de esos momentos, podemos triunfar con facilidad. Pero esto no quiere decir nada todavía, puesto que nuestro enemigo, si posee suficiente dominio de sí mismo, puede agrupar con antelación sus fuerzas, etc. Entonces puede provocarnos con facilidad para que le ataquemos, y después hacernos retroceder por muchos años. Por eso opino que la idea de que debemos prepararnos para un posible repliegue tiene suma importancia, y no sólo desde el punto de vista teórico. También desde el punto de vista práctico, todos los partidos que se preparan para emprender en un futuro próximo la ofensiva directa contra el capitalismo deben pensar ahora en cómo asegurarse el repliegue. Yo creo que si tenemos en cuenta esta enseñanza, así como todas las demás que nos brinda la experiencia de nuestra revolución, lejos de causarnos daño alguno, nos será, probablemente, muy útil en muchos casos.

Después de haber subrayado que ya en 1918 considerábamos el capitalismo de Estado como una posible línea de repliegue, paso a analizar los resultados de nuestra NEP. Repito: entonces era una idea todavía muy vaga; pero, en 1921, después de haber superado la etapa más importante de la guerra civil, y de haberla superado victoriosamente, nos enfrentamos con una gran crisis política interna —yo supongo que la mayor—de la Rusia Soviética. Esta crisis interna puso al desnudo el descontento no sólo de una parte considerable de los campesinos, sino también de los obreros. Fue la primera vez, y confío en que será la última en la historia de la Rusia Soviética, que grandes masas de campesinos estaban contra nosotros, no de modo consciente, sino instintivo, por su estado de ánimo. ¿A qué se debía esta situación tan original y, claro es, tan desagradable para nosotros? La causa consistía en que habíamos avanzado demasiado en nuestra ofensiva económica, en que no nos habíamos asegurado una base suficiente, en que las masas sentían lo que nosotros aún no supimos entonces formular de manera consciente, pero que muy pronto, unas semanas después reconocimos: que el paso directo a formas puramente socialistas, a la distribución puramente socialista, era superior a las fuerzas que teníamos y que si no estábamos en condiciones de efectuar un repliegue, para limitarnos a tareas más fáciles, nos amenazaría la bancarrota. La crisis comenzó, a mi parecer, en febrero de 1921. Ya en la primavera del mismo año decidimos unánimemente —en esta cuestión no he observado grandes discrepancias entre nosotros— pasar a la NEP. Hoy, después de un año y medio, a finales de 1922, estamos ya en condiciones de hacer algunas comparaciones. Y bien, ¿qué ha sucedido? ¿Cómo hemos vivido este año y medio? ¿Qué resultados hemos obtenido? ¿Nos ha proporcionado alguna utilidad este repliegue y nos ha salvado en realidad, o se trata de un resultado confuso todavía? Esta es la pregunta principal que me hago y supongo que tiene también importancia primordial para todos los partidos comunistas, pues si la respuesta fuera negativa, todos estaríamos condenados a la bancarrota. Considero que todos nosotros podemos responder afirmativamente y con la conciencia tranquila a esta pregunta, y precisamente en el sentido de que el año y medio transcurrido demuestra de manera positiva y absoluta que hemos salido airosos de la prueba.

Trataré de demostrarlo. Para ello debo enumerar brevemente todas las partes integrantes de nuestra economía.

Me detendré, ante todo, en nuestro sistema financiero y en el famoso rublo ruso. Creo que se le puede calificar de famoso, aunque sólo sea porque la cantidad de estos rublos supera ahora el billón. Esto ya es algo. Es una cifra astronómica. Estoy seguro de que no todos los que se encuentran aquí saben incluso lo que esta cifra representa. Pero nosotros —y, además, desde el punto de vista de la ciencia económica— no concedemos demasiada importancia a estas cifras, pues los ceros pueden ser tachados. Ya hemos aprendido algo en este arte, que desde el punto de vista económico tampoco tiene ninguna importancia, y estoy seguro de que en el curso ulterior de los acontecimientos alcanzaremos en él mucha mayor maestría. Lo que tiene verdadera importancia es la estabilización del rublo. En la solución de este problema trabajamos, trabajan nuestras mejores fuerzas, y atribuirnos a esta tarea una importancia decisiva. Si conseguimos estabilizar el rublo por un plazo largo, y luego para siempre, habremos triunfado. Entonces, todas esas cifras astronómicas —todos esos cientos de miles de millones— no significarán nada. Entonces podremos asentar nuestra economía sobre terreno firme y seguir desarrollándola sobre esa base. Creo que puedo citaros hechos bastante importantes y decisivos acerca de esta cuestión. En 1921, el período de estabilización del rublo papel duró menos de tres meses. Y en el año corriente de 1922, aunque no ha terminado todavía, el período de estabilización dura ya más de cinco meses. Supongo que esto basta. Claro que será insuficiente si esperáis de nosotros una prueba científica de que en el futuro resolveremos por completo este problema. Pero, a mi juicio, es imposible, en general, demostrar esto por completo. Los datos citados prueban que desde el año pasado, en que empezamos a aplicar nuestra NEP, hasta hoy, hemos aprendido ya a marchar hacia adelante. Si hemos aprendido eso, estoy seguro de que sabremos lograr nuevos éxitos en este camino, siempre que no cometamos alguna estupidez extraordinaria. Lo más importante, sin embargo, es el comercio, la circulación de mercancías, imprescindible para nosotros. Y si hemos salido airosos de esta prueba durante dos años, a pesar de que nos encontrábamos en estado de guerra (pues, como sabéis, hace sólo algunas semanas que hemos ocupado Vladivostok) y de que sólo ahora podemos iniciar nuestra actividad económica de un modo sistemático; si, a despecho de todo eso, hemos logrado que el período de estabilización del rublo papel se eleve de tres meses a cinco, creo tener motivo para atreverme a decir que podemos considerarnos satisfechos de esto. Porque estamos completamente solos. No hemos recibido ni recibimos ningún empréstito. No nos ha ayudado ninguno de esos poderosos Estados capitalistas que organizan tan “brillantemente” su economía capitalista y que hasta hoy no saben a dónde van. Con la paz de Versalles han creado tal sistema financiero que ellos mismos no entienden nada. Si estos grandes países capitalistas dirigen su economía de esa manera, pienso que nosotros, atrasados e incultos, podemos estar satisfechos de haber alcanzado lo principal: las condiciones para estabilizar el rublo. Esto lo prueba no un análisis teórico, sino la práctica, y yo considero que ésta es más importante que todas las discusiones teóricas del mundo. La práctica demuestra que en este terreno hemos logrado resultados decisivos: hemos comenzado a hacer avanzar nuestra economía hacia la estabilización del rublo, lo que tiene extraordinaria importancia para el comercio, para la libre circulación de mercancías, para los campesinos y para la enorme masa de pequeños productores.

Paso ahora a examinar nuestros objetivos sociales. Lo principal, naturalmente, son los campesinos. En 1921, el descontento de una parte inmensa del campesinado era un hecho indudable. Además sobrevino el hambre, y esto constituyó la prueba más dura para los campesinos. Es completamente natural que todas las potencias extranjeras empezara a chillar: “Ahí tenéis los resultados de la economía socialista”. Es completamente natural, desde luego, que silenciaran que el hambre era, en realidad, una consecuencia monstruosa de la guerra civil. Todos los terratenientes y capitalistas, que se lanzaron sobre nosotros en 1918, presentaron las cosas como si el hambre fuera una consecuencia de la economía socialista. El hambre ha sido, en efecto, una enorme y grave calamidad, una calamidad que amenazaba con destruir toda nuestra labor organizadora y revolucionaria.

Y yo pregunto ahora: luego de esta inusitada e inesperada calamidad, ¿cómo están las cosas hoy, después de haber implantado la NEP, después de haber concedido a los campesinos la libertad de comercio? La respuesta, clara y evidente para todos, es la siguiente: en un año, los campesinos han vencido el hambre y, además, han abonado el impuesto en especie en tal cantidad, que hemos recibido ya centenares de millones de puds, y casi sin aplicar ninguna medida coactiva. Los levantamientos de campesinos, que antes de 1921 constituían, por decirlo así, un fenómeno general en Rusia, han desaparecido casi por completo. Los campesinos están satisfechos de su actual situación. Lo podemos afirmar con toda tranquilidad. Consideramos que estas pruebas tienen mayor importancia que cualquier prueba estadística. Nadie duda que los campesinos son en nuestro país el factor decisivo. Y hoy se encuentran en tal situación que no debemos temer ningún movimiento suyo contra nosotros. Lo decimos con plena conciencia y sin hipérbole. Eso ya está conseguido. Los campesinos pueden sentir descontento por uno u otro aspecto de la labor de nuestro poder y pueden quejarse de ello. Esto, naturalmente, es posible e inevitable, ya que nuestro aparato y nuestra economía estatal son aún demasiado malos para poder evitarlo; pero, en cualquier caso, está excluido por completo cualquier descontento serio de todo el campesinado con respecto a nosotros. Lo hemos logrado en un solo año. Y opino que ya es mucho.

Paso ahora a la industria ligera. Precisamente en la industria debemos establecer diferencias entre la industria pesada y la ligera, pues ambas se encuentran en distintas condiciones. Por lo que se refiere a la industria ligera, puedo decir con tranquilidad que se observa en ella un incremento general. No me dejaré llevar por los detalles, por cuanto en mi plan no entra citar datos estadísticos. Pero esta impresión general se basa en hechos y puedo garantizar que en ella no hay nada equivocado ni inexacto. Tenemos un auge general en la industria ligera y, en relación con ello, cierto mejoramiento de la situación de los obreros tanto en Petrogrado como en Moscú. En otras zonas se observa en menor grado, ya que allí predomina la industria pesada; por eso no se debe generalizar. De todos modos, repito, la industria ligera acusa un ascenso indudable, y el mejoramiento de la situación de los obreros de Petrogrado y de Moscú es innegable. En la primavera de 1921, en ambas ciudades reinaba el descontento entre los obreros. Hoy esto no existe en absoluto. Nosotros, que observamos día tras día la situación y el estado de ánimo de los obreros, no nos equivocamos en este sentido.

La tercera cuestión se refiere a la industria pesada. Debo aclarar a este respecto que la situación es todavía difícil. Entre 1921 y 1922 se ha iniciado cierto viraje en esta situación. Podemos confiar, por tanto, en que mejorará en un futuro próximo. Hemos reunido ya, en parte, los medios necesarios para ello. En un país capitalista, para mejorar el estado de la industria pesada haría falta un empréstito de centenares de millones, sin los cuales ese mejoramiento sería imposible. La historia económica de los países capitalistas demuestra que, en los países atrasados, sólo los empréstitos de centenares de millones de dólares o de rublos oro a largo plazo podrían ser el medio para levantar la industria pesada. Nosotros no hemos tenido esos empréstitos ni hemos recibido nada hasta ahora. Cuanto se escribe sobre las concesiones, etc., no significa casi nada, excepto papel. En los últimos tiempos, hemos escrito mucho de esto, sobre todo de la concesión Urquhart. No obstante, nuestra política concesionaria me parece muy buena. Más, a pesar de ello, no tenemos aún una concesión rentable. Os ruego que no olvidéis esto. Así pues, la situación de la industria pesada es una cuestión verdaderamente gravísima para nuestro atrasado país por cuanto no hemos podido contar con empréstitos de los países ricos. Sin embargo, observamos ya una notable mejoría y vemos, además, que nuestra actividad comercial nos ha proporcionado ya algún capital, por ahora, ciertamente, muy modesto, poco más de veinte millones de rublos oro. Pero, sea como fuere, tenemos ya el comienzo: nuestro comercio nos proporciona medios que podemos utilizar para levantar la industria pesada. Lo cierto es que nuestra industria pesada aún se encuentra en una situación muy difícil. Pero supongo que lo decisivo es la circunstancia de que estamos ya en condiciones de ahorrar algo. Así lo seguiremos haciendo. Aunque con frecuencia esto se hace a costa de la población, hoy debemos, a pesar de todo, economizar. Ahora nos dedicamos a reducir el presupuesto del Estado, a reducir el aparato estatal. Más adelante diré unas cuantas palabras sobre nuestro aparato estatal. En todo caso, debemos reducir nuestro aparato estatal, debemos economizar cuanto sea posible. Economizamos en todo, hasta en las escuelas. Y esto debe ser así, pues sabemos que sin salvar la industria pesada, sin restaurarla, no podremos construir ninguna clase de industria y, sin ésta, pereceremos totalmente como país independiente. Lo sabemos perfectamente.

La salvación de Rusia no está sólo en una buena cosecha en el campo —esto no basta—; no está sólo tampoco en el buen estado de la industria ligera, que abastece a los campesinos de artículos de consumo —esto tampoco basta—; necesitamos, además, una industria pesada. Pero para ponerla en buenas condiciones serán precisos varios años de trabajo.

La industria pesada necesita subsidios del Estado. Si no los encontramos, pereceremos como Estado civilizado y, con mayor motivo, como Estado socialista. Por tanto, en este sentido hemos dado un paso decisivo. Hemos empezado a acumular los recursos necesarios para poner en pie la industria pesada. Es verdad que la suma que hemos reunido hasta la fecha apenas si pasa de veinte millones de rublos oro; pero, de todos modos, esa suma existe y está destinada exclusivamente a levantar nuestra industria pesada.

Creo que, como había prometido, he expuesto brevemente y en líneas generales los principales elementos de nuestra economía nacional. Considero que de todo ello puede deducirse que la NEP nos ha aportado ya beneficios. Hoy tenemos pruebas de que, como Estado, estamos en condiciones de ejercer el comercio, de conservar nuestras firmes posiciones en la agricultura y en la industria y de marchar adelante. Lo ha demostrado la actividad práctica. Y pienso que, por el momento, esto es bastante para nosotros. Tendremos que aprender muchas cosas todavía y comprendemos que necesitamos aprender. Hace cinco años que estamos en el poder, con la particularidad de que durante esos cinco años hemos vivido en estado de guerra permanente. Por tanto, hemos tenido éxitos.

Es natural, ya que los campesinos nos seguían. Es difícil dar mayores pruebas de adhesión que las que nos han dado los campesinos. Comprendían que tras los blancos se encuentran los terratenientes, a quienes odian más que a nada en el mundo. Y, por eso, los campesinos nos han apoyado con todo entusiasmo, con toda lealtad. No fue difícil conseguir que nos defendieran de los blancos. Los campesinos, que antes odiaban la guerra, apoyaron por todos los medios la guerra contra los blancos, la guerra civil contra los terratenientes. Sin embargo, esto no era todo, porque, en esencia, se trataba únicamente de si el poder quedaría en manos de los terratenientes o de los campesinos. Para nosotros esto no era bastante. Los campesinos comprenden que hemos conquistado el poder para los obreros y que nos planteamos el objetivo de crear el régimen socialista con ayuda de ese poder. Por eso, lo más importante para nosotros era la preparación económica de la economía socialista. No pudimos prepararla directamente y nos vimos obligados a hacerlo de manera indirecta.

El capitalismo de Estado, tal como lo hemos implantado en nuestro país, es un capitalismo de Estado original. No corresponde al concepto habitual del capitalismo de Estado. Tenemos en nuestras manos todos los puestos de mando, tenemos en nuestras manos la tierra, que pertenece al Estado. Esto es muy importante, aunque nuestros enemigos presentan la cosa como si no significara nada. No es cierto. El hecho de que la tierra pertenezca al Estado tiene extraordinaria importancia y, además, gran significación práctica desde el punto de vista económico. Esto lo hemos logrado, y debo manifestar que toda nuestra actividad ulterior debe desarrollarse sólo dentro de ese marco. Hemos conseguido ya que nuestros campesinos estén satisfechos y que la industria y el comercio se reanimen. He dicho antes que nuestro capitalismo de Estado se diferencia del capitalismo de Estado, comprendido literalmente, en que el Estado proletario tiene en sus manos no sólo la tierra, sino también las ramas más importantes de la industria. Ante todo hemos cedido en arriendo sólo cierta parte de la industria pequeña y media, pero todo lo demás queda en nuestras manos. Por lo que se refiere al comercio, quiero destacar aún que tratamos de crear, y estamos creando ya, sociedades mixtas, es decir, sociedades en las que una parte del capital pertenece a capitalistas privados —por cierto, extranjeros— y la otra parte, a nosotros. En primer lugar, de esta manera aprendemos a comerciar, cosa que necesitamos, y, en segundo lugar, tenemos siempre la posibilidad de liquidar estas sociedades, si así lo consideramos necesario. De modo que no arriesgamos nada. En cambio, aprendemos del capitalista privado y observamos cómo podemos elevarnos y qué errores cometemos. Me parece que puedo limitarme a cuanto queda dicho.

Quisiera referirme todavía a algunos puntos de poca importancia. Es indudable que hemos cometido y cometeremos aún muchísimas torpezas. Nadie puede juzgarlas mejor ni verlas más claramente que yo. ¿Por qué cometemos torpezas? La razón es sencilla: primero, porque somos un país atrasado; segundo, porque la instrucción en nuestro país es mínima; tercero, porque no recibimos ninguna ayuda de fuera. Ni uno solo de los países civilizados nos ayuda. Por el contrario, todos actúan en contra nuestra. Y cuarto, por culpa de nuestro aparato estatal. Hemos heredado el viejo aparato estatal y ésta ha sido nuestra desgracia. Es muy frecuente que este aparato trabaje contra nosotros. Ocurrió que en 1917, después de que tomamos el poder, los funcionarios del Estado comenzaron a sabotearnos. Entonces nos asustamos mucho y les rogamos: “Por favor, vuelvan a sus puestos”. Todos volvieron, y ésta ha sido nuestra desgracia. Hoy poseemos una enorme masa de funcionarios, pero no disponemos de elementos con suficiente instrucción para poder dirigirlos de verdad. En la práctica sucede con harta frecuencia que aquí, en la cúspide, donde tenemos concentrado el poder estatal, el aparato, más o menos, funciona; pero en los puestos inferiores, disponen ellos a su manera, de tal forma que muy a menudo contrarrestan nuestras medidas. En las altas esferas tenemos no sé exactamente cuántos, pero creo que, en todo caso, sólo varios miles, a lo sumo unas decenas de miles, de hombres adictos. Pero en los puestos inferiores se cuentan por centenares de miles los antiguos funcionarios que hemos heredado del régimen zarista y de la sociedad burguesa y que trabajan contra nosotros, unas veces consciente y otras inconscientemente. Es indudable que, en este terreno, no se conseguirá nada a corto plazo. Tendremos que trabajar muchos años para perfeccionar el aparato, cambiar su composición y atraer nuevas fuerzas. Lo estamos haciendo a ritmo bastante rápido, quizá demasiado rápido. Hemos fundado escuelas soviéticas y facultades obreras, varios centenares de miles de jóvenes estudian; acaso estudien demasiado de prisa, pero, de todas maneras, la labor en este terreno ha comenzado y creo que nos dará sus frutos. Si no nos apresuramos demasiado en esta labor, dentro de algunos años tendremos una masa de jóvenes capaces de cambiar radicalmente nuestro aparato estatal.

He dicho que hemos cometido innumerables torpezas, pero debo decir también algo en este aspecto sobre nuestros adversarios. Si estos nos reprochan y dicen que el propio Lenin reconoce que los bolcheviques han cometido muchísimas torpezas, yo quiero responder: es cierto, pero, a pesar de todo, nuestras torpezas son de un género completamente distinto al de las vuestras. Nosotros no hacemos más que empezar a estudiar, pero estudiamos de modo tan sistemático, que estamos seguros de obtener buenos resultados. Pero si nuestros enemigos, es decir, los capitalistas y los héroes de la Segunda Internacional realzan nuestras torpezas, me permitiré citar aquí, a título comparativo, las palabras de un famoso escritor ruso, que, modificándolas un poco, sonarían así: Si los bolcheviques cometen torpezas, dicen: “Dos por dos, cinco”; pero si las cometen sus adversarios, es decir, los capitalistas y los héroes de la Segunda Internacional, el resultado es: “Dos por dos, una vela de estearina”. Esto no es difícil de demostrar. Tomad, por ejemplo, el pacto con Kolchak que concertaron Norteamérica, Inglaterra, Francia y Japón. Yo os pregunto: ¿existen en el mundo potencias más cultas y fuertes? ¿Y qué resultó? Se comprometieron a ayudar a Kolchak sin calcular, sin reflexionar, sin observar. Ha sido un fiasco, a mi juicio, incluso difícil de comprender desde el punto de vista de la razón humana.

Otro ejemplo más reciente y de mayor importancia: la paz de Versalles. Yo os pregunto: ¿qué han hecho, en este caso, las “grandes” potencias “cubiertas de gloria”? ¿Cómo podrán encontrar ahora la salida de este caos y de este absurdo? Creo que no exageraré si repito que nuestras torpezas no son nada en comparación con las que cometen juntos los Estados capitalistas, el mundo capitalista y la Segunda Internacional. Por eso supongo que las perspectivas de la revolución mundial —tema al que me tendré que referir brevemente— son favorables. Y pienso que, si se da determinada condición, se harán más favorables todavía. Desearía decir algunas palabras acerca de estas condiciones.

En 1921, en el III Congreso, aprobamos una resolución sobre la estructura orgánica de los partidos comunistas y los métodos y el contenido de su labor. La resolución es magnífica, pero es rusa casi hasta la médula, es decir, se basa en las condiciones rusas. Este es su lado bueno, pero también su lado malo. Malo, porque estoy convencido de que casi ningún extranjero podrá leerla; yo la he releído antes de decir esto. En primer término, es demasiado larga, consta de 50 párrafos o más. Como regla general, los extranjeros no pueden leer cosas así. Segundo, incluso si la leen, no la comprenderán, precisamente porque es demasiado rusa. No porque esté escrita en ruso (ha sido magníficamente traducida a todos los idiomas), sino porque está supersaturada de espíritu ruso. Y tercero, si, en caso excepcional, algún extranjero la llega a entender, no la podrá cumplir. Este es su tercer defecto. He conversado con algunos delegados extranjeros y confío en que podré conversar detenidamente con gran número de delegados de distintos países en el curso del Congreso, aunque no participe personalmente en él, ya que, por desgracia, no me es posible. Tengo la impresión de que hemos cometido un gran error con esta resolución, es decir, que nosotros mismos hemos levantado una barrera en el camino de nuestro éxito futuro. Como ya he dicho, la resolución está excelentemente redactada y yo suscribo todos sus 50 o más párrafos. Pero no hemos comprendido cómo se debe llevar nuestra experiencia rusa a otros países. Cuanto expone la resolución ha quedado en letra muerta. Y si no comprendemos esto no podremos seguir nuestro avance. Considero que lo más importante para todos nosotros, tanto para los rusos como para los camaradas extranjeros, consiste en que, después de cinco años de revolución rusa, debemos estudiar. Sólo ahora hemos obtenido la posibilidad de estudiar. Ignoro cuánto durará esta posibilidad. No sé cuánto tiempo nos concederán las potencias capitalistas la posibilidad de estudiar tranquilamente. Pero cada minuto libre de la actividad militar, de la guerra, debemos aprovecharlo para estudiar, comenzando, además, desde el principio.

El partido en su totalidad y todas las capas de la población de Rusia lo demuestran con su ansia de saber. Esta afición al estudio prueba que nuestra tarea más importante ahora es estudiar y estudiar. Pero también los camaradas extranjeros deben estudiar, no en el mismo sentido en que lo hacemos nosotros: leer, escribir y comprender lo leído, que es lo que todavía precisamos. Se discute si esto corresponde a la cultura proletaria o a la burguesa. Dejo pendiente la cuestión. Pero lo que no deja lugar a dudas es que nosotros necesitamos, ante todo, aprender a leer, a escribir y a comprender lo que leemos. Los extranjeros no lo necesitan. Les hace falta ya algo más elevado: esto implica, en primer lugar, que comprendan también lo que hemos escrito acerca de la estructura orgánica de los partidos comunistas, y que los camaradas extranjeros firmaron sin leerlo y sin comprenderlo. Esta debe ser su primera tarea. Es preciso llevar a la práctica esta resolución. Pero no puede hacerse de la noche a la mañana, eso sería completamente imposible. La resolución es demasiado rusa: refleja la experiencia rusa. Por eso, los extranjeros no la comprenden en absoluto y no pueden conformarse con colocarla en un rincón como un icono y rezar ante ella. Así no se conseguirá nada. Lo que necesitan es asimilar parte de la experiencia rusa. No sé como lo harán. Puede que los fascistas de Italia, por ejemplo, nos presten un buen servicio explicando a los italianos que no son todavía bastante cultos y que su país no está protegido aún contra las centurias negras. Quizá esto sea muy útil. Nosotros, los rusos, debemos buscar también la forma de explicar a los extranjeros los fundamentos de esta resolución, pues, de otro modo, estarán imposibilitados para cumplirla. Estoy convencido de que, en este sentido, debemos decir no sólo a los camaradas rusos, sino también a los extranjeros, que lo más importante del período en que estamos entrando es estudiar. Nosotros estudiamos en sentido general. En cambio, los estudios de ellos deben tener un carácter especial para que lleguen a comprender realmente la organización, la estructura, el método y el contenido de la labor revolucionaria. Si se logra esto entonces, y estoy convencido de ello, las perspectivas de la revolución mundial serán no solamente buenas, sino incluso magníficas.

Publicado el 15 de noviembre de 1922, en el n° 258 de Pravda.

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